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Full text of "El deseo homosexual + Terror Anal (hoquenghem+preciado"

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El deseo homosexual 

Guy Hocquenghem 

PRÓLOGO DE RENE SCHERER 

Terror anal 

Beatriz Preciado 



t 

melusina 



«Le Désir Homosexuel de Guy Hocquenghem» 
World copyright © Librairie Arthéme Fayard, 2000 



© Del epílogo: Beatriz Preciado 



© De la traducción: Geoffroy Huard de la Marre 



© Editorial Melusina, S.L. 



www.melusina.com 



Diseño gráfico: Jordi Llobet 



Ilustración de cubierta: O.R.G.I.A., 

Organización Reversible de Géneros Intermedios y Artísticos, 
(Sábela Dopazo, Beatriz Higón, Carmen Muriana 
y Tatiana Sentamans), El jardín de las delicias (2009). 



Primera edición, 2009 



Reservados todos los derechos 



Fotocomposición: Víctor Igual, S.L. 
Impresión: Romanyá Valls, S.A. 

iSBN-13: 978-84-96614-51-2 
isbn-io: 84-96614-51-4 

Depósito legal: B- 16.708-2009 



Impreso en España 



Contenido 



EL DESEO HOMOSEXUAL 

Prólogo de René Schérer 9 
Introducción 21 

1. LA PARANOIA ANTI-HOMOSEXUAL 27 

El anti-físico y la ley: la naturaleza y el Código 33 
El mito del progreso de las costumbres 34 
La paranoia anti-homosexual se intensifica 39 
Homosexualidad y criminalidad 40 
Homosexualidad y enfermedad 42 
La homosexualidad «latente» contra la homosexualidad 
«patente» 45 

2. AVERGONZADOS, PERVERTIDOS, LOCOS 49 

Polimorfismo perverso, bisexualidad, sexo no humano 

El odio hacia la mujer 53 

La edipización de la homosexualidad 55 

La castración, el narcisismo 56 

Edipo y el homosexual 58 

E 1 presidente homosexual 59 

El ciclo infernal de la curación 62 

Vergüenza y homosexualidad 64 



8 | El deseo homosexual 

3. FAMILIA, CAPITALISMO, ANO 69 

El falo significante y el ano sublimado 77 
Homosexualidad y ano 74 
Homosexualidad y pérdida de identidad 77 
Sociedad de la competencia y reino del falo 80 
Reproducción edípica y homosexualidad 83 
La grupalización homosexual 87 

4. «ELECCIÓN OBJETAL» Y «COMPORTAMIENTO» 

HOMOSEXUALES 97 

La «elección objetal» 93 
«Tercer sexo» y femenino-masculino 99 
Masoquismo y homosexualidad 105 
La máquina de ligue 709 

5. EL COMBATE HOMOSEXUAL 111 

La revolución del deseo 111 
¿Por qué la homosexualidad? 117 
La trampa perversa 122 
Contra lo piramidal 125 

Conclusión 729 

TERROR ANAL 133 

Epilogo: Edipo y la castración anal 135 

Textos terroristas 737 

Políticas del ano 147 

Saber anal 150 

El método anal 7.57 

Políticas de identidad y normalización anal 767 
Educastración anal: infancia, masturbación y escritura 
La niña, la lesbiana, el ano total 767 
Utopia anal 770 



Prólogo 

U n desafío al siglo 



Este libro es histórico; hace época. Una época en lo que se denomi- 
na el reconocimiento social y político de la homosexualidad. Ha 
contribuido, quizá sin provocarlo de manera directa, a que la ho- 
mosexualidad ya no sea contada como una patología sexual que 
debe ser curada. Sólo por ello, merece ser reeditado y leído. 

1972 es el año en el que los homosexuales empiezan a darse a 
conocer, a manifestarse, a manifestarse como tales. El comienzo 
de una gran ola que barrerá, en la mayor parte de los países de 
cultura europea, la reprobación que pesaba sobre la homosexuali- 
dad, el silencio prudente y púdico del cual se rodeaba. 

Este manifiesto inaugural, precursor, afirma y anticipa ideas que 
serán las del siglo, planteamientos de casi toda reflexión, eviden- 
cias: que la homosexualidad no es una enfermedad; que no forma 
una categoría sexual bien definida, sino que recubre un conjunto 
de conductas variables, intercambiables; que no hay un tipo «homo- 
sexual», y que las «singularidades» que lo caracterizan pueden en- 
contrarse en cualquier otro individuo que no se declara homo- 
sexual; en todo caso, que la separación «activo» y «pasivo» se ha 
vuelto obsoleta y ridicula, como la distribución entre hombre y 
mujer, como la atribución de la pasividad a lo femenino y de la 
actividad al carácter varonil. 

Todas estas combinatorias penosamente elaboradas, estos es- 
fuerzos de etiología clínica, El deseo homosexual los hace inútiles, 
vanos ejercicios escolásticos, viejas lunas. Al cambiar de mirada, 



10 | El deseo homosexual 

al poner el deseo polimorfo en el centro e intimar a la vez su 
tiempo para mirar de frente a los homosexuales y al escapar del 
silencio al que constriñe a los homosexuales su vergüenza, marca 
una época, habla para una generación a la cual no dejamos de 
pertenecer. 

Libro, pues, que compete a la historia de una idea y de un mo- 
vimiento. Y, en este sentido, un libro datado, inseparable de las 
circunstancias de su publicación, de esta emergencia de un movi- 
miento francés, europeo, mundial. Pero también un clásico. Es de- 
cir, un texto que se separa de esta historia y nos llega, no sólo como 
testimonio de un pasado cumplido, sino como la formulación de 
cuestiones, de múltiples cuestiones, de un problema que no ha aca- 
bado de solicitarnos, de atormentarnos. Pues, si la homosexualidad 
es, de una cierta manera, vista como un modo admisible de 
vida, podemos decir que, nosotros, el siglo, nuestro siglo que se 
acaba, no hemos acabado con ella. 

¿Por qué hablar de homosexualidad, dirán algunos, por qué irse a 
defender la existencia original de un deseo homosexual que no se- 
ría patológico y que podríamos reivindicar sin hacernos ridiculizar 
ni proscribir? 

Ahora la homosexualidad tiene buena prensa. Se evoca por todas 
partes a cielo abierto. Hace buenas emisiones de radio y de televisión, 
supone un buen comercio. Incluso es políticamente correcto inclinar- 
se ante ella. Los maderos la respetan, aunque sólo la tocan con la 
punta del dedo; y nunca, al menos directamente, la incriminan. 

Todas estas luchas, estas defensas, este lenguaje que utiliza Guy 
Hocquenghem polemizando con el psicoanálisis, encomendándose 
a El anti-Edipo de Deleuze y Guattari, refiriéndose muy explícita- 
mente a los movimientos de 1968 y de un partido comunista aún 
bajo la obediencia de Moscú, este uso del vocablo «revolución» que 
la sociedad contemporánea entiende, en su casi totalidad, con difi- 
cultad, ¿no está superado? ¿no es eso otra historia? Hoy en día, no 
es esto lo que importa. Lo que importa es, al parecer, por parte de 
los que no son homosexuales, jóvenes o no, mostrar la mayor indul- 



Prólogo | 1 1 



gencia, o más bien la más perfecta indiferencia para con aquellos 
que lo son — «homosexual, muy bien, esto le atañe a él, no es mi 
problema sino el suyo» — y, por parte de aquellos que lo son, si se 
proclaman, se reivindican como tales, lo que importa es saber si 
se llamarán preferentemente gays o queers, si vivirán o no como 
pareja estable. De todas maneras, ya se sabe, ni siquiera es esto lo 
que se nos solicita sino los problemas mucho más concretos de la 
enfermedad, del empleo y de la vivienda. El sexo, el deseo parecen 
estar ya en el segundo plano de las preocupaciones de la generación 
que viene. 

¿Entonces qué interés puede tener un libro sobre el deseo, en- 
cima sobre el deseo homosexual, y en una perspectiva polémica, 
militante? Si se admite que existe, ¿por qué deberían justificarse 
los que son animados por él? ¿Por qué los que no se ven afectados 
deberían preocuparse por él, puesto que ya está bien establecido 
que aceptan, para los otros, su existencia? 

Para los otros, sí; y quizá esté ahí el punto de enganche, el pun- 
to central, el desfiladero por el cual hay que entrar en este deseo; 
entrar en este libro escrito hace más de treinta años, por un chico 
enfadado, apasionado y mordaz. Este otro justamente. Este otro en- 
tre «nosotros». No hablo de mí, su amigo, ¿me atrevería a decir su 
«amante» de entonces? sino de este otro que son todos los lectores 
potenciales. Puesto que este libro, este panfleto valiente y mordaz 
de un chico de veinticuatro años, no se dirigía a los homosexuales 
en particular, aunque tuviera la intención de despertarles, y a la vez, 
de fustigarles en lo que se refiere a su vergüenza, a su aceptación de 
todos los prejuicios de una sociedad que les dejaba fuera. Estos ho- 
mosexuales avergonzados, que aceptaban todo lo que estaba hecho 
para interpretarles, explicarles desde la mirada de los otros. Estos 
otros, es decir, los dominantes, los mayoritarios, los «nosotros». Pues 
eran ellos quienes eran otros, constitucionalmente, de forma irre- 
mediable, excluidos del deseo. 

Guy, radiante, mordaz, feroz, se adueña de esta alteridad cons- 
titutiva. La vuelve y se hace un arma con ella. 

Y la primera frase es el ataque que marca la tónica: «Lo que 
causa el problema no es el deseo homosexual sino el miedo a la 



12 El deseo homosexual 



homosexualidad». Sois vosotros, los que tenéis miedo, los que están 
atrapados en una psicosis o los que son neuróticos, no soy yo, no 
somos nosotros. He aquí el problema. Lo demás, los largos análisis, 
las largas demostraciones extraídas del lenguaje de las luchas de 
entonces, de los adversarios de entonces, de las armas que se forja- 
ban contra aquellos que querían rechazar la homosexualidad y este 
deseo tan fuerte — tan a menudo compartido pero universalmente 
condenado — de tener derecho de entrada en la sociedad, nos pare- 
ce de poco peso; importa menos que ese tono, que ese estilo iracun- 
do que da a una argumentación severa — necesariamente cargada 
de términos clínicos en la que, durante más de un siglo, se ha en- 
cerrado a la homosexualidad — el aspecto del entusiasmo. 

Debo retomar el hilo: ¿es verdad que el contexto de entonces im- 
porta menos? Incluso sólo como advertencia, El deseo homosexual 
tiene el gran interés de poner bajo nuestros ojos los términos en los 
cuales la homosexualidad, en 1970, era tratada, en el sentido de 
una enfermedad o de una discapacidad, culpabilizada, prohibida 
de palabra. De volver a recordar la actitud de una psiquiatría res- 
ponsable, como motivación secreta del legislador, de este estado de 
cosas; en especial la responsabilidad del psicoanálisis que no ha 
dejado de castigar, incluso entre nosotros. No me es posible entrar 
en los detalles que se leerán en el texto. Sin embargo, me gustaría, 
como preámbulo a toda lectura, precisar a propósito dos cosas: pri- 
mero, que Guy tiene cuidado en diferenciar la obra y el pensamien- 
to de un Freud aplicado en sacar el carácter finalmente «normal» 
de la perversión, universalmente compartido, de sus epígonos, del 
«psicoanalismo»; luego que, sin embargo, había que acabar con 
esta liberación del deseo que Freud descubrió, aunque esté aprisio- 
nada más que nunca bajo la ley familiar del «complejo de Edipo». 
De ahí la ambigüedad de Freud. La necesidad de una franca rup- 
tura con todo sistema de interpretación. El deseo homosexual no 
necesita de una búsqueda de sus causas, como si fuera una des- 
viación o un bloqueo. Es el deseo homosexual que no es, en su in- 
mensidad, su polivalencia, inmovilizable sobre un único objeto. 



Prólogo | 1 3 



Que justamente el objeto no basta para definir el deseo. Por eso, y 
es evidente, no hay que leer este libro como un libro de sexología, 
ni tampoco como un libro que atañe específicamente a los homo- 
sexuales. 

En este sentido, sí es perfectamente inactual, en tanto que está muy 
alejado de las preocupaciones contemporáneas, que siempre se que- 
dan cortas, preocupadas por clasificaciones precisas, por divisiones 
que responden a una lógica binaria, de investigación o de interro- 
gación que aborrece. La idea central, directiva, aquello por lo cual 
todo gravita alrededor, el «pivote», para emplear una palabra de 
Fourier, no es un deseo específico del homosexual; es el deseo por 
el cual la homosexualidad es menos la calificación de una elección 
particular que la puerta de salida hacia afuera de las limitaciones 
en las que se encierra por culpa de las coacciones, de los estrechos 
desfiladeros por los que debe de pasar desde la infancia. 

Desde luego que es completamente inactual esta idea de pensar 
la homosexualidad a partir de la infancia, de replantearse, a favor 
de la homosexualidad, toda la razón de ser de la «civilización», de 
la educación. De comprenderla a partir de la evacuación, por el 
lenguaje y las instituciones políticas, de una sexualidad confinada, 
bajo sus formas más conservadoras, en el ámbito tradicional de la 
pareja heterosexual y de la familia. 

A partir de la infancia... pero no se trata en absoluto — com- 
préndase bien — de proponer una nueva génesis a la manera 
psicoanalítica (un «estadio», una fijación provisional que debe ser 
abandonada en la edad adulta), sino de reconocer, desde la infancia 
y al niño, un deseo plenamente formado, legítimo y con derecho a 
su ejercicio. Y el libro denuncia — entre líneas, lo concedo, pero de 
manera contundente — a propósito del recubrimiento del deseo por 
el discurso político, este abuso que consiste en negar al niño, al 
menor, el uso del placer, en nombre precisamente de una minoría 
(de edad) que le esclaviza («¡y si nosotros queremos ser corrompi- 
dos!» hace decir Guy a sus menores «protegidos»). ¡Sí! El deseo 
homosexual es, ante todo, cuestión de infancia. 



14 | El deseo homosexual 

Inactuales estas ideas, pero en el sentido que Nietzsche hizo 
famoso, el de Consideraciones inactuales o intempestivas, tan poco acor- 
des con nuestra mentalidad presente como molestas. 

Esta actualidad asegura una validez de los análisis de Guy 
Hocquenghem mucho más allá de las circunstancias de su escritu- 
ra. Pues nos despiertan del sueño provocado por tantas certezas 
beatas en torno a una democracia por fin alcanzada y a una toleran- 
cia generalizada. 

El deseo homosexual les ataca y corroe sobre varios puntos de los 
cuales — para guiar la lectura — retengo tres esenciales. 

Hay tanta «naturalidad» en el deseo homosexual como en el 
heterosexual; lo que es, hoy en día, casi siempre admitido. Pero 
sobre todo — lo que ahí obstaculiza nuestra manía clasificatoria — 
el deseo se burla de las identidades sexuales porque no le importan. 
Es la educación, familiar, edípica, la que repliega al individuó en la 
búsqueda de una identidad, escindiendo y castrando el deseo. 

Paradójicamente, es el psicoanálisis, que reserva el único deseo 
normal a la heterosexualidad, fundadora del orden humano, de la 
naturalidad de la pareja, de la familia, el que otorga a la homose- 
xualidad la gran función de socialización. Es ella la que forma el 
grupo, lo social. ¡Pero cuidado! La homosexualidad no sexualmen- 
te efectiva, sino «sublimada». Guy Hocquenghem se apropia de 
este reconocimiento, de esta confesión importante, fundamental. 
Le toma la palabra pero plantea la cuestión: ¿por qué sublimado, 
desexualizado? ¿No habría en la homosexualidad activa, por el 
contrario, la vía de una socialidad, de una generosidad hacia el otro 
que la heterosexualidad exclusiva asigna a la pareja recogida, de 
manera egoísta, en sí misma? El sofisma psicoanalítico consiste en 
transformar en exigencia absoluta, incondicional, una represión de 
la parte sexual del deseo para que haya socialización. Sólo garanti- 
za la supremacía masculina, la del hombre-objeto, sobre la mujer- 
objeto. Esta ley no es otra que la del falocentrismo; la pirula que 
hace gravitar toda la sociedad humana y su sentido en torno al falo 
(este «significante mayor» que la interpretación estructural ista de 
Jacques Lacan acababa de inventar y que pesca con elocuencia El 
anti-Edipo). 



Prólogo j 1 5 



El tercer punto, complementario, es que la homosexualidad tie- 
ne valor precisamente por no reconducir o reproducir los papeles 
que la sociedad heterosexual ha inventado porque sólo existen para 
ella. Hace falta una descentración de lo sexual, fuera del Falo, hace 
falta otra mirada, otra socialización que no sea por la proliferación 
de las parejas y de las familias. De ahí esta apología o exaltación 
del ano que podrá sorprender o divertir a algunos, pero que desig- 
na, más allá de cierta provocación inevitable, una sociedad no au- 
toritaria, no jerárquica, que rechaza toda transformación del «otro» 
en objeto, precisamente porque hacia él conduce un deseo pleno 
— no mutilado, plenamente corporal y sexual — de ser poseído por 
él, en vez de poseerlo. 

Todo esto está dicho, quizás no en estos términos, pero bien legible, 
dando sentido con esta referencia a un Genet que no disocia sus 
elecciones políticas y sus amores, a Fourier con su Nuevo mundo 
amoroso implicando un nuevo orden social. 

Pensaba también en El deseo homosexual al recorrer últimamente 
páginas escritas por Pasolini, casi en la misma época, en las que 
este último se entregaba, en Petróleo, a una extraordinaria digresión 
sobre la infinitud del «ser poseído» en relación con la finitud agre- 
siva de la simple «posesión». Tanto la posesión del cuerpo como la 
de su mente. Así, la intempestividad de este libro, en sus brillantes 
y a veces hiperbólicas variaciones, provoca, induce a una suerte de 
posesión espiritual. 

Se entiende de sobra que su lógica tiene poco o nada que ver con 
la madeja en la que se enreda la reflexión contemporánea de y so- 
bre la homosexualidad, con su humanismo rampante, atrancado 
entre el personalismo y lo jurídico de un «sexualmente correcto». 
Tacha esto de un golpe; y, sin descuidar la cuestión de los derechos, 
puesto que se trata de una lucha iniciada y muy real, confiere a la 
realidad por conquistar una dimensión completamente diferente: 
la de una sociedad de un nuevo tipo, que no descansa sobre la exclu- 
sión con sus falsos problemas de sujeto y objeto, su celosa protec- 
ción de los cuerpos, de una esfera privada que — lejos de ser espacio 



16 ] E 1 deseo homosexual 

de libertad — es aquélla en donde se deciden todas las formas de 
prohibiciones, sino sobre la inclusión, la acogida, incluso yo diría, 
sin falsear las intenciones de Guy ni hacer hablar a los muertos, 
sobre una hospitalidad universal y absoluta. 

Necesitamos urgentemente esta inactualidad. Hoy en día, formu- 
lado por Guy, El deseo homosexual, con sus prolongaciones en la 
puesta en duda de la esfera política y del orden de la civilización, 
resplandece bajo un nuevo día. Entra en resonancia con todo lo 
que, entre nosotros, plantea problemas. No sólo la homosexuali- 
dad que quizá haya dejado, en efecto, de una cierta manera, y como 
problema sexual, de «dar problemas», sino con todo lo que en tor- 
no a ella, en su orbe, repugna al orden político, social, económico, 
ecológico, sexual, de la globalización: esta famosa «civilización» que 
Fourier calificaba, Guy lo recuerda, de «orden subversivo», lejos de 
ser la solución más adaptada al desarrollo humano, a la satisfacción 
de las necesidades y de los deseos. 

La memoria que despierta y aguijonea esta lectura no es una 
nostalgia del pasado; tampoco debe ser una simple curiosidad 
atraída por la historia del movimiento homosexual. Aunque sea 
apasionante ir a buscar a las fuentes de un movimiento su inspira- 
ción primeriza, todavía no enfriada o institucionalizada. Igual que 
tenemos siempre interés y alegría por reabrir a Freud, por ir a la 
fresca fuente de una inspiración cuánto más diversificada y genero- 
sa que la de sus seguidores. Como este texto que, polemizando con 
el fundador de un psicoanálisis que se ha vuelto sirviente del poder, 
participa de un esclarecimiento de la fuente, que permite compren- 
der mejor la necesidad absoluta de una ruptura con todo lo que 
recuerda a Freud y a los suyos. 

El primer impulso, está claro, fue dado a El deseo homosexual por 
el deslumbrante, revolucionario parricidio de Gilíes Deleuze y de 
Félix Guattari en El anti-Edipo, sustituyendo al aprisionador nú- 
cleo familiar, las «máquinas deseantes» lanzadas al aire libre. Este 
soplo de aire puro anima a Guy, le exalta; y se aferra a estas máqui- 
nas a continuación de sus inventores. Pero no es un simple epígono. 



Prólogo j 17 



Su escrito está lejos de ser la aplicación de una teoría, por muy 
presente o insistente que sea. La tiene en cuenta con toda su juven- 
tud y su fe. La completa también dándole una fuerza desconocida 
por los propios autores, porque es su cuerpo, su vida los que están 
en juego. 

Por cierto, un año después Gilíes, escribiendo un prefacio para 
Guy, esta suerte de post-scriptum a El deseo homosexual que es Laprés- 
mai des /aunes, rendirá homenaje a este joven discípulo que ha abier- 
to un nuevo camino a su reflexión. 1 



Libro histórico, escribía al empezar. Quiero precisar, decir ahora 
que, por su mediación, se ha abierto un diálogo entre la historia y 
nosotros. Obliga a la historia a salir de su reserva, a justificarse 
porque, por muy reciente que sea, pueda parecer ya tan lejana, por- 
que, siempre empujados hacia delante por las exigencias de los mo- 
dos y el prejuicio de la actualidad, nos olvidemos de los orígenes y 
ya no sepamos plantear los verdaderos problemas. 

Nos quedamos en el acontecimiento de una lucha todavía en cur- 
so. Una lucha en la que El deseo homosexual fue el gesto fundador, el 
primer impulso. Un gesto, para concluir con una expresión estimada 
por Péguy, justamente, hermoso como el desafío al siglo de su «alma 
carnal». 2 

Rene Schérer 



1. Guy Hocquenghem, L'aprés-mai des f aunes, prefacio de Gilíes Deleuze, 
París, Grasset, 1974. 

2. Charles Péguy, Verónica: diálogo de la historia y el alma carnal, Granada, 
Editorial Nuevo Inicio, 2008. 



A Gérard Grandmontagne, suicidado 
el 25 de septiembre de 1972 en la cárcel de Fresnes. 



Introducción 



Lo que causa el problema no es el deseo homosexual sino el miedo 
a la homosexualidad; hay que explicar por qué la misma palabra 
desencadena las huidas y los odios. Nos preguntaremos entonces 
por la manera en que el mundo heterosexual habla y fantasea sobre 
la «homosexualidad». La gran mayoría de los «homosexuales» no 
tiene ni siquiera existencia consciente. Desde la infancia, el deseo 
homosexual es eliminado socialmente por una Serie de mecanis- 
mos familiares y educativos. La capacidad de olvido que ocultan los 
mecanismos sociales respecto de la pulsión homosexual basta para 
hacer responder a cada cual: ese problema no existe para mí. 

Partiremos aquí de lo que es conveniente llamar la «homosexua- 
lidad masculina». Esto no significa que la diferencia de los sexos 
sea evidente, pues será finalmente puesta en tela de juicio, sino que 
la organización del deseo que experimentamos está basada en la 
dominación masculina, y es primero la construcción imaginaria 
edípica de la homosexualidad masculina la que se designa bajo el 
término «homosexualidad». Sería vano tratar una vez más de la 
homosexualidad femenina en los términos en los que la ideología 
masculina lo hace habitualmente. 

Hay pulsiones del deseo que todos hemos experimentado y que, 
sin embargo, nunca abordamos en nuestro vivir cotidiano. Por eso 
no se puede aceptar tomar en consideración lo que creemos de 
nuestro propio deseo. Un fantástico mecanismo social borra per- 
manentemente las huellas — que no cesan de renovarse — que de- 



22 | El deseo homosexual 

jan nuestros deseos ocultos. Sólo basta con pensar en lo que adviene 
de una experiencia tan universalmente difundida como la mastur- 
bación para comprender el poder de este mecanismo: todo el mun- 
do se ha masturbado y, sin embargo, nadie habla de ello nunca, ni 
siquiera con sus relaciones más íntimas. 

Deseo homosexual: estos términos no son evidentes de por sí. 
No hay subdivisión del deseo entre homosexualidad y heterosexua- 
lidad. No hay tampoco ni deseo homosexual ni deseo heterosexual 
en sentido propio. El deseo emerge bajo una forma múltiple, cuyos 
componentes sólo son separables a posteriori, en función de las ma- 
nipulaciones a las que le sometemos. El deseo homosexual, al igual 
que el deseo heterosexual, es un recorte arbitrario en un flujo inin- 
terrumpido y polívoco. En su forma actual, la caracterización ho- 
mosexual del deseo de manera exclusiva es una engañifa del ima- 
ginario. Pero como en la homosexualidad el juego de imágenes 
aparece con la mayor evidencia, podemos comenzar un trabajo de 
deconstrucción de estas imágenes a partir de su punto más sensi- 
ble. Si hay en la imagen homosexual un complejo nudo de deseo y 
de temor, si la evocación del fantasma homosexual es más obscena 
que cualquier otra y al mismo tiempo excitante, si uno no puede 
aparecer en un sitio como homosexual sin que las familias se alte- 
ren y mantengan a sus niños al margen, sin que una relación de 
horror y de deseo se instaure, es que hay para nosotros, occidentales 
del siglo XX, una íntima relación entre el deseo y la homosexuali- 
dad. La homosexualidad manifiesta algo del deseo que no aparece 
en otro sitio, y ese algo no es simplemente el acto sexual realizado 
con una persona del mismo sexo. 

La homosexualidad atormenta al «mundo normal»; ni siquiera 
un Adler pudo evitar constatarlo: «Como un fantasma, como un 
espantajo se plantea en la sociedad el problema de la homosexuali- 
dad. A pesar de todas las condenas, el número de pervertidos pare- 
ce aumentar... Las penas más severas, la actitud más conciliadora, 
el juicio más clemente quedan sin influencia sobre la evolución de 
esta anomalía». 3 Así empieza el libro titulado: El problema de la 

3. A. Adler, Das Problem der Homosexualitat , Leipzig, Hirzel, 1930. 



Introducción | 23 

homosexualidad. En su lucha continua en contra de la homosexuali- 
dad, la sociedad constata sin cesar que su condena parece reprodu- 
cir la misma plaga que pretende eliminar. 

Y con razón: la sociedad capitalista fabrica lo homosexual como 
produce lo proletario, suscitando a cada momento su propio límite. 
La homosexualidad es una fabricación del mundo normal. Por su- 
puesto, no se entiende esta frase en el sentido en que cierto libera- 
lismo afirma, para descargar al homosexual de su culpa, que quien 
es culpable es la propia sociedad: posición pseudoprogresista toda- 
vía más despiadada para los homosexuales que la represión abierta. 
Nadie eliminará jamás la polivocidad del deseo. Pero lo que es fa- 
bricado es esta categoría psico-policíaca, la homosexualidad; este 
recorte abstracto del deseo que permite regentar incluso a los que 
se le escapan; esta introducción en la ley de lo que está fuera de 
la ley- La categoría en cuestión, e incluso la palabra misma, son una 
invención relativamente reciente. El imperialismo creciente de 
una sociedad que quiere dar un estatuto social a todo lo inclasifi- 
cable ha creado esta particularización del desequilibrio: hasta fina- 
les del siglo xvin, a los que rechazan a Dios, a los que no saben 
hablar o a los que practican la sodomía se les encarcela en las mis- 
mas prisiones. Al igual que la aparición de la psiquiatría y del ma- 
nicomio manifiesta la capacidad de una sociedad para inventar 
medios específicos para clasificar lo inclasificable, 4 el pensamiento 
moderno irá creando una nueva enfermedad, la homosexualidad. 
Según Havelock Ellis, 5 la palabra homosexual fue inventada en 1869 
por un médico alemán. El pensamiento pseudocientífico de la psi- 
quiatría, que recortó para reinar mejor, ha transformado la intole- 
rancia salvaje en intolerancia civilizada. 

Así caracterizó al marginal, pero al caracterizarlo lo ha colocado 
en el centro. La prodigiosa aventura de Kinsey es rica en enseñan- 
zas: no ha hecho más que continuar el esfuerzo de encierro de la 
psiquiatría moderna dándole bases materiales, sociológicas y es- 

4. Véase Michel Foucault, Historia de la locura en la época clásica, Madrid, 
Fondo de Cultura de España, 2000. 

5. Véase Sexual Inversión, Filadelfia, pavis Company, 1923. 



24 El deseo homosexual 

tadísticas: en un mundo que vive de cifras, demuestra que se puede 
encerrar a los homosexuales en un cuatro o cinco por ciento. Y no 
son esos cuantos millones quienes desataron la tempestad que 
acompañó a la publicación del informe Kinsey, sino este descubri- 
miento que la ingenuidad científica no podía esconder: «Puesto 
que en la vida adulta sólo el 50 % de la población es exclusivamen- 
te heterosexual y, puesto que sólo el 4 % es exclusivamente homo- 
sexual, aparece que casi la mitad (46 %) de la población practica 
actividades heterosexuales y homosexuales a la vez, o reacciona psí- 
quicamente respecto a personas de los dos sexos». Ya no se trata del 
«mariquita» que todo el mundo conoce, sino de una persona de 
cada dos: su vecino, o su hijo, ¿por qué no? Y el ingenuo Kinsey 
escribe: «El mundo no está dividido en ovejas y cabríos. No todo es 
negro. No todo es blanco. Rara vez la naturaleza, según un princi- 
pio fundamental, tiene relación con categorías distintas. Sólo la 
mente humana inventa categorías y se esfuerza por colocar los he- 
chos en casillas separadas. El mundo viviente es un continuum en 
todos sus aspectos. Por querer siempre discernir, caemos en lo in- 
discernible. ¿Por eso era tan necesario multiplicar cuestionarios y 
encuestas para constatar que todo el mundo es más o menos homo- 
sexual? Es verdad que se irán restableciendo los derechos de la 
normalidad cuantitativa con la célebre escala Kinsey, que irán nu- 
merando, según el grado de práctica homosexual, a los individuos, 
limitando el porcentaje al nivel de la cantidad de pulsión homo- 
sexual presente en cada individuo. 

Así, el margen delimita la sexualidad normal y la corroe con 
un incesante movimiento. Todo el esfuerzo para aislar, explicar, 
reducir al pederasta apestado acaba colocándolo en el centro de los 
sueños despiertos. Daremos la razón a Sartre, sean cuales sean las 
críticas que conlleva su retrato psicológico de Genet. ¿Por qué la 
sociedad daría la palabra a los psiquiatras y nunca a los homo- 
sexuales, salvo con la triste letanía de los «casos» clínicos? «Lo que 
nos importa es que no nos hagan oír la voz del mismo culpable, esa 
voz carnal y turbadora que seduce a los jóvenes, esa voz jadeante 
que susurra durante el placer, esa voz canalla que cuenta una noche 
de amor. Es preciso que el pederasta permanezca como un objeto, 



Introducción 25 



flor, insecto, habitante de la antigua Sodoma o del lejano Urano, 
autómata que brinca en las candilejas, todo lo que queramos, pero 
no mi prójimo, no mi imagen, no yo mismo. Así pues es necesario 
elegir: si cada hombre es todo hombre, es necesario que ese desca- 
rriado no sea más que una piedra o que sea yo». 6 De la diferencia 
nace la seguridad, pero de la propia palabra «pederasta» nace una 
extraña seducción: pederasca como la tarasca medieval, pederastra 
como Zoroastra. Estos lapsus populares, extraídos en cartas envia- 
das a los periódicos, son suficiente testimonio de lo que sucede 
cuando se pronuncia esta palabra. Notemos de paso la excepcional 
riqueza del vocabulario para designar al homosexual masculino: 
mariquita, mariconazo, maricón (indiferentemente para el mascu- 
lino y el femenino), etcétera. Todo sucede como si el lenguaje se 
agotara en delimitar y en nombrar lo innombrable. 

Y si vamos repitiendo que no hay ninguna diferencia entre los 
homosexuales y los heterosexuales, que tanto unos como otros se 
dividen en ricos y pobres, en machos y hembras, en buenos y ma- 
los, es precisamente porque hay una distancia, real, para acercar la 
homosexualidad a la vida normal, un esfuerzo continuamente frus- 
trado, un abismo infranqueable que se abre a cada instante. La 
homosexualidad, a la vez no existe y existe: es su mismo modo de 
existencia el que pone en tela de juicio la certeza de la existencia. 



6. Jean-Paul Sartre, San Genet comediante y mártir, Buenos Aires, Losada, 
2003. 



1 



La paranoia anti-homosexual 



La constitución de la homosexualidad como categoría separada va a 
la par con su represión. De ahí que no nos extrañemos al descubrir 
que la represión anti-homosexual es en sí una expresión desviada del 
deseo homosexual. La actitud de lo que se ha convenido en llamar 
«la sociedad» es, desde este punto de vista, paranoica: sufre de un 
delirio de interpretación que le lleva a captar en todas partes in- 
dicios de una conspiración homosexual contra su buen funciona- 
miento. Martin Hoffman, sociólogo honesto y sin imaginación, ha 
reconocido en El universo homosexual la existencia de semejante para- 
noia. Una película como Escenas de caza en la Baja Baviera da buena 
cuenta de lo que puede producir el delirio interpretativo paranoico 
de un pueblo bávaro con respecto a aquél sobre el cual se concentra 
la libido homosexual de todos los habitantes: la caza con la que fi- 
naliza la película expulsa al representante del deseo fuera de todo 
lazo con la comunidad. La aparición de un homosexual reconocible 
o confeso conduce inmediatamente a los que le rodean a un terror 
pavoroso e infundado de ser violados. El intercambio entre un «ma- 
ricón» y un individuo que se considera como normal nace de la 
tensión que suscita enseguida la interrogación de lo «normal»: ¿me 
desea? Como si el homosexual no eligiese nunca su objeto, como si 
todo individuo del sexo masculino fuera lo suficiente bueno para él. 
Hay sexualización espontánea de toda relación con un homosexual. 

En general, la psiquiatría admite una estrecha relación entre 
homosexualidad y paranoia. Pero la mayoría de las veces le da la 



28 I El deseo homosexual 

forma siguiente: el homosexual sufre a menudo de una paranoia de 
persecución. «Se siente amenazado.» Es una de las principales ca- 
racterísticas clínicas del homosexual. La homosexualidad depende 
de los médicos, la palabra del homosexual sólo tiene interés y valor 
cuando se transmite en la pantalla psiquiátrica. Pues una inversión 
de perspectiva atribuye al individuo el discurso paranoico nacido de 
la situación. En otros términos, ¿se siente el homosexual amenazado 
o lo está? El discurso de la sociedad sobre la homosexualidad, inte- 
riorizado por el homosexual, es el fruto de la paranoia por la cual 
un modo dominante de sexualidad, la heterosexualidad familiar 
reproductora, expresa su angustia frente a las formas siempre rena- 
cientes de los modos sexuales eliminados. El discurso de los médi- 
cos, el de los jueces, el de los periodistas, el de los educadores, tradu- 
ce el esfuerzo permanente por reprimir la libido homosexual. 

La famosa «paranoia de persecución» es, de hecho, la paranoia 
que pretende perseguir. El derrocamiento que sufrió el freudismo 
es instructivo al respecto. Freud afirma que la paranoia está, en 
general, ligada a una represión del componente homosexual de la 
libido. El miedo a su propia homosexualidad lleva al hombre social 
al temor paranoico de verla aparecer a su alrededor. El caso Schreber 
ha sido analizado por Freud de la siguiente manera: «Seríamos pro- 
pensos a decir que, en este caso, lo que es esencialmente paranoico 
es que el enfermo, para defenderse de un fantasma de deseo homo- 
sexual, haya reaccionado precisamente con un delirio de persecu- 
ción de esta índole. Estas consideraciones dan todavía más peso a 
este hecho que la experiencia nos muestra: existe una relación ínti- 
ma, incluso quizá constante, entre esa entidad mórbida y los fan- 
tasmas de deseo homosexual». 7 Y un poco más adelante: «Estuvimos 
muy sorprendidos de ver con qué nitidez, en todos estos casos, la 
defensa contra un deseo homosexual estaba en el centro mismo del 
conflicto mórbido; todos esos enfermos habían fracasado en la mis- 
ma tarea, no habían podido llegar a dominar su homosexualidad 
inconsciente reforzada». Del fracaso necesario del intento que aspi- 
ra a hacer desaparecer el componente homosexual nace la paranoia. 

7. Sigmund Freud, Cinq psychanalyses, París, PUF, 1954. 



La paranoia anti-homosexual | 29 

La hipótesis le parece lo suficientemente escandalosa al propio 
Freud como para que se disculpe con respecto al conjunto de la 
sociedad: «¿Acusar de homosexualidad a un hombre de nivel mo- 
ral tan elevado como el ex presidente del Tribunal Supremo 
Schreber no constituye una imperdonable levedad, un abuso y una 
calumnia?». Freud sabe bien qué pastel descubre así: «Me detengo 
aquí con el fin de hacer frente a la tormenta de ataques y objeciones 
que haya podido provocar. Quienquiera que conozca el estado ac- 
tual de la psiquiatría debe atenerse a lo peor». Y si salimos del 
marco edípico en el que Freud encierra en seguida su invención, 
vemos claramente que el descubrimiento esencial de Freud no es la 
relación con su padre, sino el hecho de que un hombre social tan 
claramente designado como un juez puede pero no debe ser homo- 
sexual. Imagínense un juicio en el que Schreber — juez — tendría 
que fallar sobre un caso banal de corrupción de menores o de ultra- 
je al pudor. El caso Schreber es el límite extremo de lo que puede 
permitirse una sociedad, y no encontraremos otros ejemplos en los 
que un alto personaje haya proclamado tan abiertamente sus fanta- 
sías homosexuales (recordemos que las Memorias de un neurópata 
fueron publicadas en vida de Schreber) sin acabar en un manico- 
mio: el presidente Schreber será finalmente autorizado a continuar 
disfrutando de sus bienes y de sus funciones. 8 Schreber ha manifes- 
tado la fuerza de una sociedad que puede autorizarse a ver clara- 
mente, en momentos excepcionales, la realidad del psiquismo de 
sus dirigentes. Schreber es un paranoico consciente, ya que expresa 
él mismo, con la mayor claridad, el contenido de sus fantasías. 

Ferenczi comparte con Freud el descubrimiento del vínculo en- 
tre homosexualidad y paranoia. En un artículo de 1911, «El papel 
de la homosexualidad en la patogénesis de la paranoia», constata 
que la fuerza de la paranoia es la transformación del sentimiento de 
amor en percepción de su contrario, «el interés se hace persecución». 
Y especifica: «Pues he observado que el enfermo no activa el me- 
canismo paranoico indiferentemente contra cualquier interés libi- 

8. Sobre este punto, véanse las observaciones de Gilíes Deleuze y Félix 
Guattari. 



30 j El deseo homosexual 



dinal, sino que, según lo que he podido observar hasta ahora, 
exclusivamente contra una elección de objeto homosexual... La homo- 
sexualidad no desempeña un papel ocasional, sino el papel principal 
en la patogénesis de la paranoia, y... quizá la paranoia sea sólo una 
deformación de la homosexualidad.» La paranoia sólo se expresa a 
propósito de la homosexualidad: tal afirmación pone en tela de 
juicio el estatuto de única relación sexual normal dado a la hetero- 
sexualidad. El tercer caso estudiado por Ferenczi en su artículo es 
el de un empleado municipal (otra vez un personaje social oficial, 
pero de menor rango e incapaz de ver claramente en sus propias 
fantasías): denunciaba por cartas el hecho de que un oficial que 
vivía frente a su casa «se afeitaba delante de la ventana, ya en cami- 
sa, ya con el torso desnudo». Menciona siempre el calzoncillo de 
este mismo oficial como objeto de escándalo. Cómo no reconocer 
en la descripción de Ferenczi el mecanismo mismo de la justicia 
cuando instruye un caso de buenas costumbres: «El hecho mismo 
de que, desde un principio, me entregara todo un montón de recor- 
tes de prensa, copias de documentos, octavillas, todos redactados 
por él, en un orden ejemplar, numerados, clasificados, despertó mi 
sospecha. Un único vistazo sobre estos escritos me persuadió de 
que estaba tratando con un maniático de la persecución y del trá- 
mite». El enfermo posee, de hecho, una imprenta donde confecciona 
sus denuncias. Y, sin embargo, el honesto Ferenczi nunca sospechó 
de la maquinaria judicial anti-homosexual cuyo funcionamiento 
es, de alguna manera, miniaturizado por el enfermo. De hecho, ex- 
plica bien que el delirio se debe a «la proyección (por el enfermo) 
sobre esas personas de su propio interés homosexual, precedido por 
un signo negativo. Su deseo expulsado de su yo vuelve a su con- 
ciencia como la percepción de una tendencia persecutoria por parte 
de los objetos de su predilección inconsciente». Y sigue el autor: 
«Busca y excava hasta adquirir la convicción de que se le odia. Así, 
bajo la forma del odio, puede dar rienda suelta a su propia homose- 
xualidad, disimulándosela a sí mismo al mismo tiempo». En su 
lucha sin piedad contra el desenfreno militar, el enfermo «imputa 
a las autoridades militares la opinión según la cual le consideran 
como una mujer vieja que no tiene otra preocupación que la de satis- 



La paranoia anti-homosexual | 3 1 

facer su curiosidad con tales objetos». Schreber se consideraba tam- 
bién como una mujer, pero no obligatoriamente vieja y desprovista 
de atractivo. Su paranoia no se nutría con denuncias ineficaces pues- 
to que, al ser presidente de tribunal, tenía todos los medios a su 
disposición para construirse una máquina de deseo y de represión. 

Freud y Ferenczi no dejan de afirmarlo: «En ciertas condiciones, 
la homosexualidad insuficientemente reprimida puede resurgir 
más tarde ... en particular, en la paranoia que ... hay que concebir 
como una manifestación deformada del atractivo por su propio 
sexo». 9 Del «insuficientemente» reprimido depende el destino de 
la psiquiatría y de la sociedad. Incluso depende tanto de él que el 
único uso del componente homosexual de la libido está, en general, 
en la vida social, en el estado sublimado: «En la vida cultural del 
adulto sólo subsiste una pequeña parte bajo una forma sublimada, 
que desempeña un papel no despreciable en las obras sociales, las 
asociaciones amistosas y los clubes». 10 Para Freud también, la 
emergencia de la homosexualidad de Schreber bajo una forma pa- 
ranoica se debe, en cierto modo, a un defecto de funcionamiento de 
la maquinaria social represora: «Estas personas están expuestas al 
peligro de que un flujo especialmente potente de libido, cuando no 
encuentra otra salida para correrse, sexualice sus instintos sociales y 
aniquile así las sublimaciones adquiridas durante la evolución psí- 
quica». Ahora bien, no hay otro uso de la libido homosexual que 
sublimado para el cuerpo social: «Las aspiraciones homosexuales 
no están ... suspendidas o paradas, sino simplemente desviadas de 
sus objetivos sexuales y usadas para otras cosas ... De ahí que las 
aspiraciones homosexuales representen la contribución proporcio- 
nada por el erotismo a la amistad, la camaradería, el sentido de la 
solidaridad, el amor a la humanidad en general». El análisis del 
caso Schreber muestra al paranoico como si buscara «defenderse de 
tal sexualización de [sus] producciones instintivas sociales». El mis- 
mo tema será retomado por Freud en su artículo de 1922, «De al- 

9. Sandor Ferenczi, «El homo-erotismo: nosología de la homosexualidad 
masculina», 1914. 

10. Ibid. 



32 I El deseo homosexual 

gunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homo- 
sexualidad», que concluye así: «En la concepción psicoanalítica 
estamos acostumbrados a concebir los sentimientos sociales como 
sublimaciones de comportamientos homosexuales en cuanto a su 
objeto». Así pues, es toda la sociedad la que se defiende de una 
manera paranoica contra la sexualización de sus producciones (por 
ejemplo, un presidente de tribunal homosexual), la que lucha con 
todas sus fuerzas contra la desublimación homosexual. Y André 
Morali-Daninos, en un libro de cultura general y popular, Sociología 
de las relaciones sexuales, lo expresa crudamente al escribir: «Si la 
homosexualidad recibiera, aunque fuera en teoría, un mínimo de 
aprobación, si se le permitiera salir, incluso parcialmente, del mar- 
co de la patología, llegaríamos enseguida a la abolición de la pareja 
heterosexual y de la familia, que son las bases de la sociedad occi- 
dental en la que vivimos». 11 

La homosexualidad debe quedarse en el marco de la nosología', 
de la patología, del mecanismo neurótico, de la patogénesis, etcétera. 
No habrá entidad verbal suficientemente espantosa para designar- 
la toda, y los títulos aquí citados lo demuestran bastante. Aunque 
Freud afirme en los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad que 
la neurosis es como el negativo de la perversión, el conjunto de la 
psiquiatría responde a cada momento: los homosexuales son neuró- 
ticos y paranoicos. Stekel, en Onanismo y homosexualidad, invierte ya 
los signos de esta relación. En 1965, la Revue frangaise de psychanaly- 
se publica las actas de un coloquio sobre la homosexualidad: W. H. 
Gillespie retoma allí la afirmación de Rosenfeld sobre las relacio- 
nes entre homosexualidad y paranoia: «la homosexualidad, siendo 
uno de los mecanismos de defensa frecuente utilizados contra la 
ansiedad paranoide...». 

Y en el mismo texto, un poco más adelante: «Del mismo 
modo, Thorner insiste sobre la ansiedad persecutoria en la etiolo- 
gía de la homosexualidad masculina: el paciente externaliza a sus 
persecutores internos y proyecta su ansiedad sobre ellos, en el pa- 

11. André Morali-Daninos, Sociología de las relaciones sexuales, Madrid, Edi- 
ciones Iberoamericanas, 1967. 



La paranoia anti -homosexual | 33 

peí de pareja sexual». Llegamos hasta el punto en el que es la pa- 
ranoia la que se vuelve causa de la homosexualidad, invirtiendo 
así el esquema freudiano de la manera más grosera. En 1966, el 
doctor Eck publica un Sodoma que retoma la medicalización y la 
psiquiatrización de la homosexualidad. Lejos estamos de que haya 
progresado el descubrimiento freudiano en la psiquiatría. Tenemos 
la impresión de que cuanto más avanzamos, más nos alejamos de 
lo que había puesto Freud al día. Hoy en día, un nuevo Schreber 
desencadenaría tempestades todavía más vastas que en la época de 
Freud. La sociedad y su expresión médica sufren del delirio de la 
persecución. La homosexualidad que reprimen o que subliman, 
resurge en todos los poros de su cuerpo social. Excavan con tanta 
más violencia en la vida privada de los individuos por cuanto sa- 
ben que lo que allí sucede las traiciona y se escapa de las mallas 
de los tribunales. Multiplican las barreras de una represión que se 
descubre altamente ineficaz al sentirse encadenada al deseo que 
persigue. 

EL ANTI -FÍSICO Y LA LEY: LA NATURALEZA Y EL CÓDIGO 

El tribunal es un lugar libidinal altamente homosexual: vean la 
descripción de juicio de Nuestra Señora de las flores, la novela de 
Genet. Hay entre el sistema judicial y policíaco y la homosexua- 
lidad una relación de deseo invertido que ya hemos apuntado a 
propósito de Schreber o de un caso analizado por Ferenczi. La psi- 
quiatría irá considerando naturalmente que el homosexual sale al 
encuentro de la condena, y verá en ello el signo de su masoquismo. 
Se ve bien cómo tal actitud da cuenta de una relación de deseo 
haciéndolo asumir por la persona psicológica del homosexual. 

No es indiferente que el código penal lleve, desde la última 
guerra (¡y no antes!), la mención «crimen contra natura» a propó- 
sito de la homosexualidad, y sólo a propósito de la homosexuali- 
dad. Trata de una regresión de tipo paranoico: bien se sabe que el 
derecho individualizado y racionalizado heredado de la revolución 
burguesa y del Imperio se basa más sobre nociones de tipo teológi- 



34 I El deseo homosexual 

co como la «naturaleza». Si el código regresa aquí hasta el oscuran- 
tismo, es que se necesita, frente a la homosexualidad, de la certeza 
de un garante universal de la normalidad heterosexual. «Acto con- 
tra natura con un individuo del mismo sexo»: no se permite dudar, 
puesto que el acto homosexual es contra natura. Están los que per- 
tenecen a la naturaleza y los que no: «Estamos obligados siempre a 
señalar que la homosexualidad es una aberración, como todas las 
tendencias sexuales ... que ... se apartan del sentido normal de la 
sexualidad biológica en sí misma», escribe el cura Marc Oraison, 
en una época en la que la Iglesia no había intentado todavía su 
aggiornamento en materia sexual (el mismo Oraison escribe, en efec- 
to, en Le Monde en mayo de 1972 que la homosexualidad testimo- 
nia a su manera el Amor). 

No esperábamos ver a la legislación moderna retomar los térmi- 
nos de la condena que apunta san Pablo sobre la homosexualidad. 12 
La naturaleza desempeña aquí un papel paranoico de la instancia 
suprema segregativa: el término anti-físico utilizado en el siglo XIX 
por la policía para designar a los homosexuales encuentra aquí su 
sentido; aquel que está en contra de la naturaleza en tanto que es 
sanción del deseo y de su represión. Y cuando Gide, en Corydon, 
intenta construir una homosexualidad fundada biológicamente 
sobre la comparación con las otras especies, no hace otra cosa que 
obedecer a la trampa insensata en la que le encierra la necesidad de 
fundar en la naturaleza las formas del deseo. 



EL MITO DEL PROGRESO DE LAS COSTUMBRES 

Existe un mito profundamente arraigado en la sociedad contempo- 
ránea: el de un progreso, en el sentido de la ideología burguesa, un 
progreso continuo hacia la liberalización de las costumbres y el 
respeto de los individuos. Así se escuchará a menudo expresarse 
estas dos reflexiones contradictorias: «Es contra natura, pero nadie 

12. Véase Epístola a los romanos 1.27: «... los hombres abandonando el 
uso natural de la mujer ...». 



La paranoia anti-homosexual | 35 

os lo impide». Creencia necesaria de una sociedad que afirma su 
perfectibilidad y la inutilidad de toda ruptura o puesta en tela de 
juicio. 

La ideología popular sobre la cuestión de la represión de la ho- 
mosexualidad descansa sobre tres mitos que enmascaran el com- 
portamiento paranoico de la justicia: 

— «Nadie os lo impide»: En general, creemos simplemente que 
no hay ninguna represión legal de la homosexualidad, que la 
vida privada de cada uno sólo depende de sí mismo. Ahora 
bien, esta represión legal existe, incluso es masiva: así, Le Monde 
del 18 de abril de 1972 cita las cifras dadas por la Jefatura de 
Policía para tres meses del año en curso: «En lo que se refiere 
a los homosexuales, 492 interpelaciones han sido realizadas 
en el Bois de Boulogne y 18 en el Bois de Vincennes ... Final- 
mente, el control de 39 puestos de bebidas ha permitido la 
interpelación de 49 travestis». Nadie debería ignorar que las 
discotecas homosexuales de París sufren, hasta varias veces 
por semana, redadas de la policía, bajo diferentes pretextos. 
Por último, la justicia condena, en 1964, a 331 personas por 
actos contra natura, y a 424 en 1966. Probablemente, las ci- 
fras siguen aumentando en los años siguientes. Estos datos 
estadísticos provienen del Ministerio de Justicia, que agrupa 
el conjunto de condenas por homosexualidad bajo una misma 
designación. 

— Por otra parte, está profundamente aferrado en la ideología 
popular que la homosexualidad, y por lo tanto su represión, 
es un fenómeno propio de las clases dominantes, ligado a la 
degeneración burguesa. Ahora bien, para aproximadamente 
1.200 condenas en tres años (1964-1966), encontramos en las 
estadísticas del Ministerio de Justicia más de 300 obreros 
(obreros especializados y obreros titulados), 160 peones y 80 
empleados de puesto inferior. Es evidente que la justicia con- 
dena más fácilmente a obreros que a ejecutivos o intelectua- 
les, pero aparece evidente que una real, creciente y masiva 
represión judicial afecta a las clases oprimidas a propósito de la 
homosexualidad. 



36 ! El deseo homosexual 

- «Ahí se trata de supervivencias bárbaras del Código, hoy en día 
vivimos en una sociedad cada vez más tolerante»: ya hemos 
indicado que el término de «contra natura» sólo aparece des- 
pués de la última guerra en nuestro Código. Lejos de haberse 
liberalizado, el código penal, en los últimos veinte años, ha re- 
forzado la represión de la homosexualidad. En efecto, varios 
países europeos (Alemania, Países Bajos, Inglaterra y los países 
escandinavos), en función de su situación propia, han conocido 
recientemente una suavización de las leyes contra la homose- 
xualidad. Pero el movimiento en otros países no es en absoluto 
similar, en concreto, en nuestro país. No se puede hablar de 
una tendencia general a la liberalización de la legislación, sino 
del movimiento inverso, excepto en países en los que una situa- 
ción política precisa y provisional, el advenimiento al poder de 
la social-democracia, ha conllevado una suavización penal. 
En Francia, no se condena la homosexualidad hasta la llegada 
de Pétain. La primera ley en la que aparece el término es una orde- 
nanza del mariscal fechada el 6 de agosto de 1942: «Será castigado 
con prisión de seis meses hasta tres años y de una multa ... quien- 
quiera que ... para satisfacer sus propias pasiones, hubiere cometido 
uno o varios actos impúdicos o contra natura con una persona de 
su sexo que tenga menos de 21 años». No nos extraña ver al Esta- 
do francés (Trabajo, Familia, Patria) innovar de tal manera; hasta 
ahora, la ley era la misma para las corrupciones de menores hete- 
rosexuales u homosexuales: condenaba los actos cometidos con 
menores de menos de 16 años, y de 18 en caso de denuncia de los 
padres. En esta particularización, se alude a la homosexualidad 
como tal. Pero es más extraño constatar que el código penal contie- 
ne, tras la Liberación, un artículo que retoma exactamente los 
términos de la ordenanza Pétain: la ordenanza del 8 de febrero de 
1945 (artículo 331) castiga «con prisión de seis meses hasta tres 
años y de una multa ... a quienquiera que hubiere cometido un acto 
impúdico o contra natura con un individuo de su sexo menor de 21 
años». Lo que cabría llamar la ley Pétain-de Gaulle, fue adoptada 
en esa época de liberalización, de esperanza y de progreso que era 
la Liberación, a propuesta de un diputado demócrata-cristiano. 



La paranoia anti-homosexual | 37 

Desde luego, hay un vínculo de deseo profundo entre el régi- 
men gaullista y la homosexualidad: la segunda ley sobre la ho- 
mosexualidad, aquélla sobre ultraje público al pudor, se vota des- 
pués de la vuelta del general de Gaulle al poder en 1960. El 
código penal no distinguía entre el ultraje público al pudor ho- 
mosexual o heterosexual. El artículo 330, párrafo 2, del 25 de 
noviembre de 1960 precisa: «Cuando el ultraje público al pudor 
consistiese en un acto contra natura con un individuo del mismo 
sexo, la pena será de prisión de seis meses hasta tres años y una 
multa de 1.000 hasta 15.000 francos». Apuntemos de paso que el 
pudor heterosexual es más barato: desde 500 hasta 4.500 francos 
de multa solamente. 

En la misma época, el carácter paranoico de la legislación es- 
talla con un debate en la Asamblea Nacional: el diputado Paul 
Mirguet propone y hace votar una enmienda que introduce la ho- 
mosexualidad en la ley sobre la peligrosidad social, junto con la 
tuberculosis y el alcoholismo, el 18 de julio de 1960. Mirguet, en 
el debate, declara: «En el momento en el que nuestra civilización, 
peligrosamente minoritaria en un mundo en plena evolución, se 
hace tan vulnerable, debemos luchar contra todo lo que pueda dis- 
minuir su prestigio. En este campo, como en todos los demás, 
Francia debe dar ejemplo. Por eso les pido que adopten mi enmien- 
da ... pues los textos que hacen referencia a la prostitución no se 
refieren exactamente a la homosexualidad, y el gobierno debe to- 
mar una posición a fin de alertar a la opinión». La santa furia de 
un Royer, alcalde de Tours, que denunciará, en 1971, a Jean-Paul 
Sartre como director de un periódico culpable de hacer apología de 
la homosexualidad, 13 tiene los mismos acentos. El delirio de la per- 
secución causa estragos. 

Por último, añadamos que, para colmo de la paranoia, dos me- 
nores de entre dieciocho y veintiún años que practican juntos la 

13. Se refiere al número 12 del periódico izquierdista Tout, en el que el 
fhar (Frente Homosexual de Acción Revolucionaria) lanza un comunica- 
do: «A los que son como nosotros». Al final Jean-Paul Sastre fue absuelto. [N. 
del T.] 



38 I El deseo homosexual 

homosexualidad pueden ser demandados por cometer un delito de 
lesiones recíprocas. Que en los asuntos de menores, las pruebas 
indirectas o la convicción íntima del juez de instrucción son sufi- 
cientes (no se necesita denuncia de la familia). Que en el ultraje 
público al pudor, las demandas pueden ser causadas contra aquel 
que no rechaza lo suficientemente rápido una caricia impúdica; que 
basta con quedarse demasiado tiempo en una vespasiana 14 para ser 
acusado de ultraje público al pudor; que los policías pueden ir has- 
ta la provocación (en los baños de vapor, por ejemplo) para suscitar 
el ultraje. La represión no se conforma con husmear, con delicias, 
en los calzoncillos; busca el ultraje, lo suscita para condenarlo me- 
jor (este comportamiento de la policía es frecuente en los Estados 
Unidos). 

Señalemos que en Bélgica no se votó una ley específica sobre la 
homosexualidad hasta 1965 (el 8 de abril), cuando, bajo el título de 
protección de la juventud, reprime el atentado al pudor cometido 
sin violencia sobre un menor del mismo sexo que sea menor de 18 
años. Y un cierto capitán Tilmant escribe en la Revue de la gen- 
darmerie belge (4° trimestre de 1969): «Para una prevención eficaz 
y una represión segura, las policías deben esforzarse por conocer 
bien ese mundo secreto (el mundo homosexual) en el que com- 
prendemos que los testimonios son escasos y las denuncias reti- 
centes». Aparece claramente que, bajo el pretexto de protección (de 
los jóvenes y del público), policía y justicia persiguen su propio fin 
libidinal. Y continúa: «Más en materia de homosexualidad que en 
otras, el adagio "no hay policía buena sin archivos" adquiere su 
plena significación». Nos preguntamos lo que Ferenczi hubiera 
pensado del caso. 

Las leyes son realmente un sistema de deseo en el que provoca- 
ción y voyeurismo ocupan su lugar: el fantasma del madero no es la 
creación del cerebro trastornado de los homosexuales, sino la realidad 
del funcionamiento deseoso desviado de la policía y de la justicia. 



14. Urinario público conocido por los gays porque disimula en un lugar 
anodino una intensa actividad de ligue. [N. del T.] 



La paranoia anti-homosexual 39 
LA PARANOIA ANTI-HOMOSEXUAL SE INTENSIFICA 

Al menos aspira a intensificarse: no aceptaremos la actitud del li- 
beralismo, que explica: es verdad que las leyes existen, pero expre- 
san de manera retardada la situación de la sociedad, son un reflejo 
anticuado de una ideología anterior. Olvidémonos de ellas, o hagá- 
moslas evolucionar. Las costumbres mantienen con la ley una rela- 
ción compleja: el aumento de condenas por homosexualidad corres- 
ponde también a un aumento de la práctica homosexual. Pero esto 
no se debe a una liberalización consciente, sino que, al contrario, 
obedece a la crisis que sacude a esta sociedad en el enfrentamiento 
de sus fuerzas inconscientes y de su expresión racionalizada. No es 
el fascismo, pero Marcuse afirma con razón el carácter cada vez 
más totalitario de la ideología de las sociedades capitalistas moder- 
nas. La crisis de la familia ha llevado a un número creciente de jó- 
venes a salir del marco padres-niños. Pero esta crisis corresponde 
también a un incremento de las tendencias de índole fascista anti- 
jóvenes en los padres y los adultos, del que son testimonios los 
sondeos sobre la actitud de la población respecto de la juventud, 15 
y también fenómenos como la aparición de una nueva criminali- 
dad: los asesinatos de jóvenes por adultos, en especial los propieta- 
rios de bares. Si Ellis, en su libro publicado en 1923, Sexual Inversión, 
argumenta todavía seriamente para determinar si la castración es 
un medio eficaz de cura de la homosexualidad, muchos de nuestros 
contemporáneos no estarían sin duda muy lejos, llevados por la 
paranoia que desencadena la gran prensa y la televisión a propósito 
de crímenes de «maniáticos sexuales», de considerar el retorno a 
tales métodos en abril de 1972. Un congreso médico se celebró en 
San Remo (Italia) para discutir sobre los métodos de cura de la 
homosexualidad por reflejo condicionado, electroc hoques, drogas, 
incluso mediante operación quirúrgica: un médico alemán, 16 a 
quien la gran prensa dedicó una larga entrevista, ¿no practica la 
cura de la homosexualidad mediante una operación del hipotála- 

15. Véase el sondeo de France Soir, 20 de junio de 1972. 

16. Se trata del doctor Fritz Douglas Roeder, de Frankfurt. 



40 ¡ El deseo homosexual 

mo? Y la máquina de deseo represiva funciona bastante bien como 
para que los homosexuales acepten someterse a semejantes trata- 
mientos, hasta incluso pedirlos. 

HOMOSEXUALIDAD Y CRIMINALIDAD 

Primero la homosexualidad es una categoría de la criminalidad. 
Es verdad que, ya lo veremos, la psiquiatría tiende a reemplazar la 
represión legal por la interiorización de la culpa. Pero el procedi- 
miento que consiste en hacer pasar la represión anti-homosexual 
del estadio penal al estadio psicológico no conduce nunca a la 
desaparición del aspecto penal, sino todo lo contrario. Este carácter 
penal y criminal que marca el deseo homosexual no es ni fortuito 
ni lamentable. En efecto, la homosexualidad depende primero de la 
delincuencia y, aunque estemos llevados a reclamar la abolición de 
las leyes que la afectan, no veremos en esta situación un estado 
transitorio y modificable, sino una necesidad y quizás una suerte 
para la liberación homosexual. 

La admirable novela de Musil, Las tribulaciones del estudiante 
Torless, constituye por sí sola una proyección, sobre la pequeña so- 
ciedad de un instituto alemán, de todos los fantasmas de la ho- 
mosexualidad. El alumno Basini es entregado y se entrega a juegos 
homosexuales con Reiting y Beineberg sobre la base de una situa- 
ción delictiva: Basini ha robado dinero en el casillero de otro alum- 
no. Puesto que es un ladrón, bien puede ser también «maricón». 
Encontramos la misma asociación en toda la obra de Genet. 

La homosexualidad de Vautrin en Esplendores y Miserias de las 
cortesanas se basa en la misma conexión. El reverso de la relación 
amorosa entre Vautrin y Rubempré es, para Balzac, esta cárcel en 
la que el director señala con asco al visitante el cuartel en el que 
están encerrados los del «tercer sexo». Y si, por fin, el juez de ins- 
trucción consigue entender al enigmático cura Herrera como el cri- 
minal Vautrin, es también porque identifica la relación del cura 
con Lucien como homosexual: «Presumió de ser su padre. ¡El, mi 
padre!» y Lucien se deshizo en lágrimas. Devuelto a su medio de 



La paranoia anti-homosexual ] 41 



origen, Vautrin se encuentra con uno de sus antiguos amantes al 
que van a ejecutar. Esta asimilación libidinal del homosexual y del 
criminal no tiene en cuenta nociones racionales del derecho, de la 
responsabilidad individual: el capitán de la guardia civil belga ya 
citado escribe en el mismo artículo: «Una vigilancia atenta de este 
especial ambiente permite constituir una documentación muy útil 
para descubrir al futuro tramposo, al futuro asesino, y al futuro 
chantajista». Por supuesto, en este ejemplo los homosexuales serían 
más víctimas que culpables. Pero a estas alturas no importa. Todo 
homosexual es un asesino en potencia. G. Macé (antiguo jefe de la 
policía parisina) escribe en Los lunes en la cárcel, fechado a principios 
de la Tercera República: «Del chantaje al crimen sólo hay un paso, 
tanto más que el verdadero sodomita siempre está disimulado ... 
todo sodomita es inteligente pero su espíritu se inclina hacia el mal». 
Sin juego de palabras. 17 Y la ley española sobre la peligrosidad 
social recientemente debatida en las Cortes explica: Título 1, capí- 
tulo 1: Se declaran peligros sociales a las categorías de personas 
siguientes: 1. los vagabundos. 2. los proxenetas. 3. los homosexua- 
les ... 7. los enfermos mentales que por falta de cuidados, constitu- 
yen un peligro para la sociedad ... 9- los traficantes de drogas... 11. 
los que se juntan en pandillas y cuyo objeto es manifiestamente 
delictivo ... » La psiquiatría proporciona los argumentos para 
esta asociación: Stekel, en Die Impotenz des Mannes [La impotencia 
en el hombre], titula un párrafo: «Homosexualidad y criminali- 
dad». 18 Allí describe las relaciones entre la impotencia y la homo- 
sexualidad, después de haber asociado impotencia con crimen de 
maniático sexual. Un enfermo declara: «Me desato durante el or- 
gasmo. Durante el goce, debo aguantarme y contenerme con las 
manos para no herir a mi pareja». Entonces aparece la intención del 
psiquiatra: en lo que atañe a los enfermos más honestos, «la tarea 
del médico consiste en ayudarles a ser mejores para que superen en 
ellos al asesino inconsciente». 

17. «Mal» en francés tiene la misma pronunciación que «mále»: «macho». 
{N. del T.] 

18. W. Stekel, Die Impotenz des Mannes, Viena, Urban & Schwarzenberg, 1 928. 



42 ] El deseo homosexual 

Encontraremos en Los cantos de Maldoror la más bella descrip- 
ción paranoica del pederasta asesino: aprovechándose de la confian- 
za del niño, Maldoror le hunde las uñas en el pecho. La asociación 
paranoica entre homosexualidad y criminalidad no sólo constituye 
una defensa contra la libido homosexual, sino que también la ador- 
na con los encantos de lo sanguinario. Un caso que ha sido recien- 
temente pasto de la actualidad, el de los «asesinos locos de las 
Yvelines», 19 contenía su buena parte de libido homosexual: los dos 
jóvenes asesinos que mataron gratuitamente (sin robar, sólo por 
placer) a varias personas durante el verano de 1971 estaban extre- 
madamente ligados a los ambientes homosexuales, en los cuales se 
les llamaba «los asesinos». En mayo de 1972, el hijo de una de las 
víctimas mata, a su vez, a uno de los asesinos durante la recons- 
trucción del crimen. El asesinato responde al asesinato, pero la 
gran prensa, después de haber deplorado esta vuelta a la ley del 
talión, encuentra todas las legitimaciones para el segundo crimen, 
que, venga el asesinato del padre. El asesinato homosexual es vivido 
paranoicamente como un asesinato de gozo, el principal peligro de 
la sociedad civilizada. El asesinato por venganza es digno de consi- 
deración ya que establece los derechos de la familia. 

Homosexualidad y enfermedad 

La homosexualidad no sólo es una categoría de delincuencia, sino 
también una categoría patológica. En el sentido de la psiquiatría, 
sin duda, pero en primer lugar en el sentido más físico: si droga 
y homosexualidad están generalmente citadas juntas en los dis- 
cursos oficiales es porque parecen ocupar el mismo lugar en la de- 
generación. 

Las enfermedades venéreas parecen ocupar en la ideología para- 
noica, respecto de la homosexualidad, el lugar principal. Las medi- 
das anti-homosexuales de 1960 están legitimadas por una campaña 
de prensa que agita el espectro del recrudecimiento de la sífilis. En 

19. Provincia situada en las afueras de París. [N. del T.] 



La paranoia anti-homosexual | 43 

Le Monde del 24 de julio de 1961, el señor Chenot, ministro de la 
Salud Pública, declara, a propósito del recrudecimiento de las en- 
fermedades venéreas: «En realidad, las causas son de dos tipos: re- 
sistencia incrementada de los microbios a los antibióticos; desarro- 
llo considerable de la homosexualidad en todos los países ... ¿Cómo 
luchar contra este recrudecimiento? Agravando las penas aplica- 
das a los homosexuales ... ». Y el doctor Touraine, miembro de la 
Academia de Medicina, escribe en Revue du Praticien: «Es sobre 
todo por la sífilis que el papel de la homosexualidad ha sido puesto 
de relieve, y las cifras que se han dado a propósito de su frecuencia 
demuestran el incremento reciente, rápido y enorme de ese rol». 20 Ya 
se conocía la función que ocupaba el miedo a la sífilis en el conjun- 
to de la sexualidad burguesa, hasta qué punto el miedo a la enfer- 
medad venérea sirve de pretil a la normalidad sexual. El debilita- 
miento de la cobertura social gratuita, mejor asegurada antaño que 
hoy contra las enfermedades venéreas, es conocido por todo el per- 
sonal hospitalario. La vergüenza que acompaña a la declaración de 
esta enfermedad, el sistema casi policiaco mediante el cual la tra- 
bajadora social se arroga todos los derechos en el caso de declara- 
ción de sífilis (inscripción en un fichero, obligación de declarar 
todas las relaciones sexuales que habrían podido dar lugar a conta- 
minación) bastan por sí solos para explicar la extensión de la enfer- 
medad. La declaración de una sífilis anal no se hace sin problemas: 
la sífilis no es un microbio, es también una ideología en el sentido 
en el que Artaud analiza la peste y sus síntomas como un conjunto 
fantasmal. Lo que encubre la sífilis es el temor fantasmal del con- 
tagio, del sordo progreso paralelo del microbio y de las fuerzas in- 
conscientes de la libido; el homosexual transmite la sífilis como 
transmite la homosexualidad. Como en la ideología fascista, el sano 
y el degenerado se oponen en una lucha de la cual depende el des- 
tino de nuestra civilización. 

La honorabilización de la homosexualidad, por su psicologiza- 
ción, es una empresa sin esperanzas: cuando el doctor West preco- 

20. Véase también en Le Monde, 5 de julio de 1972, el artículo del doctor 
Escof fier-Lambiotte. 



44 j El deseo homosexual 

niza «la prevención por la tolerancia», 21 se convierte en el apóstol 
de una imposible conciliación, puesto que está mal visto tolerar lo 
que de todas maneras se ha decidido prevenir. Toda búsqueda de 
las causas sólo es, en este ámbito, una legitimación a posteriori de la 
represión social: se ve claramente cuando Havelock Ellis acaba su 
obra, por otra parte comprensiva sobre la cuestión de la homose- 
xualidad, con la constatación de que no se puede tolerar la afir- 
mación de la homosexualidad, aunque se deba tolerar su existencia. 
El doctor Giese, en un libro publicado en 1968 y prologado por el 
doctor Hesnard, presidente de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, 
La homosexualidad del hombre, escribe: «La deficiencia se desarrolla 
en el orden, la perversión está en contra del orden». 22 Para Giese, 
la deficiencia es la pérdida del sentido de la sexualidad reproducti- 
va, la perversión es la afirmación de la homosexualidad. 

En Francia, el partido comunista ha desempeñado con frecuen- 
cia el papel de una especie de superego de la burguesía: representa 
la fidelidad a principios morales y acusa a la clase en el poder de 
haberlos respetado sólo de palabra para traicionarlos mejor de hecho. 
Ha apoyado la ley de la heterosexualidad familiar (tomando posi- 
ción repetidas veces, en particular contra el aborto). La aparición 
de un movimiento homosexual en el seno del izquierdismo le da la 
ocasión de expresar la verdad de la moral burguesa sobre el asunto: 
el señor Juquin, miembro del Comité Central, declara en mayo de 
1972: «No hay que confundir la droga, la perversión sexual o el 
robo con acciones revolucionarias». Y afirma en una entrevista re- 
cogida por Le Nouvel Observateur. «La cobertura de la homosexuali- 
dad o de la droga nunca tuvo que ver con el movimiento obrero ... 
sólo hay orden verdadero en y por la democracia». 

La paranoia moralizadora no alude al comportamiento homo- 
sexual como tal. El hecho de hacer el amor con otro hombre no se 
pone nunca en tela de juicio como tal en sus declaraciones. La ho- 
mosexualidad representa más bien el residuo de una maquinaria 
social bien experimentada, y de la que el partido comunista, por 

21. J. West, L homosexual 'ité, Bruxelles, Dessart, 1970. 

22. H. Giese, Der homosexuelle Mann in der Welt, Stuttgart, Enke, 1958. 



La paranoia anti-homosexual | 45 

ejemplo, desearía mejorar todavía más el funcionamiento. Es lo que 
subsiste de la inclasificable e inutilizable libido, lo no-sexual en 
relación con una sexualidad estrictamente definida. Bajo su forma 
deseosa, no tiene ningún sitio en el edificio social. La sociedad 
quema sus residuos: la sociedad medieval mandaba a los homo- 
sexuales a la hoguera. La sociedad moderna tiene métodos de eli- 
minación más racionales. Pero la contaminación moral (así designa 
el fenómeno el diputado Royer) parece dotada de las mismas cua- 
lidades que la contaminación industrial: la máquina misma produ- 
ce sin cesar una masa creciente de residuos, y es incapaz de frenar 
su proliferación. Se revela cada día más necesario y más imposible 
el sueño de Georges Henyer: «Para estos delincuentes mentalmen- 
te anormales (los homosexuales), médicos y magistrados reclaman 
una ley de defensa social con la posibilidad de tener manicomios de 
seguridad en los que los enfermos podrían ser curados y readapta- 
dos por la psicoterapia y el trabajo». 23 

LA HOMOSEXUALIDAD «LATENTE» CONTRA LA HOMOSEXUALIDAD 
«PATENTE» 

Presentar la opresión de la maquinaria social sobre la homosexualidad 
como la expresión de un sistema deseoso paranoico de raíz homosexual 
supone que se admite la presencia del deseo en toda institución. No 
basta con analizar la sociedad en términos de conflictos de grupos 
conscientes agrupados por sus intereses (las clases). Debemos reconocer 
también la existencia, al lado de inversiones conscientes (políticas), de 
inversiones libidinosas inconscientes, a veces contradictorias con las 
primeras (véase el ejemplo de los militantes comunistas). 

Se admiten aquí los principios de análisis de Deleuze y Guattari 
en El anti-Edipo: 24 no hace falta pasar por las identificaciones edí- 
picas para reconocer la presencia, en un nivel directo, y no en un 

23. Georges Henyer, Les troubles mentaux, París, 1968. 

24. Gilíes Deleuze et Félix Guattari, El anti-Edipo. Capitalismo y esquizofre- 
nia, Buenos Aires, Paidós, 1985. 



46 I El deseo homosexual 

nivel simbólico en el que sólo entrarían en juego los arquetipos 
familiares (por ejemplo el Padre), del deseo en la maquinaria so- 
cial. Retomamos también la distinción entre el nivel molecular del 
deseo y el nivel molar de las grandes máquinas sociales. En gene- 
ral, se puede decir que la famosa sublimación de la homosexuali- 
dad como fundamento del funcionamiento de las grandes maqui- 
narias sociales corresponde a esta opresión de lo molecular por lo 
molar. La homosexualidad latente, estimada por los psicoanalistas, 
corresponde a la opresión de la homosexualidad patente; y encon- 
traremos la carga más grande de homosexualidad latente en las 
maquinarias sociales especialmente anti-homosexuales: el ejército, 
la escuela, la Iglesia, el deporte, etcétera. En el nivel colectivo, la 
sublimación en cuestión constituye el medio de transformar el de- 
seo en deseo de represión. 

El sexo impregna la maquinaria social: en mayo de 1972, du- 
rante una reunión de la UDR 25 en la Asamblea Nacional, un dipu- 
tado de L'Isére 26 declara a propósito de la crisis de confianza que 
alcanza el gobierno y la clase al poder: «Los diputados son unos 
castrados. Es necesario que el gobierno tenga un sexo y que lo uti- 
lice». A lo cual Le Monde añade: «Sabíamos ... que la UDR necesita- 
ba un jefe. Ahora sabemos lo que espera de él». 

La homosexualidad atañe a todo el mundo; sin embargo, está 
proscrita en todas partes. Esta represión depende también de un 
análisis en el que entra en juego el deseo. Sólo hay que leer la rese- 
ña del debate en la Asamblea Nacional durante el voto de la ley 
sobre la peligrosidad social: 27 «El presidente: ¿Cuál es la opinión 
de la comisión? Risas. La señora Marcelle Devaud (ponente): ¡A mí 
no me parece particularmente gracioso! Hay una situación que us- 
tedes conocen y que conozco también. Risas de nuevo.» Se trata 

25. udr: Unión para la Defensa de la República, partido político gaullista 
de 1968 a 1971 y Unión de los Demócratas para la República, partido político 
gaullista de 1971 a 1976. [N. del T.] 

26. Provincia francesa situada en el sureste. [N. del T.] 

27. Sobre esta ley, véase supra «El mito del progreso de las costumbres», 
pp. 34-39. 



La paranoia anti-homosexual ¡ 47 



entonces de una modificación en una enmienda sobre la homose- 
xualidad. Curiosamente, la aparición de la palabra causa una casca- 
da de lapsus, o al menos interpretaciones como lapsus de las pala- 
bras más simples. No hay posiciones inocentes u objetivas sobre la 
homosexualidad, sólo hay situaciones de deseo en las que la homo- 
sexualidad interviene. 



2 



Avergonzados, pervertidos, 
locos 



La psiquiatrización de la homosexualidad no ha sustituido la re- 
presión penal: más bien la ha acompañado. Encarcelar a los ho- 
mosexuales bastaba en una época en la que el sodomita era un 
degenerado, al mismo nivel que el tonto o el loco. La represión 
moderna necesita un juego justificativo, un vaivén entre la culpa- 
bilidad por las leyes y la psicología de la culpabilidad. La com- 
prensión del psicólogo acompaña a la acción del juez: éste represen- 
ta la institución positiva del juicio que realiza la normalidad, aquél 
arraiga la culpabilidad dentro del individuo mismo. Para que la 
represión sea eficaz, conviene que el culpable la reconozca como 
necesaria. La ley del padre es necesaria para el pleno cumplimiento 
de las leyes. No hay buena justicia sin mala conciencia de los acu- 
sados. 

Así aparece la constitución de la homosexualidad como neuro- 
sis. El homosexual es un primo del judío nietzscheano. La policía 
en la cabeza es el verdadero medio de la policía con uniforme. Nin- 
guna civilización fundada exclusivamente sobre la dominación por 
la fuerza de un modo sexual sobre todos los demás podría subsistir 
mucho tiempo: el derrumbamiento de las creencias religiosas nece- 
sita nuevas barreras morales interiores. El freudismo desempeña 
un papel privilegiado al respecto: es a la vez el descubridor de los 
mecanismos del deseo y el organizador de su control. Deleuze y 
Guattari comparan las condiciones del descubrimiento freudiano 
con las del descubrimiento capitalista: sólo se descubre la fuerza 



50 | El deseo homosexual 

general en acción en la vida económica o en la vida sexual para ser 
en seguida privatizada en nuevas relaciones alienantes; al descubrir 
el trabajo como fundamento del valor, la economía política bur- 
guesa lo encadena inmediatamente bajo la forma de la propie- 
dad privada de los medios de producción. Freud descubre la libido 
como fundamento de la vida afectiva, y lo encadena inmediata- 
mente bajo la forma de la privatización edípica familiar. La emer- 
gencia de la libido debe acompañarse del más fantástico sistema de 
culpabilización jamás inventado. 

En una época en la que la individualización capitalista consume 
a la familia quitándole sus funciones sociales esenciales, el Edipo 
representará la interiorización de la institución familiar. Una de las 
sociedades en la que el divorcio es más frecuente, la sociedad ame- 
ricana, es también la que mejor está edipizada. La edipización de la 
homosexualidad corresponde a la misma puesta en crisis de las 
instituciones sociales. Ya no se trata simplemente de luchar contra 
el desenfreno, se trata también de que la curación retome las signi- 
ficaciones concedidas al castigo. 

POLIMORFISMO PERVERSO, BISEXUALIDAD, SEXO NO HUMANO 

¿Qué queda de este descubrimiento freudiano de la libido? ¿Cómo 
esta evidencia que funda la psiquiatría moderna puede asegurar 
la tarea represiva anti-homosexual? Antaño era evidente que sólo 
había una sexualidad, la heterosexualidad. Se necesitará un es- 
fuerzo considerable de deformación para que el reconocimiento 
de la libido se transforme en culpabilización de la homosexua- 
lidad. 

En particular, que el deseo no sea producción sino carencia. Se 
inscribirá en el centro del deseo la marca de una insuficiencia que 
permita controlarlo. Según Deleuze, es mediante la asignación de 
esta carencia, bajo la forma de la prohibición del incesto, que se 
construye Edipo. El «sexo no humano», es decir, el flujo imperso- 
nal de la libido, deviene el imaginario de las relaciones entre per- 
sonas en el seno de la familia. 



Avergonzados, pervertidos, locos ¡ 5 1 

Que el sexo sea no humano, que el deseo sea fundamentalmen- 
te indiferenciado y no conozca la distinción entre homosexualidad 
y heterosexualidad, Freud lo expresa bajo el término de «perverso 
polimorfo». Es evidente que la palabra «perverso» sólo remite a la 
convención del lenguaje que distingue entre algo normal y algo 
perverso: «Cuando calificamos a los niños de "perversos polimorfos", 
sólo era un término descriptivo de uso corriente, no se emitía nin- 
gún juicio de valor. Semejantes juicios están, por lo tanto, muy 
alejados del espíritu del psicoanálisis». 28 Las tribulaciones del estu- 
diante Torless da buena cuenta de esta polivocidad originaria del 
deseo: Torless no sabe si desea a alguien (Basini o Reiting). De 
hecho, desea, simplemente. 

El polimorfismo perverso remite a lo que Freud considera (des- 
pués de Fliess, cuya concepción es puramente biológica) la bisexua- 
lidad constitutiva del hombre y de la mujer. Noción a caballo entre 
la biología y la psicología, puesto que el deseo ignora los recortes 
científicos. «La perversión más importante, la homosexualidad, 
apenas merece ese nombre. Remite a la bisexualidad constitucional 
general ... En el curso del psicoanálisis, se puede descubrir en todo 
el mundo una parte de elección homosexual del objeto». 29 Y (nota 13): 
«La disposición a la "perversión" es una parte de la constitución 
llamada normal ... para el psicoanálisis, la elección del objeto inde- 
pendientemente del sexo del objeto, el igual apego a objetos mas- 
culinos y femeninos, tales como los encontramos en la infancia del 
hombre, como en la de los pueblos, parece ser el estado primitivo, 
y sólo es mediante detenciones y coacciones, sufridos unas veces en 
un sentido, otras en otro, que este estado se desarrolla como sexua- 
lidad normal o inversión. Así es que para el psicoanálisis el interés 
sexual exclusivo del hombre por la mujer no es una cosa evidente 
que se reduce de alguna manera a una atracción química, sino un 
problema que necesita ser aclarado». Heterosexualidad y homose- 

28. Sigmund Freud, Autobiografía: historia del pensamiento pskoanalítico, 
Madrid, Alianza Editorial, 2001. 

29. Sigmund Freud, Tres ensayos sobre teoría sexual y otros ensayos, Madrid, 
Alianza Editorial, 2003. 



52 j El deseo homosexual 

xualidad son las salidas precarias de un deseo que ignora su nom- 
bre. Si la distinción entre biología y psicología es abolida ahí, ello 
se debe a que el deseo ignora todavía la separación del cuerpo y del 
espíritu que funda las personalidades. 

Sin embargo, esta separación es la vida misma de la psiquiatría 
y del psicoanálisis en cuanto institución. Pues no extraña el consta- 
tar que es por este sesgo que se organiza la remodelación del pen- 
samiento freudiano. El número de la Revue francaise de psychanalyse 
de 1965 ya citado 30 contiene una larga crítica de W. H. Gillespie 
contra la concepción freudiana: «Freud fundó su concepción de la 
bisexualidad en gran parte sobre consideraciones biológicas y ana- 
tómicas». Reducir a Freud al nivel de Krafft-Ebing, es decir, de 
una relación mecánica entre biológico y psicológico cuidadosa- 
mente distinguidos, es la primera operación del desvío. La segunda 
consiste en tener en cuenta las investigaciones recientes sobre el 
cromosoma para destruir la base biológica que se ha atribuido 
anteriormente a Freud: «Algunas investigaciones recientes guar- 
dan algunas relaciones con el "descubrimiento" ... de la bisexuali- 
dad de toda célula. Su demostración va, en cierto sentido, contra lo 
que creía Fliess. Me refiero al sexo cromosómico o nuclear, al hecho 
de que ahora es posible poner en evidencia diferencias sexuales en 
las células somáticas de los individuos, estas diferencias correspon- 
den en general a su masculinidad o a su feminidad manifiesta ... 
Este descubrimiento ofrece, sin lugar a dudas, un argumento serio 
contra la hipótesis de la bisexualidad en el sentido en el que lo 
entendía Freud». Más adelante: «Ahora soy yo, entre otros, quien 
me levanto enérgicamente contra toda veleidad para otorgar a la 
homosexualidad un lugar especial, fuera del marco de las perver- 
siones, sobre esta única base de que tiene un fundamento biológico 
y psicológico en la bisexualidad». Esta revisión de Freud se asemeja 
mucho a las revisiones de Marx en nombre de los descubrimientos 
modernos de la tecnología. Sólo se revisa bien lo que primero se ha 
reducido al estado de ser revisado. En lo que atañe a la teoría cro- 
mosómica, es necesario recordar que parece ser menos un «descu- 

30. Véase supra p. 32. 



Avergonzados, pervertidos, locos j 53 

bri miento» biológico que una regresión ideológica: gracias a ella se 
hará del homosexual un accidente de la naturaleza, un desequili- 
brio en la 23.° pareja de cromosomas, se explicará la criminalidad 
por un mismo desequilibrio, una misma «tara» natural. 31 Así en- 
contramos de nuevo la inevitable asociación del criminal y el ho- 
mosexual. Y como el número de homosexuales «cromosómicos» es 
ínfimo, Gillespie remite la homosexualidad a la psiquiatría, al fun- 
cionamiento psicológico edípico. Entonces todo el descubrimien- 
to freudiano tiende a desaparecer; así progresan las ciencias que 
Fourier llamaba tan acertadamente «inciertas». 



EL ODIO HACIA LA MUJER 

El deseo como fuerza autónoma y polimorfa debe desaparecer: para 
la institución psicoanalítica, sólo debe existir como carencia. Siempre 
tiene que significar algo, referirse a un objeto que tomará su senti- 
do en la triangulación edípica. He ahí donde encuentra su sitio el 
psicoanálisis post-freudiano como institución de la sociedad bur- 
guesa encargada del control de la libido. 

Entonces la homosexualidad será definida por su carencia. 
Ya no constituirá una de las especificaciones azarosas de un de- 
seo polívoco, sino que será planteada como odio hacia la mujer 
en cuanto único objeto sexual social. La heterosexualidad es 
«plena» frente a una homosexualidad a la que le falta el objeto 
esencial del deseo. Ciertos aspectos ideológicos del pensamiento 
freudiano que contrastan con la posición de principio sobre la 
bisexualidad constitucional pueden autorizar esta orientación. 
En «Para introducir el narcisismo», Freud distingue entre dos 
modos de existencia de la sexualidad: «El mismo individuo toma 
la sexualidad como uno de sus fines. Sin embargo, otra perspec- 
tiva nos muestra que es un simple apéndice de su plasma germi- 
nativo a disposición del cual pone sus fuerzas a cambio de una 
prima de placer». 



3 1 . Véase el congreso de criminología celebrado en París en 1 972. 



54 [ El deseo homosexual 

Este retorno a la sexualidad como esencialmente reproducto- 
ra, episódico en Freud, se convierte en sistemático en un Muldworf, 
teórico del partido comunista francés en materia de sexualidad. 
Al deseo como producción, se le sustituye la sexualidad como re- 
producción, la familia. Sartre expresa en su San Genet la misma 
certeza ideológica experimentada por el «normal» frente al homo- 
sexual; los normales saben que la mujer «se encargará de todo: de 
nuestro placer y de la especie». 

Así, «la mujer», que por otro lado no tiene como tal ningún 
lugar en la sociedad, designada como el único objeto sexual social, 
es también la falta atribuida a la relación homosexual. Esta ya 
no es la expresión parcial del deseo coexistente con la heterosexua- 
lidad, sino la relación que ha fallado en la reproducción. Stekel 
ofrece un buen ejemplo de este modo de reducción: una vez admi- 
tida la teoría de la bisexualidad, la focalización se lleva a cabo 
sobre la supuesta eliminación de la mujer en la homosexualidad 
masculina. Así, considera que el acceso a la mujer se cierra al ho- 
mosexual por su historia familiar. En su artículo sobre «Impotencia 
y criminalidad», escribe: «¿Por qué el homosexual es impotente 
con las mujeres? La mayoría de los médicos responderán: "porque 
no tiene placer con ellas y sólo desea a hombres". Ya he combatido 
enérgicamente este punto de vista y demostrado que el homo- 
sexual sólo ha llegado a este comportamiento porque considera a 
la mujer sádicamente (con odio)». Por eso «la neurosis homosexual 
es una retirada en sí misma, motivada por la posición sádica to- 
mada respecto al sexo opuesto». Se ve cómo el pensamiento psi- 
quiátrico pasa del reconocimiento de la bisexualidad a la explica- 
ción de una de las formas de la relación sexual por el temor a la 
otra forma. 

La homosexualidad es esencialmente neurótica; esta neurosis 
está ligada al odio hacia la mujer. El deseo se define por su caren- 
cia; carencia y miedo son los resortes de la construcción edípica. 
Miedo del hombre o de la mujer, miedo de la madre o del padre, 
las dos explicaciones serán dadas paralelamente: «Así, una de las 
causas más corrientes susceptibles de llevar a un individuo a la 
homosexualidad es el miedo al hombre, imagen paternal, que con- 



Avergonzados, pervertidos, locos | 55 

lleva la huida en la identificación femenina pasiva con la madre, 
para escapar de la agresión temida». 32 

No vale la pena preocuparse, tal como se ve, por las contradic- 
ciones; lo que importa es el miedo que se encontrará de nuevo a 
propósito de la castración y del papel del falo como distribuidor de 
sentido entre los sexos. 

LA EDIPIZACIÓN DE LA HOMOSEXUALIDAD 

Entonces, la homosexualidad ocupa su lugar en la novela fami- 
liar neurótica: la construcción del Edipo. Era necesario: Edipo es 
el único medio de control eficaz de la libido. Son necesarios gra- 
dos, etapas, una construcción piramidal que encierre dentro de los 
tres lados del triángulo el deseo homosexual. Sabemos que Freud 
ha atacado a menudo la teoría del «tercer sexo» defendida por Hirs- 
chfeld. Opone al liberalismo que sólo acepta la homosexualidad 
con la condición de que esté encerrada en un sexo diferente, la 
universalidad del deseo homosexual en tanto que traducción del 
polimorfismo perverso. Pero, recién descubierta la universalidad 
de la «perversión», Freud la encierra, ya no geográficamente sino 
históricamente, en el sistema edípico. El texto sobre Leonardo da 
Vina" es explícito al respecto; afirma dos cosas presentadas como 
indubitables en cuanto a la homosexualidad masculina: la fijación 
en la madre, y el hecho de que «todo el mundo es capaz de la 
elección homosexual del objeto» y la realiza, se atenga a ella o se 
defienda. 

Ahora bien, si hay posibilidad de neurosis, es decir de «regreso 
de lo reprimido» en la elección «unisexual», en realidad, sólo la 
homosexualidad será condenada como neurótica en su orientación 
unisexual. ¿Por qué? 



32. Sacha Nacht, Le masocbisme, París, Payot, 1965. 

33. Sigmund Freud, Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci, Buenos Aires/ 
Madrid: Amorrortu, 1979. 



56 I El deseo homosexual 

LA CASTRACIÓN, EL NARCISISMO 

El mismo texto sobre Leonardo da Vinci contiene los bocetos de un 
modelo de análisis de la homosexualidad que hará fortuna: la ho- 
mosexualidad de Leonardo se centra en definitiva alrededor del 
«fantasma del buitre»: un niño chupando la cola de un buitre. El 
niño es da Vinci, la cola del buitre es, a la vez, el pecho de la madre 
y el pene. Freud ve ahí el signo de la homosexualidad pasiva del 
pintor; proviene del asco que provoca el descubrimiento de la au- 
sencia del pene en la mujer, atribuido a una herida o a una ablación. 
La castración comienza aquí su juego. La lucha contra la teoría del 
tercer sexo se transforma en universalización del Edipo. El falo dis- 
tribuidor de sentido es vivenciado por la niña como ausencia de 
pene; por el niño como el miedo a perderlo en la angustia de la 
castración. Aparece la mala conciencia, la culpabilidad en la que se 
divide el sujeto y el objeto. 

El homosexual pasivo, y es esencialmente de quien hablamos, 
puesto que resume por sí mismo toda la homosexualidad, está 
marcado por este pensamiento, por su miedo a la ausencia del pene 
o su miedo a perderlo. Incapacidad también por desapegarse de la 
madre, pues ésta está llena del sentido que le falta. 

El narcisismo adquiere aquí su significación. La elección de un 
objeto sexual exterior al individuo se convierte en una necesidad, 
como elección por «apuntalamiento». Freud escribe «Para introducir 
al narcisismo» a fin de analizar ese estadio del deseo que es en sí 
mismo carencia, en lo que se supone un estadio ulterior: «Hemos 
encontrado con una particular evidencia en personas cuyo desarrollo 
libidinal está perturbado, como los pervertidos y los homosexuales, 
que no eligen su objeto de amor ulterior sobre el modelo de la madre, 
sino más bien sobre el de su propia persona». Al elegir «por apunta- 
lamiento» sobre la base del narcisismo, el homosexual está, de alguna 
manera, privado de objeto. Al igual que la mujer se definía por la 
ausencia del falo. Por cierto, hay en la mujer, según Freud, un narci- 
sismo esencial. Y el homosexual hereda algunas de sus cualidades. 

El narcisismo es a la vez el deseo sin objeto, por tanto cercano a 
la libido originaria, y al mismo tiempo, el mismo deseo como caren- 



Avergonzados, pervertidos, locos | 57 

cia de la historia de la libido. Es el fin de la inconsciencia del sexo 
no humano, es el comienzo de la sexualidad edípica personalizada e 
imaginaria. Por ello está en el meollo de la edipización del deseo 
homosexual. La angustia del cuerpo parcelado, la angustia de la 
castración, evidentemente sólo pueden ser posteriores al «estadio del 
espejo» lacaniano. Identificarse, unir sus órganos en una persona, es 
perder el polimorfismo perverso, o mejor dicho es más bien inaugu- 
rar la perversidad del polimorfismo. Bien es cierto que la persona 
global que crea el estadio del espejo es cronológicamente secunda- 
ria, pero es también primaria porque es ella la que retrospectiva- 
mente da su sentido al primer estadio; entonces el conjunto de las 
«pulsiones parciales» queda integrado en el seno de una unidad 
corporal, siguiendo el principio según el cual la forma preexiste a 
las partes. Las personas globales se convierten en la falta presente en 
los objetos parciales. Buscar al semejante es suponer la existencia del 
semejante y del diferente. El estado narcisista es la operación por la 
cual el innombrable deseo se identifica en semejante o diferente, en 
heterosexualidad o en homosexualidad. Por supuesto, el narcisismo 
se distribuye entre heterosexualidad y homosexualidad, en princi- 
pio de manera semejante, como ya ocurría con la neurosis nacida de 
la unisexualidad. Pero, como por casualidad, el narcisismo se con- 
vierte, de hecho, en el tema operatorio de la historia homosexual, 
como la neurosis se había convertido en su modo de existencia. 

La culpabilidad nace de la carencia; el narcisismo y la homose- 
xualidad ofrecen al campo de la sublimación su objeto preferencial, 
hasta tal punto que puede decirse que la sublimación no es otra 
cosa que la homosexualidad en su verdad histórica familiar. Freud 
escribe al final de «Para introducir el narcisismo»: «La liberación 
de la libido homosexual se transforma en conciencia de culpabilidad 
(angustia social)». Si lo esencial del narcisismo y de la homosexua- 
lidad, del narcisismo en tanto que opera el recorte de la homose- 
xualidad con la heterosexualidad, se transforma en angustia social, 
el yo neurótico edípico está íntimamente ligado: «Así, grandes 
cantidades de libido esencialmente homosexuales fueron atraídas 
para formar el ideal del yo narcisista», la conciencia moral que 
produce la intervención de los padres y los educadores. 



58 I El deseo homosexual 

Lo que se describe es, al mismo tiempo, construido; sólo encon- 
tramos en la libido homosexual edipizada lo que primero hemos 
puesto en ella. En este sentido, el análisis de la homosexualidad es 
al mismo tiempo construcción del conjunto de la novela familiar 
en la que deberá, por las buenas o por las malas, vivir. 

EDIPO Y EL HOMOSEXUAL 

En general, los mitos griegos, o al menos, lo que hace de ellos el 
psicoanálisis, no sientan bien a los homosexuales. En el imaginario 
del psicoanálisis, una sociedad pederástica (la griega) proporciona, 
por sus mitos, armas contra lo que ayudan a pensar esos mitos. El 
amor griego y el amor edípico se confunden. El imperialismo fami- 
liar heterosexual desliza en la homosexualidad sus significaciones 
neuróticas. Entonces la «perversión» ya no es el negativo de la neu- 
rosis; ya no hacen falta comillas para la perversión homosexual. El 
imaginario, la engañifa, encubren el conjunto del campo libidinal. 

La imagen de la madre ocupa el lugar del pecho, el impercepti- 
ble deseo con sus innumerables conexiones posibles se fija, y esa 
palabra, fijación, significa bien el esfuerzo considerable del psicoa- 
nálisis edípico. La «fijación en la madre» que sufre Leonardo — pues 
sufre por ella, al menos Freud así lo afirma — liga el inconsciente, 
nombra lo innombrable, sitúa al homosexual en su posición de per- 
sona frente a otra persona, de individuo a la vez irresponsable y al 
mismo tiempo responsable de su irresponsabilidad. La fijación en 
la madre es la cadena más sólida que enlaza el deseo homosexual al 
mundo normal, su más segura normalización. Tiene un éxito que 
no se ha desmentido desde la aparición del freudismo, incluso se ha 
amplificado considerablemente con la extrema popularización de 
los temas analíticos. El producto homosexual sólo tiene que ocu- 
par el sitio que se le ha reservado, sólo tiene que desempeñar el 
papel para el que se le ha programado, y lo hace con entusiasmo, 
quiere cada vez más. ¿Popularizar la explicación analítica? Sí, y no 
porque sólo algunos especialistas lean a Freud la influencia de 
Edipo se queda ahí. A la pregunta: «¿Por qué la homosexuali- 



Avergonzados, pervertidos, locos | 59 

dad?», sólo hay una única manera de responder fuera de la explica- 
ción cromosómica, la vulgarización analítica. 

Sin embargo, uno y otro coinciden. En 1972, France-Dimanche 
publica una serie de artículos sobre la homosexualidad que tienen 
en vilo a las familias durante un mes y medio. El título proclama: 
«La verdad sobre la homosexualidad: artículos que todas las madres 
de familia deben leer». ¿Por qué ellas? Porque France-Dimanche sabe 
bien que el control más eficaz de la libido homosexual pasa por ellas 
y que es bueno que ese control se refuerce. Bajo el encabezamiento 
«Responsables», uno de los artículos concluye: «¡Un psiquiatra sui- 
zo no se anda con rodeos: para él, en el 70 % de los casos, los padres 
son responsables de la homosexualidad de los hijos, sobre todo la ma- 
dre! Insistan bien en las responsabilidades de la madre, ha dicho, por más 
asombroso que esto parezca. Existen demasiadas madres que desean, en su 
ser más profundo, que sus hijos sean homosexuales» (subrayado del pe- 
riódico). Uno de los argumentos más sólidos de Edipo es la res- 
ponsabilidad parental como arma de la responsabilidad universal: 
«Primero Edipo es una idea de paranoico adulto antes de ser un 
sentimiento infantil de neurótico» escriben Deleuze y Guattari. 
Unos paranoicos engendran a unos neuróticos, la heterosexualidad 
da a luz a la homosexualidad. Todo empieza en la cabeza del padre 
o de la madre, porque todo tiene que empezar: Desearás a tu madre, 
y tu madre te deseará a ti. Además, ya querías eso cuando chupabas 
la teta, simplemente, no lo sabías. El yo es el verdadero inconsciente 
del deseo, y no el deseo el inconsciente del yo. 

EL PRESIDENTE HOMOSEXUAL 

Hemos reconocido a Schreber, ya citado en el primer capítulo; 
hemos reconocido en su caso, con Freud, una paranoia compensa- 
toria de la libido homosexual no realizada pero insuficientemente 
reprimida. Schreber es a la vez un paranoico y un neurótico, su 
delirio es general porque produce al mismo tiempo su contenido y 
su interpretación. La homosexualidad schreberiana se traduce en 
los términos de la culpabilización edípica en el curso mismo de su 



60 I El deseo homosexual 

producción: Schreber, mujer de Dios, es también el redentor del 
mundo. Su transformación en mujer es un prodigioso sacrificio por 
el cual salva al mundo. La paranoia justificativa estira el deseo ho- 
mosexual entre los dos extremos del sacrificio y del goce, de la ele- 
vación hacia Dios y de la aceptación de la condición social y sexual 
más baja, la de la mujer. La relación con el médico Flechsig es, a la 
vez, de temor y de deseo: temor a la violación y deseo de la viola- 
ción. La homosexualidad pasiva, es decir la homosexualidad, sólo 
se vive a costa de la castración: ser homosexual es ser castrado por el 
padre. El homosexual recibe su sentido del falo distribuidor de los 
sexos. Castración-sacrificio, don expiatorio de la virilidad. 

Los dos polos extremos que constituyen la paranoia schreberia- 
na son aquellos mismos que organizan la relación heterosexual: allí 
la mujer es o diosa o sirvienta, o arquetipo u objeto sexual. Schreber 
vive la homosexualidad como un heterosexual se imagina que 
puede vivirla. De alguna manera, el Genet de Sartre — pues Genet 
es de Sartre como Schreber es de Freud — establece también el papel 
sacrificatorio de la homosexualidad pasiva. Las cadenas transfor- 
madas en rosas en la novela de Genet El milagro de la rosa dan 
cuenta de ese vínculo entre lo sublime y lo atroz; sólo se sacrifica lo 
que se estima. La homosexualidad es redimida por el don absoluto. 
El sacrificio total en el que gozar es a partir de ahora lo prohibido. 
Sartre apunta a propósito de Divina {Nuestra Señora de las flores) que 
es aquel que va a gozar a escondidas. Ahí está el único secretito de 
Divina: su Edipo es la redención por la sumisión. Podríamos decir 
que se trata de una homosexualidad iluminada, en la que Dios 
expresa su juicio después de pruebas iniciáticas: para el cura Oraison, 
la homosexualidad es un testimonio de Dios, que lo manifiesta 
más en particular por su sumisión. Es, como tal, tierna y querida 
para el corazón de Dios, es de alguna manera el segundo salvador. 

De la misma manera, el Aschenbach de Thomas Mann está 
atrapado entre una Venecia en putrefacción y el recuerdo de sus 
antepasados: «¿Adonde voy? Pensaba entonces, consternado. ¿Adonde 
voy? Como todo hombre para quien su mérito natural inspira un 
aristocrático interés por sus orígenes, estaba acostumbrado a recor- 
dar a sus antepasados, acostumbrado a recordar sus éxitos, su carre- 



Avergonzados, pervertidos, locos I 61 

ra, a asegurarse en su pensamiento sus aprobaciones, sus satisfac- 
ciones, la estima que forzosamente debían otorgarle». 34 Aschenbach 
pertenece a la raza de los señores y, al vivir esta pertenencia como 
una paranoia de filiación, su sacrificio a Tadzio resulta tanto más 
idealizada. Quien es enteramente en su relación con su notabilidad 
y con sus antepasados acepta renacer en la peor condición: la del 
anciano homosexual persiguiendo a un muchacho. Pasar por la 
más alta situación a este estadio en el que el objeto sexual domina 
totalmente bajo una forma deificada, es la asunción homosexual. 
La pasión de Aschenbach se resuelve al tomar la forma de la cultu- 
ra clásica, de la estatuaria griega y de la cita platónica. Transfigura 
la condición homosexual redimida y, al igual que las cadenas de 
Genet se convierten en rosas, Aschenbach se transforma también: 
«Inclinado hacia atrás, los brazos colgantes, agobiado y sacudido 
por sucesivos escalofríos, suspiró la fórmula inmutable del deseo ... 
imposible en este caso, absurda, abyecta, ridicula, santa, a pesar de 
todo, e incluso venerable así: "¡Te quiero!"» Es a través del deseo 
que lo sagrado adquiere todo su sentido. El amor de los homo- 
sexuales es más milagroso cuanto más difícil es, y Proust en Contra 
Sainte-Beuve lo expresa así: «La naturaleza, como lo hace para cier- 
tos animales, para ciertas flores, en los que los órganos del amor 
están tan mal situados que no encuentran casi nunca el placer, no 
los ha consentido con la relación de amor». 35 Los encuentros homo- 
sexuales se vuelven un verdadero milagro en el que se manifiesta 
una suntuosa y maldita predestinación. 

En efecto, lo que se proporciona aquí de estos delirios no es más 
que la interpretación tal como la solicitan. El anti-Edipo apunta con 
razón que el fantasma de Schreber, el sol cuyos rayos visitan a la 
nueva virgen, sólo puede reducirse a una imagen del padre por una 
reducción de cosmología deseosa aplastada al nivel de un fantasma 
familiar. Pero es porque el deseo homosexual es ahí demasiado 

34. Thomas Mann, La muerte en Venecia; Mario y el mago, Barcelona, Quin- 
teto, 2005. 

35. Marcel Proust, Contra Sainte-Beuve, Madrid, Cuadernos de Langre, 
2006. 



62 I El deseo homosexual 

vistoso, porque el manto edípico es una necesidad absoluta de su 
aparición social, que sus delirios son al mismo tiempo su propia 
interpretación. Vautrin saca de la nada a Rubempré, lo constituye 
socialmente, explica F. Pasche en un artículo titulado «Estructura 
y etiología de la homosexualidad masculina». Escribe: «Nos da la 
impresión de que se trataba, para Vautrin, de corregir, de rehacer, 
de contrariar, de parodiar y finalmente de destruir la obra divina, 
es decir, la criatura del padre». 36 La homosexualidad es una paro- 
dia, es el judas del cristianismo edípico. Este es su único estatuto 
social. Un presidente de tribunal sólo puede ser homosexual si se le 
coarta el deseo a través del cabo de la fijación en el padre. No hay 
perversión sin vergüenza. 

EL CICLO INFERNAL DE LA CURACIÓN 

Por tanto, lo importante no es hacer o no hacer el amor con chicos, 
hay que ser un buen homosexual. Si usted no sublima, sea cons- 
ciente de su abyección. Que sepa que existe un cielo y un infierno 
de la sexualidad, aunque elija el infierno, será por su culpa. Para 
amarrar mejor la homosexualidad, la psiquiatría edípica la encierra 
entre un arriba y un abajo, un curar o un no curar, una homose- 
xualidad perversa y una homosexualidad neurótica que se respon- 
den la una con la otra. 

No es necesario creer que la ideología de la curación ha desapa- 
recido. Representa una de las dos ramas constantes de la alternati- 
va, sin la cual la otra perdería su sentido. Por eso, sea cual sea la 
idea que el liberalismo se hace de la cuestión, los médicos siguen 
practicando la curación de la homosexualidad. 37 Adler, quien re- 

36. F. Pasche, Revue Francaise de Psycbanatyse, février 1965, París, puf, 1965. 

37. Curación por castración: practicada en los EE.UU. (Véase C. Duffy, Sex 
and crime, New York, 1965) mediante electrochoques, inyección de hormonas, 
quimioterapia, lobotomía y, por último, y sobre todo, mediante terapia con- 
ductista («recompensas» o «castigos» mediante inyecciones o electrochoques 
acompañando la proyección de fotos de desnudos): Véase Solyom y Miller, Be- 
haviour Research, 1965. 



Avergonzados, pervertidos, locos j 63 

presenta la verdadera práctica analítica americana, escribe a guisa 
de conclusión de su obra: «El tratamiento psíquico puede llevar a 
curaciones o mejoras; sin embargo, no hay que creer que la tarea 
será fácil». ¿No había escrito ya antes: «De hecho, habíamos olvi- 
dado los muy numerosos casos de homosexualidad que han desem- 
bocado finalmente en la heterosexualidad»? La heterosexualidad 
debe seguir siendo el Edén prohibido pero presente; el sueño de 
una reconciliación social total. «De nuestros trabajos se desprende 
claramente que debemos considerar la homosexualidad como un 
fracaso de la educación social del individuo; mientras que la educa- 
ción debe normalmente tender a despertar en el individuo el espí- 
ritu de cooperación colectiva». La ideología heterosexual necesita, a 
la vez, de una homosexualidad innata o perversa y de una homose- 
xualidad enferma. Predestinación y culpa coexisten. 

Curar es asumir el Edipo propio; no curar es asumir la homo- 
sexualidad, y asumir de otra manera el Edipo. La encuesta popu- 
lar de France-Dimanche vuelve a los mismos temas; el artículo del 
n.° 1.333 se titula: «Sí, los médicos pueden curar a los homosexua- 
les». Se nos explica que es posible, con la ayuda de tratamientos 
psicológicos, curar a un tercio de los homosexuales. Así la homose- 
xualidad hereda cualidades de encierro del Edipo, de su juego del 
«doble-bind»: ligar ambas extremidades dejando sólo como salida 
la transgresión o la obediencia. Aceptar la homosexualidad corres- 
ponde a asumir «los problemas del homosexual» que el imaginario 
social le atribuye a la fuerza, rechazarla es aceptarse normal. 

La psiquiatría reaccionaria denuncia al pervertido como aquel 
que rechaza curarse, la psiquiatría liberal compadece a los que no 
pueden asumirse. France-Dimanche nos da todo a la vez: sí, se puede 
curar a los homosexuales; sí, más vale asumirse que huir de uno 
mismo. Pero aunque no asumamos o aunque huyamos, somos no- 
sotros. Si te asumes, complacerás a tu madre pero disgustarás a tu 
padre. Y si no te asumes, a la inversa. Padre y madre están ya en 
los dos vértices, es necesario venir a ocupar el tercer ángulo. Tienes 
ya tu sitio fijado en el imaginario, sólo te quedan por recorrer los 
lados de tu triángulo. La caracterología más simplista deviene en- 
tonces verdadera: eres femenino, serás sensible, artista o peluquero 



64 I El deseo homosexual 

según las clases sociales, pues cada grupo tiene el imaginario de 
sus posibilidades. O bien, si eres incapaz de endosar este papel, 
tuya será la neurosis. Entonces ya no sabes quién eres, pero deseas 
ser alguien. «Es la regla del "o bien" en la función diferenciante de 
la prohibición del incesto: Ahí empieza mamá, ahí papá, y ahí estás 
tú. Quédate en tu sitio». 38 

Culpable potencial frente a la ley, el homosexual es un enfermo 
potencial frente a la psiquiatría. Conviene que sepa que su suerte 
depende de su capacidad para manifestar sus remordimientos por 
no ser heterosexual, de su certeza de ser una excepción gloriosa y 
miserable. 

VERGÜENZA Y HOMOSEXUALIDAD 

No basta con decir que vergüenza y homosexualidad están estrecha- 
mente ligadas. Aquélla sólo existe en el movimiento mismo de ésta. 
Cuando Proust titula ese famoso texto dos veces retomado, en Contra 
Sainte-Beuve y al principio de Sodoma y Gomorra: «La raza maldita», 
se ve con claridad lo que le ha decidido a modificar el título original: 
«La raza de los maricas». Para el gran público, la homosexualidad es 
el concentrado del secretito vergonzoso edípico. 

Su imaginario sigue focalizándose sobre los grandes juicios de 
costumbres, sobre las revelaciones escandalosas en la sección espe- 
cial de los periódicos. Un escritor como Peyreffite prolonga con 
alegría esta tradición de «cotilleo». El imaginario de la homose- 
xualidad está, a ese nivel, tan lejos de las prácticas inmediatas del 
deseo que no se le ocurriría, a quien hubiera conocido tales prácti- 
cas, en el instituto o en la mili, relacionar tales cosas. No habría 
pensado que pertenecía a «una raza sobre la cual pesa una maldi- 
ción y que debe vivir en la mentira y el perjurio, ya que sabe reco- 
nocido por castigable y vergonzoso, por inconfesable, su deseo, lo 
que hace para toda criatura la mayor dulzura de vivir» (Proust). La 

38. Gilíes Deleuze y Félix Guattari, El anti-Edipo, Barcelona, Paidós, 
2004. 



Avergonzados, pervertidos, locos ¡ 65 

homosexualidad ya no es una relación de deseo, sino una toma de 
postura ontológica. El homosexual proustiano, tal y como lo des- 
cribe Sodoma y Gomorra, vive en la complicidad que mantienen los 
anormales entre sí. El imaginario del espejo oculta todas las rela- 
ciones sociales: «Amigos sin amistad, a pesar de todas aquellas que 
su encanto a menudo reconocido inspira y que su corazón a menudo 
bueno sentiría; pero acaso podemos llamar amistad a esas relacio- 
nes que sólo vegetan a favor de una mentira y de donde el primer 
impulso de confianza y de sinceridad que estarían tentados de te- 
ner, les haría rechazar con asco, a menos que se enfrentasen con un 
espíritu imparcial, incluso simpático, pero que, extraviado en su 
lugar por una psicología de convención, hará desembocar del vicio 
confesado el afecto mismo que le es tan ajeno, incluso ciertos jueces 
suponen y disculpan más fácilmente el asesinato en los invertidos 
y la traición en los judíos por razones extraídas del pecado origi- 
nal y de la fatalidad de la raza». El homosexual existe primero en 
la paranoia del normal, el juez lo sabe culpable como el médico lo 
sabe enfermo. 

«Dirán que es narcisismo», escribe Sartre. «Pero no más que en 
el caso del orgullo o la pederastia, el narcisismo no está primero: 
antes es necesario ser culpable». 39 

El mito de «la raza maldita» y el mito del narcisismo se gene- 
ran uno a otro. Contra Sainte-Beuve contiene el admirable retrato del 
«muchacho de quien sus hermanos y amigos se burlaban, que pa- 
seaba solo por la playa ... demasiado puro todavía para creer que un 
deseo semejante al suyo pudiera existir en otra parte que en los li- 
bros, sin pensar que las escenas de orgía que le asimilamos tuvieran 
alguna relación con él, poniéndolos al mismo nivel que el robo y el 
asesinato ...». El encuentro de los homosexuales se constituye en 
cofradía secreta legible sólo con los signos que intercambian entre 
sí y que perturban durante algunos instantes la claridad de las re- 
laciones sociales. Esa cofradía hace reconocer «a uno de sus seme- 
jantes en el mendigo que está en el gran señor a quien le cierra la 

39. Jean-Paul Sartre, San Genet, comediante y mártir, Buenos Aires, Losada, 
2003. 



66 j El deseo homosexual 

puerta de su coche, al padre en el novio de su hija, a aquel que 
había querido curarse, confesarse, que tenía que defenderse, en el 
médico, en el cura, en el abogado, que ha ido a buscar; todos obli- 
gados a proteger su secreto, pero teniendo una parte del secreto de 
los demás ...». El antiguo jefe de la policía, Canler, describe en sus 
Memorias (1862) una tipología de los homosexuales en la que figu- 
ran así las «vergonzosas»: «Las vergonzosas rechazan y apartan todo 
lo que podría hacer que se las reconozca. Por lo demás, como vis- 
ten como todo el mundo, nada podría traicionarlos, salvo su voz 
femenina. Esta categoría se compone de personas pertenecientes a 
todas las clases de la sociedad, sin excepción». 

Esta cofradía sabe presentirse, no soporta a los normales porque 
se reconoce o, más bien, se confiesa. Toda relación entre el homo- 
sexual y su entorno está atrapada en la problemática de la confe- 
sión. Situación culpable porque el deseo es ahí un crimen, vivencia- 
do como tal. Y como los judíos son naturalmente antisemitas, el 
homosexual es naturalmente hostil a la homosexualidad: «Con 
esas palabras, sentíamos que el señor de Charlus consideraba la 
inversión sexual como un peligro tan amenazador para los jóvenes 
como la prostitución para las mujeres». 40 

Las páginas de Proust que hemos citado son una exhortación 
para leer a Charlus en el sentido edípico. Pero su obra presenta al 
mismo tiempo, en un estado ilegible, ese algo de informal del de- 
seo, recubierto por sus relaciones con su «mamita», cuyo texto so- 
bre la homosexualidad, hay que recordarlo, está extraído del Contre 
Sainte-Beuve. Proust como persona y autor es aquel que cuenta a su 
mamá historias bonitas para confesar su homosexualidad: el Contre 
Sainte-Beuve se organiza alrededor de una «conversación con mamá» 
en la que el Edipo alcanza el colmo del ridículo: «Ya sólo soy un ser 
tierno, torturado por la angustia. Miro a mamá, la beso. 

— ¿En qué piensa mi tontito, en alguna tontería? 

— Sería tan feliz si ya no viera a nadie. 

— No digas eso, cariñito mío... 

— Mi mamá me basta.» 



40. Marcel Proust, Sodoma y Gomorra, Barcelona, Debolsillo, 2005. 



Avergonzados, pervertidos, locos | 67 

Pero, al lado de esta novela familiar de la confesión homosexual, 
de ese abyecto «deseo de ser amado», encontramos también en la 
Recherche lo que se llamará, después de Deleuze y Guattari, el «len- 
guaje de las flores». 41 Si es verdad que la abuela es el Edipo al 
cuadrado, la palabra de Charlus al narrador: «¡Ay qué poco impor- 
ta la vieja abuelita, verdad canalla!» se convierte en la introducción 
a otra lectura de Sodoma. La que toma en serio el texto inaugural 
en el que Charlus gira alrededor de Jupien como el insecto alrede- 
dor de la flor. En efecto, el lenguaje de las flores puede ser inter- 
pretado como las rosas de Genet, como la transfiguración de lo 
bajo en sublime. Pero es el carácter biológico de este amor el que 
llama la atención a un Proust observador, como el niño observa 
con pasión un apareamiento animal. «Sabía que esta espera no era 
más pasiva que en la flor macho, cuyos estambres se habían girado 
espontáneamente para que el insecto pudiera recibirla más fácil- 
mente» y precisa: «Mis reflexiones ya habían ido por un camino 
que describiré más tarde, y ya había sacado de la astucia aparente 
de las flores una consecuencia sobre toda una parte inconsciente de 
la obra literaria ...». Esta escena entre Charlus y Jupien no es ya ni 
cómica ni trágica, está, dice Proust, «impregnada por una extrañe- 
za o, si se quiere, por un natural cuya belleza iba creciendo». Y la 
belleza de las miradas de Charlus y de Jupien viene de que «no 
parecían tener como objetivo llegar a algo». La astucia de las flores 
es el carácter no significante de esta escena: se impone como evi- 
dente por sí misma. El gran significante fálico está allí ausente. 
Estas flores y estos insectos no tienen sexo, son la máquina misma 
del deseo sexual. 

No más cofradías, no más secretos, una tarde soleada en un 
patio. 

Arrancar al deseo homosexual su manto moral edípico supone 
suprimir o, más bien, pasar por alto lo que representan «autores» 
como Proust. Proust, Gide, Peyreffite: esta sucesión se parece a la 
de Freud, Adler, France-Dimanche. Proust aporta tanto a la reducción 
edípica de la homosexualidad, de la sensibilidad homosexual, como 

41. Véase Gilíes Deleuze y Félix Guattari, El anti-Edipo, p. 74. 



68 ( El deseo homosexual 



Freud al análisis de la homosexualidad, a su «comprensión». Ambos 
hacen emerger el deseo y sus conexiones sin ton ni son. Ambos cono- 
cen el secreto de los discursos que permite encarcelarlo mediante la 
multitud de las redes edí picas. Y si Proust es probablemente uno 
de los primeros en hablar de un movimiento homosexual, acaba el 
primer capítulo de Sodoma y Gomorra con esta advertencia: «Pero 
hemos querido provisionalmente prevenir el error funesto que con- 
sistiría en, al igual que se ha alentado un movimiento sionista, 
crear un movimiento sodomita y reedificar Sodoma». Advertencia 
contra lo que podría ser el desenfreno del deseo, pero también: no 
hace falta reedificar una patria pérdida, una territorialización per- 
versa para el deseo, sea cual sea. Proust es ambiguo como el narci- 
sismo era ambiguo, abre el camino tanto a la raza maldita como a 
la liberación. 



3 



Familia, capitalismo, ano 



La creación de los principales medios ideológicos para pensar la 
homosexualidad data de finales del siglo XIX y principios del XX. 
Luego está ligada al capitalismo occidental avanzado, pero no de 
un modo mecánico. Es la reterritorialización perversa en un mundo 
que tiende a la desterritorialización. Pero lo que reconstituye sobre 
el modo axiomático pretende reemplazar codificaciones en quiebra. 
Pasamos de las llamas del infierno al infierno psicológico. El arma 
más fuerte de la ideología capitalista es haber transformado a Edipo 
en una naturaleza social, una interiorización de la opresión que la 
deja libre para reconstituirse bajo todas las banderas políticas. El 
movimiento anticapitalista puede ser perfectamente familiarista, 
incluso anti-homosexual. En general, la literatura apologética de la 
homosexualidad trata el tema por medio de los griegos: remontar 
hacia orígenes fantasmales conviene a una reterritorialización per- 
versa. Hoy en día se considera que ya no hay sociedad en la cual 
podamos encontrar una expresión libre del deseo homosexual 
opuesta a la sociedad actual. 

Después de la descodificación capitalista, ya no hay sitio para la 
integración homosexual bajo una forma que no sea la axiomatiza- 
ción perversa. 

Las familias están cada vez menos en las instituciones, cada vez 
más en las cabezas. La familia es ese lugar del goce sexual legal, 
pero ya no en el sentido en el que cada uno se casa para gozar den- 
tro de la ley; la disolución de hecho de las funciones de la familia 



70 | El deseo homosexual 

por el capitalismo, muy lejos de suprimir la función de exclusivi- 
dad de la heterosexualidad reproductora, lo ha convertido en la 
regla, llevada por cada individuo, de la libre competencia. El indi- 
viduo no reemplaza a las familias, sigue perpetrando su teatrillo. 
La descodificación de los flujos del goce está acompañada por su 
axiomatización, como la desaparición del compañerismo y el des- 
cubrimiento del valor del trabajo van acompañados por la propie- 
dad privada de los medios de producción. 

Aquí se resuelve la antinomia aparente de una sociedad que 
pasa por estar sexualizada de manera creciente, y sin embargo ser 
represiva de forma más íntima que cualquier otra. Esta sexualiza- 
ción, en particular para la homosexualidad, se sitúa bajo el signo 
de la culpabilidad o de la transgresión. Cuanto más se solicita el 
deseo, menos se le deja expresarse, y nunca se han juntado tal can- 
tidad de imágenes para este propósito. La publicidad multiplica los 
cuerpos desnudos de efebos, pero con ello dice: lo que deseamos 
está ya interpretado como una transgresión comercial. 

Innumerables discusiones reconstituyen a diario, en el seno 
mismo de los jóvenes al margen, las significaciones familiares y las 
culpabilizaciones artificiales. Y el dudoso éxito del freudismo entre 
los contestatarios dice mucho de esa potencia del Edipo culpabi- 
lizante. 

Se habla aquí, alternativamente, de «deseo homosexual» y de 
situación perversa de la homosexualidad; la manifestación social 
del «deseo homosexual» es perversa, mientras que ese deseo atesti- 
gua por sí mismo el carácter no formulado de la libido. Si nuestra 
sociedad conoce lo que Marcuse considera como una homosexuali- 
zación creciente, es porque se pervierte, porque en seguida la libe- 
ración se reterritorializa en ella. La emergencia del deseo como no 
formulado es demasiado destructora como para no ser esencial- 
mente fugaz y en seguida entregada a la interpretación recuperado- 
ra. El capitalismo hace de sus homosexuales normales fallidos como 
hace de sus obreros falsos burgueses. Los falsos burgueses, más que 
cualquier otro, manifiestan los valores de la burguesía (la familia 
proletaria). Los normales fallidos hacen resaltar la normalidad, de 
cuyos valores se hacen cargo (Fidelidad, Psicología amorosa, etcétera). 



Familia, capitalismo, ano | 71 

El deseo homosexual tiene dos vertientes, la del deseo y la de la 
homosexualidad. Sólo hay «homosexualización creciente» en el 
sentido de que hay mejor encierro del deseo en el juego de las imá- 
genes. Y bien es cierto que nuestro mundo de relaciones sociales 
está ampliamente construido sobre la sublimación de la homose- 
xualidad. El mundo social explota el deseo homosexual como nin- 
gún otro, convirtiendo la fuerza libidinal en sistema de representa- 
ción. Además, atacar las representaciones, buscar la energía libidinal 
liberada de su prenda moral, sólo puede hacerse a propósito de la 
homosexualidad poniendo al día el enfrentamiento de la ideolo- 
gía social y de la fuerza de un deseo que une, como en el caso de 
Charlus y Jupien, sin dejar sitio ni falla en la que se introduciría la 
interpretación: de esto la sociedad no puede reponerse. 

Hay, por consiguiente, dos vertientes en lo que se designa con el 
término de deseo homosexual: una subida hacia la sublimación, 
hacia el Superyó, hacia la angustia social; una bajada hacia los abis- 
mos del deseo no personalizado y no codificado. Y es bueno inten- 
tar, a la inversa de Gide, seguir la pendiente mientras baja. Este 
lado del deseo es el de la conexión de los órganos sin ley ni regla. 

EL FALO SIGNIFICANTE Y EL ANO SUBLIMADO 

En el mundo de la sexualidad edipizada ya no hay conexión libre 
de los órganos entre sí, de relación de goce directo. Hay un órgano, 
sólo un órgano sexual, que está en el centro de la triangulación 
edípica, el Uno que da su sitio a los tres elementos del triángulo. Es 
él quien construye la falta, es él el significante despótico 42 con re- 
lación al cual se crean las situaciones de las personas globales. Es el 
objeto completo suelto que desempeña en la sexualidad de nuestra 
sociedad el papel del dinero en la economía capitalista: el fetiche, 
la verdadera referencia universal de la actividad, económica en un 
caso, deseosa en otro. Es en relación con él que se distribuye la 
ausencia o la presencia: las ganas de pene de la chica o el miedo a 

42. Véase Gilíes Deleuze y Félix Guattari, El anti-Edipo, op. cit. 



72 j El deseo homosexual 

la castración del chico. El sexo, para todo el mundo, es primero una 
palabra que designa el falo. Esta sociedad es fálica y en relación con 
el falo se determina la cantidad de goce posible. Los actos sexuales 
se orientan con relación a un fin que le da su sentido, se organizan 
en caricias preliminares que acabarán por centrarse en la necesaria 
eyaculación, piedra de toque del goce. Es, en este sentido, que la 
relación de Charlus y de Jupien resulta «sin fin». El falo atrae hacia 
sí la energía libidinal como el dinero atrae hacia sí el trabajo. 

La sociedad es fálica, hasta tal punto que el acto sexual sin eya- 
culación se vive como un fracaso. Y al final, ¡qué importa a los 
hombres si, como a menudo ocurre, la mujer se queda frígida y no 
siente ningún goce! El goce fálico es la razón de ser de la hetero- 
sexualidad, sea cual sea el sexo considerado. 

La sociedad es falocrática, pues el conjunto de las relaciones 
sexuales está construido sobre el modo jerárquico en el que se 
manifiesta la trascendencia del gran significante. El maestro, el 
general, el jefe de oficina, son el padre-falo porque todo está orga- 
nizado sobre ese modo piramidal en el que el significante edípico 
distribuye los niveles y las identificaciones. El cuerpo está centrado 
en torno al falo como la sociedad en torno al jefe; aquellos que ca- 
recen de ello y aquellos que obedecen pertenecen también al reino 
del falo: tal es el triunfo de Edipo. 

Si el falo es esencialmente social, el ano es esencialmente pri- 
vado. Para que haya trascendencia del falo, (organización de la so- 
ciedad en torno al gran significante), es necesario que el ano sea 
privatizado en personas individualizadas y edipizadas: «El primer 
órgano que fue privatizado, puesto fuera del campo social, fue el 
ano. Fue él quien dio su modelo a la privatización, al mismo tiem- 
po que el dinero expresaba el estado nuevo de abstracción de los 
flujos». 43 No hay otro lugar social para el ano que la sublimación. 
Las funciones de este órgano son verdaderamente privadas, lugar de 
la constitución de la persona: el ano expresa la privatización misma. 
La historia analítica (y no podremos evitar ver «anal» en «analí- 
tico») supone la superación del estado anal para llegar a la genita- 



43. Ibid. 



Familia, capitalismo, ano | 73 

lidad. Pero el estado anal es necesario para organizar la desvincula- 
ción del falo. De hecho, no hay ejercicio de la sublimación sobre 
el ano como sobre otro órgano, en el sentido en el que haría pasar el 
ano de lo más bajo a lo más alto: la analidad es el movimiento 
mismo de la sublimación. 

El estado anal es el de la constitución de la persona, explica 
Freud. Ya no hay función social deseosa del ano porque todas sus 
funciones son, a partir de ahora, excrementosas, es decir, ante todo 
privadas. La gran descodificación capitalista está acompañada de la 
constitución del individuo, y el dinero que debe ser poseído perso- 
nalmente para poder circular está relacionado, por supuesto, con el 
ano, puesto que el ano es lo más íntimo del individuo. La constitu- 
ción de la persona privada, individual y púdica es «del ano». La 
constitución de la persona pública es «del falo». El ano no se bene- 
ficia de la ambigüedad del falo, de su doble existencia como pene y 
como Falo. En efecto, enseñar su pene es vergonzoso, pero al mis- 
mo tiempo glorioso puesto que está vinculado al gran Falo social. 
Todos los hombres tienen un falo que les asegura un papel social; 
cada hombre tiene un ano, que sólo le pertenece a sí mismo, en lo 
más hondo y en lo más escondido de su persona. El ano no está en 
relación social ya que, precisamente, constituye al individuo y per- 
mite así la división entre sociedad e individuo. Schreber padece de 
una suprema mutilación cuando ya no sabe cagar solo. No se caga 
en común. Los servicios son el único lugar en el que cada uno está 
solo, con el pestillo echado. No hay pornografía del ano (salvo ex- 
cepción antisocial). El ano está sobreinvestido individualmente 
porque está desinvestido socialmente. 

Toda la energía de la libido que se dirige al ano está desviada 
para organizar el campo social sobre el modelo de las personas 
privadas y de la sublimación. «Todo el Edipo es anal» 44 y hay tanta 
más analidad social cuanto menos uso deseoso del ano. Tus excre- 
mentos son tuyos y solamente tuyos: tú te las tienes que arreglar 
con ellos. El ano desempeña para los órganos el papel que el narci- 
sismo desempeñaba para la constitución de los individuos: es la 



44. Ibid. 



74 I El deseo homosexual 

fuente de energía de la que nacen el sistema sexual social y la opre- 
sión que hace reinar sobre el deseo. 

HOMOSEXUALIDAD Y ANO 

Algunos dirán que los homosexuales no son los únicos que hacen 
un uso deseoso del ano. Hemos hablado de excepción antisocial: Ba- 
taille es uno de esos que han sentido, aunque heterosexual, el carácter 
particularmente reprimido de esta zona del cuerpo burgués. Por 
tanto, Bataille no puede ser considerado como la expresión adecua- 
da de la sexualidad social, sino más bien como su límite extremo. No 
hay pornografía del ano, dijimos: en efecto, la pornografía hetero- 
sexual le da mucha importancia al culo de la mujer. Pero, si en la 
mujer, el culo y los pechos representan un bien del cual el macho 
se llena las manos, el ano queda como un vacío íntimo, sede de una 
producción misteriosa y personal, la producción excrementosa. 

Si no es exclusivo, el uso deseoso que hace el homosexual del ano, 
es al menos principal. Los homosexuales son los únicos que hacen un 
uso libidinal constante de esa zona. Fuera del rostro, la única zona del 
cuerpo de Charlus de la cual sabemos algo es ésta, en el momento en 
el que Jupien le dice: «¡Qué culo más gordo tiene usted!» y hay que 
decir que la transformación que entonces se produce en nuestras 
mentes a propósito del barón es todavía más considerable que la que 
han podido ocasionar todas las sutilezas psicológicas del retrato 
proustiano. El deseo homosexual pone en cuestión la analidad-subli- 
mación, porque reinstituye un uso deseoso del ano. Schreber ya no 
sabe cagar en el momento en el que se desmoronan parcialmente sus 
resistencias a su propia libido homosexual. La homosexualidad es 
antes que nada la homosexualidad anal, la sodomía. 

Ferenczi hace al final de su artículo sobre la «nosología de la 
homosexualidad masculina» una observación de alcance considera- 
ble: «Se ve mal cuál podría ser la causa de la proscripción senten- 
ciada en contra de esta forma de ternura entre hombres. Es posible 
que el considerable refuerzo del sentido de la limpieza durante los 
siglos pasados, es decir, la represión del erotismo anal, haya proporcio- 



Familia, capitalismo, ano | 75 



nado el motivo más potente. E 1 homoerotismo, incluso el más su- 
blimado, está en relación asociativa, más o menos consciente, con 
la pederastía, que es una actividad erótica anal» (pasajes en cursiva 
por el autor). Hay una cierta «forma de ternura», más bien diremos 
una cierta relación deseosa, opuesta a la forma sublimada, la de la 
amistad, en las relaciones entre hombres, que prohibe la limpieza 
anal; la limpieza anal es la constitución en el niño de la pequeña 
persona responsable, y existe entre «limpieza privada» y «propie- 
dad privada» una relación que ya no es asociativa, sino necesaria. 45 
El mismo Ferenczi analiza «un caso de paranoia provocado por una 
excitación de la zona anal». El enfermo es un campesino de 45 años 
cuyo papel social estaba marcado por un celo extraordinario: ma- 
nifestaba un gran interés por los asuntos del municipio, en donde 
desempeñaba un papel importante. Después de una intervención 
quirúrgica por fístula anal, se desinteresa por completo de los asun- 
tos del pueblo y es presa de una paranoia de persecución. Para 
Ferenczi, la relación entre paranoia y homosexualidad lleva al razo- 
namiento siguiente: «La necesidad de una intervención activa de 
hombres (de médicos) en torno al orificio anal del enfermo ha podido 
despertar ... las tendencias homosexuales hasta entonces latentes o 
sublimadas». La paranoia proviene del resurgir de la libido homo- 
sexual hasta entonces correctamente sublimada por la amistad con 
los hombres del pueblo y el papel público importante. Y Ferenczi 
concluye que la desaparición de la fijación anal causaría la curación 
del paciente, es decir, que «podría reencontrar entonces su capaci- 
dad de sublimación, a saber, vivir sus intereses homosexuales por 
el canal de la actividad social y de la amistad, en vez de una grose- 
ra perversión, aunque sea inconsciente». La perversión es aquí tan- 
to más grosera cuanto fantasmagóricamente manchada de excre- 
mentos,- incluso para Ferenczi. 

Entonces la pulsión homosexual anal sólo tiene el derecho de 
manifestarse como sublimada. La represión de las funciones deseo- 
sas del ano en un Schreber o en un campesino suevo es la condición 

45. El paralelismo es todavía más evidente en francés, pues sólo una letra 
separa «propreté» (limpieza) de «propriété» (propiedad). [N. del T.] 



76 I El deseo homosexual 

de su papel público importante, de la conservación de sus «pro- 
pios», 46 de su individuo, de su limpieza anal y de su propiedad (hay 
en Schreber un problema de disfrute de los bienes de la familia, al 
estar amenazada la propiedad familiar por la locura presidencial, 
pero al final se ve salvaguardada). Controlar el ano es la condición 
del acceso a la propiedad. Saber «aguantarse» o, por el contrario, 
dar los excrementos es el momento necesario de la constitución del 
sí mismo. «Olvidarse» es, socialmente, el accidente más ridículo y 
más enojoso, el que más atenta contra la persona humana; y la de- 
cadencia absoluta es para nuestros contemporáneos vivir en sus 
deyecciones, como sólo la cárcel o el campo de concentración nos 
puede obligar a hacer. «Olvidarse» es arriesgarse para alcanzar a 
través del flujo de los excrementos la indiferenciación del deseo. 

La homosexualidad está ligada al ano como la analidad a nuestra 
civilización: un discípulo de Krafft-Ebing, el doctor Albert Molí, 
escribe en La inversión sexual: «Los hombres que tienen una tenden- 
cia a la homosexualidad se han masturbado, en general, desde su 
más tierna infancia pero, en vez de frotarse el pene, se introducen un 
objeto cualquiera en el ano». 47 Hay que señalar el «cualquiera»: en 
efecto, el objeto en cuestión es para el médico un sustituto del falo. 
Pero hay aquí algo como el reconocimiento de un orgasmo anal in- 
dependiente, sin relación con la eyaculación. Este orgasmo anal sólo 
tiene existencia social durante breves instantes, aprovechándose de 
un debilitamiento provisional de la represión culpabilizante. 

El ano está escondido tan bien que es como lo recóndito del 
individuo, su «fundamento»: es su propiedad, en el sentido en el que 
el abuelo del ladrón le explica: el pulgar es tuyo, entonces, no debes 
chuparlo, hay que salvaguardar lo que es tuyo. 48 El ano es tan tuyo 
que no debes utilizarlo; guarda-lo-tuyo. Podemos encontrar falos 
por todas partes, la vulgarización psicoanalítica ha hecho de ello el 
significante común de todas las imágenes sociales. ¿Pero quién 



46. En el sentido jurídico. 

47. Albert Molí, Diecontráre Sexualempfindung, Berlín, Fischer's Medizinis- 
che Buchhandlung, 1891. 

48. Véase Georges Darien, El ladrón, Barcelona, Octaedro, 2003- 



Familia, capitalismo, ano j 77 

pensaría en interpretar el sol schreberiano, no como el padre-falo, 
sino como un ano cósmico? 

Sólo se ve su ano en el espejo del narcisismo, cara a cara o, más 
bien, cara a espalda con su propia pequeña persona privada. Sólo 
existe el ano puesto arriba socialmente, y puesto abajo individual- 
mente, dividido entre lo excrementoso y la poesía, entre el innoble 
secretito vergonzoso y lo sublimado. Ya hemos señalado que el ho- 
mosexual experimenta lo mismo que la mujer, es a la vez divino y 
miserable. Renunciar a esta conversión de la energía de la libido 
anal en la máquina paranoica y arriesgar la pérdida de identidad 
significa pasar por alto las reterritorializaciones perversas impues- 
tas a la homosexualidad. 

«Sólo el espíritu es capaz de cagar»: Se entiende esta frase de 
Deleuze y Guattari en el sentido de que sólo el espíritu es capaz 
de fabricar lo excrementoso, sólo la sublimación es capaz de situar 
lo anal. Entre las cumbres en las que sopla el espíritu y los bajos 
fondos del ano, entre lo sublime y lo excrementoso, está encerrada 
nuestra sexualidad anal. Ahí también reina esta regla del «doble- 
bind», esa producción simultánea de dos mensajes contradictorios 
pero coherentes en su logro por ligar la producción del deseo. 

HOMOSEXUALIDAD Y PÉRDIDA DE IDENTIDAD 

El sexo es la primera cifra de nuestro número nacional de identifi- 
cación, 49 ese fichaje eficaz del mundo moderno. Y la neurosis radica 
primero en la imposibilidad de saber si somos hombre o mujer, 
padres o hijos, lo que, en efecto, no es lo mismo que ignorarlo ino- 
centemente. La imposibilidad de saber si somos hombre o mujer 
provoca, ya se sabe, la neurosis histérica. Los homosexuales son 
todos más o menos histéricos; a decir verdad, comparten con las 
mujeres una profunda confusión de identidad; para ser más exacto, 
se benefician de una identidad confusa. 

49. La primera cifra del carnet de identidad francés indica el sexo: 1 signi- 
fica masculino; 2 significa femenino. [N. del T.] 



78 | El deseo homosexual 

El falo sólo es distribuidor de identidad: un uso social del ano, que 
no fuese sublimado, habría de correr el riesgo de la pérdida de la iden- 
tidad. De espaldas, somos todos mujeres, el ano ignora la diferencia 
de los sexos. Las relaciones de la homosexualidad y de la identidad 
sexual son objeto de un artículo de R. Greenson. 50 El autor constata 
primero un hecho que parece asombrarle, y es que cuando la homo- 
sexualidad se introduce en el discurso con el enfermo, «entonces los 
pacientes reaccionan con un sentimiento de temor y, de manera gene- 
ral, se comportan como si les hubiera dicho: \sois homosexuales!». Ya 
sabíamos que no se podía hablar inocentemente de homosexualidad, 
que la neurosis del enfermo empezaba en la paranoia del médico. 
Pero lo más sorprendente es que el paciente (término que dice mucho 
de su supuesta pasividad) vive esta idea como abrumadora y genera- 
dora de pánico: «Si seguimos con el análisis, el paciente pronto des- 
cribirá el sentimiento de perder una parte de sí mismo, algo esencial 
aunque adquirido, que guarda una relación directa con su identidad 
sexual, con la respuesta, que él se había dado algún día a la pregunta: 
¿quién soy yo? Uno de mis pacientes me lo expresó de manera muy 
sucinta al decirme: "Me da la impresión de que usted va a anunciar- 
me que no soy un hombre ni una mujer, sino un monstruo"». 

El autor distingue tres fases del «progreso» del niño al adulto: 

«Soy yo, Juan. 

Soy yo, Juan, un chico. 

Soy yo, Juan, un chico, ahora con el deseo de tener una activi- 
dad sexual con chicas.» 

La diversidad de sexos y la atracción por el sexo opuesto son 
condiciones de la identidad sexual: «La menor atracción sexual (del 
enfermo) por un hombre podría precipitar un estado de gran páni- 
co y pondría en peligro su identidad sexual». De momento, deje- 
mos de lado la cuestión de la relación entre tendencia sexual y ob- 
jeto sexual. Se mantiene que la sólida condición de la identidad 
sexual es la doble certeza de la semejanza y de la diferencia, del 
narcisismo y de la heterosexualidad. 

50. R. R. Greenson, «Homosexualité et identité sexuelle», Revue Franfaise 
de Psychanalyse, trad. N. H. Montgrain, febrero de 1965, París, puf, 1965. 



Familia, capitalismo, ano j 79 

El estado fálico es el de la identidad. Si eres un chico, tendrás 
relaciones con chicas. En cuanto a tu ano, guárdalo cuidadosamen- 
te para ti. La identidad sexual es también la certeza de pertenecer 
al mundo de los amos, o el temor a ser excluido de éste. Un perso- 
naje como Aschenbach conoce a sus antepasados: «¿Qué dirían? 
¿Qué habrían dicho, por desgracia, de su vida entera, desviada de 
su línea hasta la degeneración?». Y si el escritor repite sin cesar su 
grandeza pasada es porque siente que ésta huye de él, siente que 
desaparece hasta su nombre, aunque se imponga la relación con 
Tadzio. Su apariencia se separa de él, hasta tal punto que el peor 
maquillaje puede ahora hacerle ilusión: en la tienda del peluquero 
toma conciencia, el pelo teñido, los labios pintados de rojo, la cara 
cubierta de polvos, de la fragilidad de esa identidad. Primero, 
Aschenbach ha vivido el conflicto entre lo alto y lo bajo, entre la 
pulsión y la imagen de su celebridad severa. Pero: «Su alma cono- 
ció el sabor de la lujuria, la embriaguez de estropearse y de des- 
truirse. Con este sueño, la víctima se despertó anonada, conmocio- 
nada, abandonada sin defensa ante el demonio. Ya no temía las 
miradas de aquellos que le observaban; que les pareciese sospecho- 
so no le preocupaba». La gran resignación de Aschenbach es el 
descubrimiento de la engañifa del imaginario cuando el incom- 
prensible deseo homosexual se impone. 

Las tribulaciones de Tórless vienen de esa incapacidad por re- 
presentar su deseo hacia Basini bajo una forma antropomórfica, 
humanamente aceptable; y en el momento de su primera experien- 
cia con su condiscípulo, Tórless exclama interiormente: «¡No soy 
yo! ¡No soy yo! ¡Mañana volveré a ser yo mismo, mañana!». Y la 
inefable escena de la novela, en la que el director, el cura y el pro- 
fesor se las ingenian para encontrar un sentido al delirio de Tórless, 
pretende darle la conciencia de la culpabilidad. 

Ya no soy yo quien habla cuando el uso deseante del ano se 
impone. El problema no es aquí la actividad o la pasividad (que, 
según Freud se diferencian precisamente en el estadio anal). Toda 
homosexualidad está ligada al ano, aunque, tal y como las queridas 
estadísticas de Kinsey nos lo enseñan, la relación anal es la excep- 
ción misma entre los homosexuales. 



80 | El deseo homosexual 

Toda la homosexualidad tiene que ver con el erotismo anal, 
sean cuales sean las diferenciaciones y las reterritorializaciones per- 
versas a las que se ven sometidas luego por Edipo. Y el ano no es el 
sustituto de la vagina: las mujeres disfrutan de éste tanto como los 
hombres. La función significante-discerniente del falo se consigue 
aquí, en el momento en el que el ano-órgano se separa de la priva- 
tización que le es impuesta para entrar en la carrera del deseo. 
Reinvestir colectiva y libidinalmente el ano es debilitar tanto el 
gran significante fálico que nos domina a diario, en las pequeñas 
jerarquías familiares, como en las grandes jerarquías sociales. La 
operación deseante menos aceptable, porque es la más fuertemente 
desublimante, es la que se dirige al ano. 

SOCIEDAD DE LA COMPETENCIA Y REINO DEL FALO 

Nuestra sociedad es una sociedad de la competencia, competen- 
cia entre machos, entre portadores de falo. El ano está puesto fuera 
del juego social, todo se organiza entre los individuos creados por 
el reino burgués en torno a la posesión del falo, a la toma del falo 
de los demás o al miedo a perder el suyo. La reconstrucción freudia- 
na sólo traduce e interioriza ese reino despiadado de la jerarquía 
competencial. Sólo se erige bien castrando a los demás, sólo se as- 
ciende andando, durante el acceso a la genitalidad, sobre los otros 
portadores de falo. Sólo somos poseedores del falo por el reconoci- 
miento de los demás. Estamos amenazados continuamente en nues- 
tro falo. Es decir, estamos amenazados continuamente de que se 
apropien de nuestro falo tan duramente conquistado. Nadie ame- 
naza con apropiarse de nuestro ano, más bien sería una amenaza 
revelar que también se posee un ano susceptible de ser utilizado. 
Schreber tiene miedo y desea la violación de Flechsig: el miedo 
surge aquí porque revelar que tenemos también un ano parece po- 
ner en cuestión nuestra existencia fálica. 

El hombre, es decir, el portador de falo, sólo tiene relación con 
los demás hombres bajo el reino de la competencia con respecto 
al único objeto posible de la actividad sexual, la mujer. La compe- 



Familia, capitalismo, ano | 81 

tencia «empieza» en la familia con el padre, con los hermanos. 
«Continúa» en el conjunto del proceso social, con el ascenso en la 
jerarquía. Poseer o no poseer, poseer a una mujer o no poseerla, ésa 
es la cuestión que nos plantea el mundo que nos rodea, la cuestión 
«aparente» que enmascara la producción deseosa. 

Todos los normales son, más o menos, paranoides, admiten los 
psicoanalistas. Las relaciones de propiedad y de posesión instituyen 
el sistema de la envidia 51 en tanto que paranoia generalizada de 
nuestra sociedad. 

Ya sabemos la relación que instituye el análisis freudiano entre 
la paranoia y la auto-represión de la homosexualidad. En 1922, 
Freud escribe un artículo titulado: «De algunos mecanismos neu- 
róticos en la envidia, la paranoia y la homosexualidad». En este 
texto, distingue entre una envidia de la competencia, considerada 
como normal, una envidia (celos) de proyección, que pertenece a la 
resistencia a las transgresiones toleradas por la sociedad (el adul- 
terio, por ejemplo) y, por último, la envidia delirante, de orden 
paranoico. De hecho, la distinción sólo sirve para tranquilizar al 
lector, introduciendo un mínimo de diferenciaciones, al menos 
cuantitativas, entre lo normal y lo patológico. En efecto, los prime- 
ros celos «tienen que ver con un amor inconsciente para el hombre, 
y un odio contra la mujer, vista como rival ... (el celoso) relacionaba 
(sus celos) con la impresión dejada por varias agresiones de homo- 
sexuales, que había sufrido cuando era un muchacho». En cuanto a 
los celos de proyección, que la sabiduría de la sociedad provoca, 
admitiendo cierta parte inevitable de infidelidad en el matrimonio, 
«tienen ya casi un carácter delirante...». Vamos a ver, con el análisis 
de los celos delirantes, por qué Freud se cree obligado a atenuar su 
descubrimiento con esos retoques. Para él, no se trata de atacar de 
frente y sin precaución el sistema competencia-celos. 

«Los celos "delirantes" responden a una homosexualidad "que 
se agria"», son «un intento de defensa contra una tendencia homo- 
sexual demasiado fuerte, que podría, en el hombre, dejarse cir- 

51. El francés no distingue entte la envidia y los celos, sólo tiene una pala- 
bra para expresarlo: «jalousie». [N. del T.] 



82 i El deseo homosexual 

cunscribir por esta fórmula: no lo quiero a él, es ella quien le quie- 
re». Podemos decir con más exactitud: no puedo quererle puesto 
que es a ella a quien yo quiero y es ella quien le quiere. 

El delirio de persecución es esta reconstrucción de lo imaginario 
que permite defenderse contra la emergencia del deseo homosexual: 
«Sabemos que, en el paranoico, es justamente la persona de su mis- 
mo sexo que más quería, la que se transforma en perseguidor». El 
sistema celos-competencia se opone al sistema del deseo no exclu- 
sivo, multiplica las barreras de defensa frente a él. Con respecto a la 
relación de los hombres entre sí, «un hombre que ve en los demás 
hombres objetos virtuales de amor debe comportarse diferente- 
mente para con la comunidad de los hombres, que otro que se ve 
obligado a considerar al hombre ante todo como un rival frente a la 
mujer». El sistema celos-competencia se opone, primitivamente, al 
sistema polívoco del deseo. El deseo homosexual conserva algo de 
esta oposición, pero su utilización social bajo la forma de la subli- 
mación se traduce, de hecho, por el sacrificio a la comunidad de los 
hombres, a los intereses públicos según los términos del mismo 
Freud. Así, la sublimación de la homosexualidad puede ser consi- 
derada como de utilidad pública. La ambigüedad procede de la 
vaguedad de las expresiones freudianas, «instinto de tendencia so- 
cial, abnegación hacia intereses de utilidad pública». Este supuesto 
sentido social constituye precisamente la explotación del deseo ho- 
mosexual, su transformación en fuerza de cohesión social, necesaria 
contrapartida parcial de un sistema de celos-competencia que, lle- 
vado a su extremo, sería una completa ley de la jungla. 

La sublimación homosexual garantiza una sólida base ideológi- 
ca a una cohesión social constantemente amenazada. Por lo tanto, 
la organización, por la sociedad capitalista, de las relaciones en 
torno al sistema celos-competencia sólo puede hacerse por el doble 
movimiento de represión y de sublimación de la homosexualidad, 
uno que garantiza el reino competitivo del falo, y otro la hipocresía 
de las relaciones humanas. La sociedad falocrática de la competen- 
cia está fundada en la represión de los deseos que se refieren al ano, 
la represión de la homosexualidad está ligada a la paranoia de celos 
que constituye nuestro tejido cotidiano, como a la ideología de la 



Familia, capitalismo, ano | 83 

existencia de un conjunto social solidario: la «comunidad huma- 
na» en la que vivimos. 

El amor homosexual también conoce la rivalidad y los celos: a 
cambio de los servicios que le rinde la transformación de la libido 
homosexual, el sistema competencia-celosjeviste también los amo- 
res homosexuales. Por cierto, hasta tal punto que para algunos se 
atribuirá al mismo deseo homosexual el origen de la paranoia de 
celos a la cual se le ha obligado a servir de motor: al nivel de un 
análisis psicológico como el que lleva a cabo Stekel, los celos están 
ligados a la homosexualidad porque la homosexualidad sería, de 
hecho, un medio para representarse el falo del rival. Si los hombres 
están en competencia, la relación sexual entre hombres (de la cual 
obviamos precisar aquí evidentemente que está reprimida, que es 
exclusivamente imaginaria) es una relación entre falos, una rela- 
ción de comparación y de jerarquía. Entonces la homosexualidad 
deviene fálica a cambio de lo que ha permitido por la organización 
de la represión de los deseos que se refieren al ano, el triunfo del 
falo. Liberar al deseo homosexual del sistema de lo imaginario en 
el cual es explotado se convierte en una tarea esencial para la des- 
trucción del sistema celos-competencia. 

REPRODUCCIÓN EDÍPICA Y HOMOSEXUALIDAD 

El deseo homosexual se refiere particularmente al estado pre-per- 
sonal del deseo. Está vinculado al miedo a la pérdida de identidad, 
en la medida en que se vive imaginariamente en el estado reprimi- 
do. La manifestación inmediata del deseo homosexual se opone a 
las relaciones de identidad, a los papeles necesarios que impone 
Edipo para garantizar la reproducción de la sociedad. La sexuali- 
dad reproductora es también la reproducción del Edipo; la hetero- 
sexualidad familiar no sólo garantiza la producción de hijos sino, 
sobre todo, la reproducción de Edipo como diferenciación entre los 
padres y los hijos. «La novela familiar de los neuróticos» es un ar- 
tículo escrito por Freud en 1909, pero también es el artículo de fe 
de la reproducción edípica. «Para el niño pequeño, los padres son, 



84 j El deseo homosexual 

antes que nada, la única autoridad y la fuente de toda creencia. 
Llegar a ser semejante a ellos, es decir, un elemento del mismo 
sexo, hacerse grande como padre y madre, es el deseo más intenso 
y el que tiene más consecuencias en esos años de infancia». Llegar 
a ser papá a su vez es, para el antiguo niño, transmitir Edipo a sus 
sucesores como el testigo de la civilización, ocupar un lugar en la 
gran filiación de la humanidad. La necesidad absoluta de que Edipo 
se reproduzca — y no produzca — explica que los conflictos que 
tiene la infancia por la oposición a la imagen paternal se resuelvan, 
en definitiva, por la sustitución real del padre, por la fundación de 
una nueva familia. «En verdad, el progreso de la sociedad se basa, 
en general, en esta oposición de ambas generaciones». Así es como 
se realiza la transmisión histórica del juego de la prohibición y de 
la transgresión. Pero Freud añade en el mismo texto: «Por otra 
parte, hay una clase de neuróticos en la que podemos reconocer que 
el estado está condicionado por el hecho de que han fracasado en 
esta tarea». Su estado está condicionado: deben ser conscientes de 
que han fracasado en la tarea histórica que les es asignada para que 
la importancia social de esta tarea no se debilite. La reducción a 
los conflictos de generación de las revueltas de jóvenes adquiere 
así el sentido de una elección dictada por la regla del «doble-bind»: 
hacer como sus padres o ser neurótico. Un movimiento como el de 
Mayo del 68 ha sido martilleado por esta necesidad de la elección 
que impone la ideología dominante: hacerse políticos responsables 
o individuos neuróticos. 

La neurosis homosexual es el efecto retorno de la amenaza que 
hace pesar el deseo homosexual sobre la reproducción edípica. El 
deseo homosexual es el inengendrante-inengendrado, el terror de 
las familias en la medida en que se produce sin reproducirse. Por lo 
tanto, cada homosexual tiene que sentirse como un fin de la raza, 
el acabamiento de un proceso del cual no es responsable y que se 
detiene con él. Sólo es posible socialmente el homosexual fijado 
neuróticamente a la madre o al padre, subproducto de un linaje 
que se acaba y que convierte la culpabilidad de estar situado sólo 
con relación al pasado en el sentido mismo de su perversión. El 
homosexual sólo puede ser un degenerado puesto que no engendra, 



Familia, capitalismo, ano j 85 

un artista fin de la raza. Sólo hay temporalidad homosexual admi- 
tida hacia el pasado, los griegos o Sodoma. La homosexualidad, ya 
que no sirve para nada, figura al menos como esa pequeña parte de 
lo inútil necesaria para la conservación del espíritu artístico. La 
homosexualidad es concebida como una neurosis regresiva, volcada 
toda ella hacia el pasado, incapaz de mirar de frente al porvenir de 
adulto y de papá trazado para cada individuo del sexo masculino. 
Puesto que el deseo homosexual ignora la ley de la sucesión de los 
estadios, puesto que es incapaz de elevarse a la genitalidad, debe de 
ser una regresión, como la contracorriente de una evolución histó- 
rica necesaria, como el remolino formado en la superficie del río. 
Por supuesto, Freud establece más una coexistencia tópica de las 
pulsiones que una sucesión; pero la temporalidad se introduce 
como la necesidad absoluta en la que se suceden los padres y los 
hijos, al estadio anal sucede la genitalidad plena, aunque los esta- 
dios precedentes tuvieran que reaparecer como los vestigios de un 
pasado siempre amenazador en el curso de la historia del indi- 
viduo. 

La contracorriente sólo es la pequeña parte de gratuidad que 
responde a la necesidad de la corriente. 

Los homosexuales garantizan a su manera la regla del necesario 
envejecimiento, de la temporalidad edípica. Aschenbach, bajo el 
maquillaje y los cosméticos, «descubría en el espejo a un adolescen- 
te en flor» en su propia imagen devuelta a una mítica juventud. El 
deseo homosexual ignora la sucesión de las edades, así que los ho- 
mosexuales viven más intensamente y en una concentración de 
imágenes más importante que cualquiera la engañifa edípica de una 
evolución que va desde el niño hasta el anciano. 

Todo comienza para el psicoanálisis con el niño pero, al mismo 
tiempo, el niño sólo existe por la edipización proyectada por la 
paranoia paternal: «Desde el punto de vista de la regresión, que 
sólo tiene un sentido hipotético, el padre es el primero en relación 
con el niño ... La culpabilidad es una idea proyectada por el padre 
antes de ser un sentimiento interior del hijo» escriben los autores 
de El anti-Edipo. Y prosiguen: «Si la regresión tomada absoluta- 
mente resulta inadecuada, es porque nos encierra en la simple re- 



86 S El deseo homosexual 

producción o generación». El punto de vista del psicoanálisis es 
el de la sucesión temporal, de la culpabilidad transmitida. El ho- 
mosexual como neurótico es producido por la paranoia de los pa- 
dres; cuando el deseo homosexual manifiesta algo del proceso de 
auto-producción del deseo, está particularmente interpelado por la 
necesidad de construirle una temporalidad. La homosexualidad es 
regresiva porque ahí está la forma que la edipización asigna al de- 
seo homosexual en tanto que manifiesta la ignorancia temporal de 
la libido. Ignorancia inaceptable. 

La homosexualidad es, en definitiva, regresiva porque el homo- 
sexual sería sin ello huérfano sin hijo. Sería huérfano en el sentido 
de Deleuze y Guattari cuando dicen: «El inconsciente es huérfa- 
no». Sin hijos: por lo tanto, la transmisión de la homosexualidad 
guarda ese carácter un poco misterioso de los flujos de la produc- 
ción deseante; un jefe de policía citado por G. Macé en Lundis en 
prison define a los homosexuales: «Esa gente, que no procrea, tiene 
una tendencia a multiplicarse». La producción homosexual se hace 
sobre el modo de la relación horizontal no limitativa, la reproduc- 
ción heterosexual sobre el modo de la sucesión jerárquica. En el 
Edipo, cada uno sabe que, a su vez, ocupará el sitio ya delimitado 
por el triángulo; ésta es una condición de los progresos de la so- 
ciedad, explica Freud. Cuando Deleuze y Guattari explican que al 
lado de la disyunción hombre-mujer, resultado de la filiación en 
cada momento, la homosexualidad masculina, lejos de ser un pro- 
ducto del complejo de Edipo, constituye un modo de relación so- 
cial diferente, muestran que al lado del mito freudiano que hace 
derivar todo de la filiación 52 existe otra relación social posible, in- 
aceptable para nuestra sociedad, horizontal y ya no vertical. 

El homosexual no sublimado en cuanto a la representación de la 
posibilidad de esa relación reprimida es, por una parte, un asocial 
en la sociedad heterosexual familiar: Adler escribe que «el homo- 
sexual no busca una adaptación pacífica y armoniosa en la sociedad 
y su tendencia expansiva ... lo lleva por el camino de una lucha in- 
cesante ... En una palabra, el homosexual no se ha desarrollado para 

52. Véase Sigmund Freud, Tótem y tabú, Madrid, Alianza Editorial, 1999. 



Familia, capitalismo, ano | 87 

hacerse socio de la sociedad humana». 53 Por supuesto, se entiende 
aquí sociedad humana según el modelo freudiano, en el que la ho- 
mosexualidad sólo encontrará su sitio sobre el modo edípico subli- 
mado. 

Por otra parte, el homosexual indica la posibilidad de otra for- 
ma de relación que apenas nos atreveremos a llamar sociedad. 

LA GRUPALIZACIÓN HOMOSEXUAL 

La homosexualidad sublimada da a la sociedad el mínimo de cohe- 
sión humanitaria que necesita. La represión de la homosexualidad 
corresponde al sistema de celos-competencia de los individuos fálicos. 
Freud escribe al final del artículo, citado más arriba, «De algunos 
mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexuali- 
dad»: «En la concepción psicoanalítica, estamos acostumbrados a 
concebir los sentimientos sociales como sublimaciones de compor- 
tamientos homosexuales en cuanto a su objeto». Es interesante in- 
tentar describir lo que pueden ser relaciones «sociales» que no estén 
fundadas en la sublimación homosexual o, recíprocamente, pensar 
en lo que significaría la desublimación de la homosexualidad para 
la organización social. Freud acaba su artículo con esta conclusión 
ambigua: «Entre los homosexuales dotados de un sentido social, los 
sentimientos sociales no habrían operado su desapego de la elección 
primitiva del objeto con una total alegría». Esta frase es particular- 
mente insatisfactoria desde el punto de vista freudiano: la cantidad 
de sentido social debería en principio disminuir al igual que la 
cantidad de libido referida al objeto homosexual. En el homosexual 
dotado de sentido social, tenemos que vérnoslas con un monstruo 
contradictorio, a menos que social no indique aquí otra cosa que lo 
que entendemos habitualmente. Si la expresión directa del deseo 
homosexual puede tomar un sentido social, es evidente que no es en 
esta sociedad, basada en el reino de la paranoia anti-homosexual y 
de la sublimación como sistema heterosexual familiar. 

53. A. Adler, Das Problem der Homosexualitat, op. cit. 



88 I El deseo homosexual 

Los deseos que se refieren al ano, estrechamente ligados al deseo 
homosexual, constituyen lo que llamaremos un modo grupal de 
relaciones por oposición al modo social habitual. El ano sufre el 
movimiento de la privatización; la publicitación o, para ser más 
exacto, la grupalización deseosa del ano, provoca a la vez el derrum- 
bamiento de la jerarquía fálica sublimadora y la destrucción del 
«doble-bind» individuo-sociedad. 

Deleuze y Guattari explican que no existe fantasma individual 
oponible al fantasma colectivo o, para ser más exacto, que el indivi- 
duo es un cierto fantasma colectivo, el fruto de una colectividad fun- 
dada en la opresión edípica. Hablar de la homosexualidad como de un 
problema individual, como del problema individual, es un medio se- 
guro para someterla a Edipo. El deseo homosexual es un deseo de 
grupo, grupaliza al ano restituyéndole sus funciones de vínculo de- 
seante, reinvirtiéndole colectivamente contra una sociedad que lo ha 
reducido al estado de secretito vergonzoso. Los homosexuales «prac- 
ticantes» son, en cierta medida, quienes han fracasado con su subli- 
mación; son «incapaces de asumir plenamente las exigencias que la 
naturaleza y la cultura pueden imponer a los individuos». 54 Fracasar 
con su sublimación significa simplemente concebir las relaciones so- 
ciales de otra manera. En última instancia, cuando el ano encuentra 
de nuevo su función deseante, cuando las conexiones de órganos se 
hacen sin ley ni regla, el grupo goza en una suerte de relación inme- 
diata de la que desaparece la sacrosanta diferencia entre lo público y 
lo privado, entre lo individual y lo social. Y quizás pudiéramos en- 
contrar un indicio de este estado de un comunismo sexual primario 
en ciertas instituciones, a pesar de todas las represiones y de todas las 
reconstrucciones culpables de las que son objeto, del gueto homo- 
sexual: pensamos aquí en los baños de vapor, lugar famoso en el que 
se enchufan anónimamente los deseos homosexuales, a pesar del te- 
mor de una presencia policíaca siempre posible. La grupalización del 
ano ya no ofrece ninguna presa a la sublimación, ninguna carencia en 
la que se introduzca la conciencia culpable. 

54. Jacques Corraze, La homosexualidad y sus dimensiones, Madrid, Fax, 
1972. 



Familia, capitalismo, ano | 89 

El modo grupal del ano es el anular, el círculo que puede abrir- 
se hasta el infinito de las conexiones posibles en todos los sentidos 
sin lugares asignados. El grupal anular (y aquí también hay una 
referencia al ano) hace desmoronarse lo social de la jerarquía fálica, 
el castillo de naipes del imaginario. 

El deseo homosexual no es la resultante secundaria de Edipo: es 
el funcionamiento de una máquina deseante enchufada en el ano. 
Deleuze y Guattari subrayan el error de Devereux, cuando ve la 
homosexualidad como el producto de la represión edípica. 55 Veremos, 
con la cuestión del masoquismo, la importancia que hay que otor- 
gar a la noción de secundariedad pegada a ciertas manifestaciones 
del deseo. El anti-Edipo insiste en el hecho de que «si es verdad que 
existe una homosexualidad edípica o filiativa, sólo hay que ver en 
ello una reacción secundaria a esta homosexualidad de grupo, que 
es primero no edípica». Así el deseo homosexual sólo existe en 
grupo, y a la vez, está prohibido en sociedad. De ahí la necesidad 
de hacer desaparecer lo anal, o más bien, de transformarlo en ana- 
lidad. Freud escribe: «La primera prohibición al niño ... tiene que 
ver con el placer proporcionado por la actividad anal y sus produc- 
tos, y determina todo su desarrollo posterior. En esta ocasión, el 
pequeño ser siente por primera vez que está rodeado por un mundo 
hostil a la manifestación de sus deseos; aprende a distinguir entre 
su pequeña persona y esos extranjeros, a reprimir por primera vez sus 
posibilidades de placer. A partir de ese momento, lo anal deviene 
símbolo de todo lo que hay que apartar de su vida». Freud explica 
en la Introducción al psicoanálisis que las excitaciones anales están 
sometidas a una renuncia porque «todo lo que remite a estas fun- 
ciones es indecente, debe ser escondido. [El niño] está obligado a 
renunciar al placer, en nombre de la dignidad social». 56 

En efecto, el deseo homosexual deviene la homosexualidad, está 
atrapado por el Edipo, precisamente porque lo grupal anal puede 

55. Véase «Consideraciones etno-psicoanalíticas sobre la noción de paren- 
tesco», L'Homme, julio de 1965. 

56. Sigmund Freud, Introducción al psicoanálisis, Madrid, Alianza Editorial, 
2002. 



90 , El deseo homosexual 



mandar callar a lo social edípico. Y el mito de Edipo nos permite 
comprender por qué es preciso distinguir entre el deseo homo- 
sexual, puesto que la homosexualidad primaria demuestra la indi- 
ferenciación del deseo, y la homosexualidad edipizada, perversa, 
cuya energía tiende por completo entonces a la consolidación de 
la ley: es porque, escriben Deleuze y Guattari, «todo comienza 
en la cabeza de Laíos, el viejo homosexual de grupo, el pervertido, 
que tiende una trampa al deseo». La homosexualidad edípica co- 
mienza en la cabeza del padre, garantiza la integración de la fuerza 
grupal para el edificio social edípico. 



4 



«Elección objetal» 
y «comportamiento» 
homosexuales 



La novela familiar de las neurosis transforma el deseo homosexual 
en homosexualidad neurótica, por eso hay una fabricación de una 
«historia psicológica» del homosexual a la cual responde un «com- 
portamiento». Hay sitio para todo el mundo en la casa de la homo- 
sexualidad: también el sociólogo puede dar su opinión y sentarse al 
lado del psiquiatra. No se puede decir que el comportamiento ho- 
mosexual no exista, sino que lo que entendemos por «comporta- 
miento» sólo es el conjunto de las caracterizaciones que pretenden 
encerrar una actividad sexual que tiende a escaparse; la realidad de 
un comportamiento homosexual con sus propias constantes es tan 
irresoluble como el Edipo del cual deriva. El inconsciente que el so- 
ciólogo delimitará fácilmente en las grandes máquinas molares socia- 
les es un inconsciente bien civilizado, los abismos homosexuales son, 
como el incesto, «un arroyo calumniado muy poco profundo». 

No hay una «elección» de ser homosexual, ya que esto no se 
vive así más que cuando uno hace el esfuerzo, como Genet, por 
descubrir «bastantes razones para ser nombrado con este nombre». 
Hay, como mucho, una salida homosexual, un camino falsamente 
despejado que el deseo homosexual toma para poder vivir. Así des- 
cribe Sartre el camino: «La inversión no es el efecto de una elección 
prenatal, ni de una malformación endocrina, ni tampoco el resul- 
tado pasivo y determinado de complejos: es una salida que un niño 
descubre en el momento en que se asfixia». Y no sabe todavía que 
ese oxígeno está envenenado, que sólo se le ofrece la inversión, el 



92 j El deseo homosexual 

anverso del normal al cual está materialmente ligado. La historia 
de Genet es edificante, no en vano se le llama santo: gozar fuera del 
sistema deviene, por la gracia de la intervención trascendente de 
Edipo, una «voluntad de mal», una elección existencial de la cual 
Sartre describe complacidamente los momentos. La metafísica liber- 
tad de elegir la esterilidad homosexual toma el sitio del funciona- 
miento de la libido productora. La «voluntad de mal» salva, según 
una inteligentsia progresista, lo que el deseo tiene de insostenible 
santificándolo. 

Sartre, por supuesto, tiene razón parcialmente, ya que describe 
la realidad de cierto imaginario. ¿Pero qué es esa asfixia de la que 
escapa el niño? ¿se trata de la amenazante normalización sexual? 
En este caso, la salida homosexual es el único medio de vivir cerca 
de su funcionamiento deseante, sean cuales sean las consecuencias 
sociales. ¿Pero no es también el miedo por ver desaparecer su yo si 
las conexiones del deseo no son reinterpretadas en términos de res- 
ponsabilidad y de culpabilidad? 

Hércules, entre el vicio y la virtud, habrá sentido seguramente 
lo que se ha llamado la regla del «doble-bind». Dos caminos, sin 
más. Representar así la elección homosexual corresponde a resta- 
blecerla en el marco del que intentaba salir. El deseo homosexual 
sería más bien del orden de un deseo de gozar sea cual sea el siste- 
ma, y no simplemente dentro o fuera del sistema. Justine y Juliette 
también, en Sade, eligen dos vías diferentes: la que la sociedad 
llama la vía de la virtud y la que considera como la vía del vicio. 
Pero la simetría sólo es aparente: la elección virtuosa de Justine 
hará de ella una libertina a su pesar, una neurótica continuamente 
culpabilizada por el vicio en el que está inmersa. En cuanto a Ju- 
liette, rechaza más eliminar que elegir, ya que cree que todo es po- 
sible, que puede obtener goce de todas las situaciones y que, en defi- 
nitiva, todas las conexiones del deseo son buenas. 

De hecho, la elección de ser homosexual sólo es una racionali- 
zación operada por Edipo, mediante una diferenciación entre per- 
sonas globales en una relación de elección de objeto exclusivo. 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales | 93 
LA «ELECCIÓN OBJETAL» 

La «salida» homosexual está caracterizada mediante la elección de 
un objeto del mismo sexo que uno mismo. «Uno mismo», «objeto», 
«mismo» son tantas caracterizaciones antropomórficas del deseo. 
Estas características suponen la puesta en práctica de la diferencia- 
ción entre el yo y el exterior, la construcción de un sujeto, capaz de 
operar según las líneas del mismo y del diferente. «El progreso en 
el desarrollo de la libido después de la fase narcisista puede efectuar- 
se según dos tipos diferentes: según el tipo narcisista, el yo del sujeto 
siendo reemplazado por otro yo que se le parece lo máximo posible, 
y según el tipo extensivo, personas que se han vuelto indispensables 
porque procuran o garantizan la satisfacción de otras necesidades 
vitales, siendo también elegidas como objetos de la libido. Una fuer- 
te afinidad de la libido para la elección del objeto según el tipo 
narcisista debe ser considerada, a nuestro parecer, como formando 
parte de la predisposición a la homosexualidad manifiesta» (Freud). 
Ya nos cruzamos anteriormente con este nudo del narcisismo: el 
complemento necesario de la operación de conversión de la energía 
de la libido sobre sí misma es el sistema de la «elección de objeto» 
según las normas de la semejanza y de la diferencia. 

Freud explica en los Tres ensayos sobre teoría sexual que «existe ... 
entre el objeto y la tendencia sexual una relación que puede que no 
percibamos en la vida sexual normal, en la que la tendencia ya 
parece contener por sí misma su objeto ... Se permite creer que la 
tendencia sexual existe independientemente de su objeto ...». 

Ahora bien, es a propósito de la tendencia homosexual que tal 
observación puede hacerse. El estudio de las «perversiones» mues- 
tra que, en Freud, esa relación entre la tendencia sexual y un objeto 
(entiéndase aquí un hombre o una mujer) sólo es evidente después 
de una ideología social que da a la sexualidad su forma. Las perver- 
siones indican, en particular la homosexualidad, lo que queda es- 
condido en la sexualidad normal: por la posición que unas ocupan 
frente a la otra, se observa con claridad el carácter arbitrario de la 
soldadura realizada entre elección objetal y comportamiento glo- 
bal. La heterosexualidad familiar reproductora considera evidente 



94 I El deseo homosexual 

la relación entre la atracción sexual del hombre y el objeto sexual 
que es la mujer, de suerte que parece, de algún modo, que no hay 
diferencia entre la tendencia sexual y su objeto. En el momento en 
el que aparece una elección de objeto aparentemente desviada, se 
introduce, según Freud, la falla esclarecedora por la que el deseo 
sexual manifiesta su irreductibilidad a una elección de objeto pre- 
cisa. La perversión homosexual participa de esta indiferencia, por 
lo que su elección de objeto no es evidente; participa también de la 
potencia de las fuerzas normalizadoras, por lo que parece obedecer 
a su vez y a su manera a la regla que liga una cierta elección de 
objeto a un cierto comportamiento. La representación de la sexua- 
lidad bajo la forma de una tendencia sexual atraída de alguna ma- 
nera químicamente por su complemento, el objeto sexual natural 
(o perverso) de esta tendencia, permite la constitución de las per- 
sonalidades psicológicas en el modo de las grandes caracterizacio- 
nes que recortan arbitrariamente el deseo. Para que la expresión 
«tendencia sexual» manifieste de inmediato un conjunto que con- 
verge hacia un objeto sexual dado, hay que entender por «objeto» a 
las «personas», con el fin de que, a cambio, las tendencias sexuales 
se encarnen en otras personas psicológicamente determinables. 

El freudismo se edipiza en el momento en el que las relaciones 
polívocas y no personalizadas de órganos se transforman en relación 
entre personas globales que representan la realidad de las primeras 
relaciones de órganos. La pulsión parcial en Freud funciona siempre 
independientemente, busca «su satisfacción de placer en el cuerpo pro- 
pio». Pero tendemos progresivamente a interpretar la relación de la 
pulsión parcial con su objeto siempre parcial (pecho, pene) como una 
relación, desde la infancia, con las personas globales, en particular con 
la madre. Muldworf, por ejemplo, defenderá hasta el mito de la «fu- 
sión» durante el cual el niño y la madre son uno, atribuyendo así a la 
pulsión una tendencia a la constitución psicológica de personas. El ca- 
rácter parcial de la pulsión y el término objeto parcial están sometidos 
a la misma problemática que el término «perverso» utilizado a propó- 
sito del polimorfismo del deseo. 57 

57. Véase Sigmund Freud, Tres ensayos sobre teoría sexual, nota 60, op. cit. 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales | 95 

Sin embargo, Freud explica suficientemente lo que hay que 
entender, sobre esta cuestión del objeto sexual, por las diferencia- 
ciones entre normal y desviado, y también entre parcial y global. 
La «desviación en relación con el objeto» se tiene que entender 
como «la desviación en relación con el fin» fijado en la genitalidad. 
Concierne a las zonas erógenas diferentes de la genital, y es un fe- 
nómeno universal, aunque (y ahí reside la ambigüedad freudiana) 
considerado como indispensable a la constitución del «normal», 
inevitable coronación de la evolución sexual a la cual incluso las 
desviaciones sirven de etapa. «Hay que atribuir a cada individuo 
un erotismo anal, uretral, oral, etcétera. Las constataciones de com- 
plejos clínicos que corresponden a esas formas de erotismo no de- 
ben desembocar en una anomalía o en una neurosis». O sea que el 
deseo es, al principio, un conjunto universalmente compartido por 
tendencias diversas y no exclusivas de erotismos basados en co- 
nexiones de órganos que coexisten según el modo del «y... y...» y no 
según el modo del «o... o...». 

Para pasar de un sistema inclusivo a un sistema exclusivo en el 
que cada elección excluye a otra, es necesario pasar por la caracteri- 
zación personal de tendencias ligadas a un objeto particular; plegar 
la elección objetal sobre el comportamiento permite la división en- 
tre buenas y malas elecciones objétales, buenos y malos objetos, hete- 
rosexualidad u homosexualidad. La elección se convierte entonces 
en la responsabilidad de las personas globales, en el sistema que 
encadena comportamientos a objetos, la homosexualidad a la elec- 
ción de una persona del mismo sexo que uno. La elección hetero- 
sexual del objeto deviene el símbolo de la sexualidad adulta bajo el 
signo de la primacía de la zona genital. En efecto, Freud afirma 
siempre la persistencia de un componente parcial de la sexualidad, 
pero ahora es bajo la forma de la regresión a una fijación anterior de 
la libido, puesto que la elección del objeto homosexual se refiere 
a la amplificación del narcisismo y a la importancia atribuida a la 
zona anal. Bien es cierto que en la nota 14 de los Tres ensayos Freud 
insiste en la diferencia entre nuestra vida erótica, que privilegia el 
objeto atribuyéndole el sentido de la culpabilidad y de la no-culpa- 
bilidad, y la de la Antigüedad que pone el acento en el Eros, la 



96 I El deseo homosexual 

tendencia: «Durante la Antigüedad, se glorificaba la tendencia y 
esta tendencia ennoblecía al objeto, por pequeño que fuera el valor; 
mientras que en los tiempos modernos, menospreciamos la activi- 
dad sexual en sí misma y sólo la disculpamos de alguna manera 
por las cualidades que encontramos en su objeto». Esta compara- 
ción indica bien hasta qué punto Freud es consciente de que la ac- 
tividad sexual en nuestras sociedades no es considerada como una 
producción, sino como una falta que debe completar el pleno obje- 
to sexual. Estos objetos designados socialmente permiten eliminar 
la indiferenciación del deseo. La sociedad moderna dice al deseo: 
que las caricias no se equivoquen, que sigan el camino que señala 
la relación establecida entre tendencia y objeto sexual, bajo su for- 
ma normal y, por consiguiente, bajo su forma perversa. Pero se 
trata de una comparación ambigua, ya que se contenta con cons- 
truir una historia sexual dotada de una Antigüedad regresiva, y 
para excluirla. 

La perversión homosexual debe sufrir la ley que asigna obje- 
tos a tendencias de manera exclusiva, como debe sufrir la ley de 
la fijación a las personas parentales: tantos vínculos para evitar la 
desviación del deseo. La elección objetal estrechamente fijada es una 
garantía contra la descentralización que sufrirían el Falo y la ge- 
nitalidad. Sabemos que las caricias homosexuales tienden más fá- 
cilmente a perderse en todas las zonas del cuerpo que las caricias 
heterosexuales, con un fin claramente fijado. La relativa impreci- 
sión del fin en la actividad homosexual da lugar a numerosas for- 
mas (de la felación a la sodomía). Por eso un esfuerzo para dar un 
sentido a las elecciones y culpabilizarlas con respecto a los objetos 
es particularmente importante en lo que a ella se refiere. La triple 
equivalencia elección = elección exclusiva = personalidad tendrá 
alguna dificultad con la homosexualidad pero conseguirá consti- 
tuir la perversión homosexual como un comportamiento basado en 
aparentes certezas naturales. 

Freud ha criticado además la ingenuidad de aquellos que creen 
poder descubrir los comportamientos a partir de las elecciones de 
objeto en el caso de la homosexualidad. La experiencia lo demues- 
tra, resulta particularmente absurdo decretar que a los afeminados 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales | 97 

les gustan los varoniles y a los varoniles los afeminados. La asimi- 
lación de la sodomía llamada pasiva a una caracterización «afemina- 
da» no se basa en la realidad material de las relaciones homosexua- 
les, en las que aquellos que tomamos por varoniles, en efecto, no 
lo son necesariamente, y quizás tampoco lo son por lo general los 
«machos». 

Resulta igualmente incierto que la feminización homosexual se 
refiera a la elección privilegiada del pene como objeto de goce. La 
descripción que Sartre ofrece de la felación como desvirilización del 
macho (interpretada por él como una manera de castración) indica 
que en este terreno las cosas no son tan simples como las supuestas 
certezas naturales («a los maricones les gustan los sexos varoniles») 
podría dar a entender. 

Pero es el principio de Sodoma y Gomorra el que contiene la ex- 
presión más cabal de lo que puede ser la constitución de la perver- 
sión homosexual con respecto a la elección de objeto. La elección de 
objeto heterosexual es fácil y natural, la tendencia sexual parece 
contenerla como evidente. La elección de objeto homosexual es per- 
versa en la medida en que busca la dificultad: «Amantes a los que 
casi está cerrada la posibilidad de ese amor cuya esperanza les da 
fuerza para soportar tantos riesgos y soledad, ya que justamente 
están prendados de un hombre que no tiene nada de una mujer, de 
un hombre que no es invertido y que, por consiguiente, no puede 
amarles; de manera que su deseo sería para siempre insaciable si el 
dinero no les entregara a verdaderos hombres, y si la imaginación 
no acabara por hacerles tomar por verdaderos hombres a los inver- 
tidos a los que han prostituido». 58 

La confusión denunciada por Freud entre la elección objetal y el 
carácter sexual del sujeto en «Psicogénesis de un caso de homose- 
xualidad femenina» (1920) no sólo funciona para la normalidad, 
sino también para la homosexualidad. Simplemente, funciona en el 
segundo caso bajo la forma perversa de una tendencia con una di- 
ficultad extrema para encontrar su objeto natural y de ahí que 
presentara el interés de ser casi imposible. A los homosexuales les 

58. Marcel Proust, Sodoma y Gomorra, op. cit. 



98 j El deseo homosexual 

gustan los hombres heterosexuales y a los hombres heterosexuales 
les gustan las mujeres. Como en una tragedia bien construida, el 
amor homosexual resulta dividido entre una elección de objeto a la 
cual no puede escapar y la imposibilidad para satisfacerlo. La per- 
versidad del deseo homosexual arraiga en lo que constituye la cari- 
catura, lo negativo de la elección de objeto heterosexual, le da la 
réplica como testigo de la fuerza del vínculo entre tendencia y ob- 
jeto sexual, incluso en el caso extremo en el que este vínculo pare- 
ce casi impracticable. El sofisma de «la raza maldita» y del conjun- 
to de la perversión homosexual quiere que llamemos viril al que no 
es «maricón», «maricón» al aficionado al pene, pene al Falo como 
órgano de la virilidad, y así se cierra el círculo de los amores impo- 
sibles. 

Así la primacía de la genitalidad sale reforzada de esta doble 
relación en la que el pervertido vislumbra en el normal el objeto 
imposible de su deseo. El ex freudiano Adler lleva a su extremo tal 
primacía. Desarrolla el tema de la «protesta viril»: admite que el 
conjunto de los fenómenos sexuales, y de lo que de ahí se deriva, 
está dirigido por la existencia de una tendencia general del indivi- 
duo a rechazar la «línea femenina» para tratar de alcanzar o para 
mantenerse en la línea masculina. La caracterología adleriana deri- 
va de esta idea de la «protesta viril». Es la traducción sociológica 
del gran Falo significante, en tanto que divide a los seres en los que 
desean tener pene y los que tienen miedo de perderlo. 

De hecho, es lo mismo centrar la pulsión homosexual en las 
ganas de apropiarse los penes de los demás o hacerla derivar de la 
angustia de castración. El sexo se reduce al pene, éste es para el 
homosexual el único «objeto» sexual posible, mientras que la mu- 
jer permanece como el único «objeto» (como persona global) sexual 
social posible. Así, el homosexual deviene de cierta manera un su- 
jeto que se imagina objeto en su tremendo deseo del único objeto 
parcial: el pene. La homosexualidad se conformaría con retomar, 
cambiándoles los signos, los datos de la sexualidad normal. El cen- 
trarse en el pene elimina o somete las otras máquinas deseantes, 
por el intermediario de la creación de un objeto-persona cerrado y 
unívoco. 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales j 99 

La soldadura entre los comportamientos y las elecciones se tra- 
duce aquí en la transformación del homosexual en sustituto de 
mujer, puesto que intenta constituirse en objeto del deseo hetero- 
sexual cuando es el sujeto «natural». Que un hombre afeminado 
no sea necesariamente una «mujer» en el acto sexual no cambia 
nada para esta construcción arbitraria pero sólida. El homosexual 
es una «engañifa» de mujer, una imagen de una imagen, puesto 
que la mujer sólo está constituida en único objeto sexual por el 
juego de lo imaginario. 

«TERCER SEXO» Y FEMENINO-MASCULINO 

El mundo se divide en objetos y en sujetos, en mujeres y hombres. 
Los hombres desean a las mujeres, el deseo de las mujeres no tiene 
importancia. Para rehabilitar a los homosexuales, tenemos que pa- 
sar por el sistema de lo semejante o de lo diferente, de lo semejante 
y de lo diferente. El homosexual es a la vez diferente (el tercer sexo) y 
al mismo tiempo semejante (se subdivide en hombre y en mujer). 
El discurso sobre la homosexualidad recorre sin cesar la jaula cerra- 
da de estas dos posibilidades. 

El homosexual debe ser diferente, si no todo el mundo sería ho- 
mosexual. Y a pesar de la lucha de Freud contra la teoría del tercer 
sexo, ésta no dejará de reaparecer bajo formas variadas. La homose- 
xualidad congénita no ha perdido sus encantos: la teoría cromosó- 
mica, por ejemplo, permite reconciliar lo semejante y lo diferente 
distinguiendo entre una pequeña minoría de homosexuales «de 
raza» (aquellos que tienen un cromosoma de sobra) y una gran 
mayoría de homosexuales «de cultura», explicables por la historia 
psicológica del individuo. La diferencia tiene que reducirse a lo se- 
mejante, porque nadie normal se reconoce homosexual, y sin em- 
bargo los homosexuales no deberían tomárselo como pretexto para 
creerse liberados de la predominancia fálica y del Edipo. Por eso el 
intento de Hirschfeld estaba condenado al fracaso, por querer orga- 
nizar la liberación de los homosexuales a partir del carácter innato 
e irreprimible de sus deseos. 



1 00 j El deseo homosexual 

En efecto, esta teoría tiene la ventaja de permitir a la ideología 
dominante rechazar al hombre homosexual en una categoría que 
salvaguarda el valor discriminatorio del pene, sin el cual sería muy 
simple hacer del homosexual una mujer. Pero presenta el peligro, a 
no ser que se ponga al conjunto de los homosexuales en un campo 
de concentración, de dejar coexistir uno al lado de otro a más de dos 
sexos, de renunciar a un sistema binario simple. Si hay tres sexos, 
¿por qué no más? Cuando no totalmente filofascista, la teoría del 
tercer sexo resulta peligrosa. La lucha que lleva a cabo Freud contra 
esta teoría se hace en nombre de los intereses mismos de los homo- 
sexuales. Todo el mundo es más o menos homosexual, no hay razón 
alguna para pensar a los homosexuales bajo una categoría particu- 
lar. Pero lo que se esconde bajo esta universalización de la homose- 
xualidad es, en realidad, la universalización del Edipo. Resulta 
particularmente útil al imperialismo edípico mostrar que bajo lo 
diferente se esconde lo semejante; resulta particularmente tranqui- 
lizador para la sexualidad normal que las mismas categorías aparez- 
can tanto en los homosexuales como en los heterosexuales; así se 
manifiesta la incontestable universalidad del Falo significante. De 
este modo, es a la vez útil que el homosexual sea diferente y que su 
diferencia pueda reducirse a lo semejante, es indispensable que sea 
diferente y que sea al mismo tiempo sometido a las mismas leyes. 

Freud, después de haber criticado la teoría del tercer sexo, escri- 
be en la Introducción al psicoanálisis: «Estos pervertidos se compor- 
tan para con su objeto sexual casi de la misma manera que los 
normales para con el suyo». 59 Simplemente se han equivocado de 
objeto. Entonces, podemos redividir a los homosexuales en machos 
y hembras, reafirmar en lo que se refiere a ellos la universalidad de 
la ley que vincula la tendencia sexual a su objeto, de la cual son la 
caricatura. Es lo que podríamos llamar la concepción heterosexual 
del mundo homosexual: al reprimir las otras pulsiones, la pulsión 
heterosexual les impone pasar por su esquema. ¿Cómo gentes del 
mismo sexo pueden practicar juntas la sexualidad que se define 
por la relación de dos sexos diferentes? Unicamente por un juego 

59. Sigmund Freud, Introducción al psicoanálisis, op. cit. 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales | 101 

de sustitución en el que se encuentra de nuevo la ley fundamental 
heterosexual. 

Pero la homosexualidad amenaza con enturbiar la nitidez de 
esta subdivisión funcional entre sujeto y objeto, entre hombre y 
mujer. Todo el debate que retoman a menudo los psiquiatras 60 para 
saber si la homosexualidad es una perversión o, por el contrario, 
varios fenómenos diferentes recogidos arbitrariamente bajo ese tér- 
mino, se explica por esta doble necesidad de subdividir para reinar, 
manteniendo al mismo tiempo la diferencia perversa. Ferenczi ha 
dado el más alto grado de esta combinatoria de los sexos aplicada a 
la homosexualidad. En su artículo «El homoerotismo: nosología 
de la homosexualidad masculina», disgrega la homosexualidad en- 
tre virilidad y feminidad de una manera que será luego clásica: 
«Me ha dado siempre la impresión de que hoy en día se aplicaba el 
término de homosexualidad a anomalías psíquicas en demasía di- 
ferentes y, fundamentalmente, sin relación las unas con las otras. La 
relación sexual con su propio sexo sólo es un síntoma ...». Freud 
había escrito: «Lo que denominamos por comodidad, en bloque, 
homosexualidad, resulta quizás de procesos diversos de inhibición 
psicosexual y el proceso que hemos puesto al día quizás sólo sea 
uno entre varios, y con respecto a un tipo dado de homosexua- 
lidad». Desgraciadamente, los homosexuales no gozarán por mu- 
cho tiempo de su diversidad reconocida, puesto que ésta conduce a 
una nueva clasificación. Ferenczi sigue con la distinción entre «homo- 
erotismo de sujeto» y «homoerotismo de objeto». «Un hombre que 
se siente mujer en sus relaciones con los hombres es invertido en 
cuanto a su propio Yo (homoerotismo por inversión del sujeto o, más 
simplemente, homoerotismo de sujeto), y se siente mujer no sólo 
durante las relaciones sexuales sino en todas las relaciones de su 
existencia». Frente a este homosexual pasivo aparece evidentemente 
un hombre homosexual, un homosexual activo: «Se siente en todos 
los aspectos un hombre. En la mayoría de los casos es muy enérgico, 
activo y no hay nada de afeminado en él, ni en el plano psíquico, ni 
en el plano físico. Sólo el objeto de su tendencia es invertido y por 

60. Véase en particular la Revue Frangaise de Psychanalyse, op. cit. 



102 | El deseo homosexual 

consiguiente podríamos llamarlo un homoerótico por inversión del 
objeto de amor o, de forma más simple, un homoerótico de objeto». 

Entonces la caracterología vincula con seguridad la tendencia 
sexual y su objeto: el homoerótico subjetivo se siente atraído por 
hombres varoniles y maduros, el homoerótico objetivo por mucha- 
chos delicados. Krafft-Ebing ya había afirmado la existencia de dos 
centros nerviosos en el individuo, uno macho, otro hembra. La de- 
finición corriente del invertido como un «cerebro de mujer en un 
cuerpo de hombre» se completa aquí con una caracterología deta- 
llada. En efecto, Ferenczi indica en nota a pie de página que es 
consciente de que los calificativos de femenino y viril aplicados 
respectivamente al invertido y al homoerótico son de naturaleza 
ideológica. Pero precisa el retrato en estos términos: «Sólo indicaré 
aquí que entiendo por virilidad la actividad (agresividad) de la li- 
bido, un amor objetal altamente desarrollado con sobreestimación 
del objeto, una poligamia que se opone a ello sólo en apariencia y, 
como derivado lejano de la actividad, el rigor intelectual; por femi- 
nidad: la pasividad (tendencia a la represión), el narcisismo y la in- 
tuición. Naturalmente las características sexuales psíquicas están 
mezcladas en cada individuo, aunque en proporciones desiguales 
(ambisexualidad)». Entonces todo es cuestión de dosificación, pero 
las características generales se encuentran permanentemente. He aquí 
una de las más bellas descripciones de la ideología sexual domi- 
nante y de los valores correspondientes, y está hecha, como por 
casualidad, a propósito de la homosexualidad. 

El San Genet de Sartre se vuelve a veces fiel reflejo de este dis- 
curso: «Esta prioridad, en el sujeto mismo, del objeto sobre el suje- 
to lleva, tal como lo vemos, a la pasividad amorosa, y ésta, cuando 
afecta a un macho, le inclina a la homosexualidad». El invertido u 
homoerótico sujetivo encarna al pervertido irrecuperable, aquel que 
la psiquiatría clásica pone particularmente en la picota. Ferenczi 
apunta también que «el verdadero invertido no se dirige casi nunca 
por sí mismo al médico, se siente perfectamente cómodo en su 
papel pasivo ...». Es absolutamente diferente del hombre y absolu- 
tamente semejante a la mujer. El viril u homoerótico de objeto está, 
por el contrario, «siempre atormentado por la conciencia de su 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales | 103 

anomalía. No está nunca satisfecho por completo en sus relaciones 
sexuales, le persiguen remordimientos de conciencia ... torturado 
por conflictos, no se resigna nunca a su estado; de ahí sus repetidos 
intentos por dominar el mal con la ayuda del médico». El homoeró- 
tico de objeto es perfectamente semejante al hombre, como perver- 
tido recuperable consciente de su culpabilidad. El tercer sexo y la 
necesaria similitud se combinan: el invertido es, según Ferenczi, 
«un verdadero estadio sexual intermedio, es decir, una pura ano- 
malía de desarrollo. En cambio, el homoerotismo de objeto es una 
neurosis, una neurosis obsesiva». La inversión es incurable, el ho- 
moerotismo de objeto es curable. De este modo, el paralelismo sólo 
es aparente, se trataría más bien de una complementariedad. 

Así los homosexuales quedan funcionalmente subdivididos: o 
bien difieren de los normales por el objeto de su deseo, y son seme- 
jantes a ellos como sujeto; o bien difieren de los normales como 
sujeto, pero son semejantes por el objeto. Lo diferente y lo semejan- 
te operan entonces en ellos eficazmente. Freud, en los Tres ensayos, 
distingue una inversión completa, que puede reducirse al homoeró- 
tico subjetivo, en el cual el hombre se siente mujer, y una inversión 
anfígena, o hermafroditismo psico-sexual, en la que ciertas funcio- 
nes masculinas se conservan. El conjunto de estas subdivisiones 
funcionales de la homosexualidad conduce de todas maneras al res- 
tablecimiento en la confusión homosexual de los principios sujeto- 
objeto, macho-hembra. En última instancia, la complementariedad 
de ambos tipos de homosexuales analizados por Ferenczi garantiza 
la existencia de un pequeño mundo homosexual que se beneficia 
de la suerte de ser comparable término por término al mundo hete- 
rosexual, de estar ligado a él metafóricamente como un conjunto 
paralelo a otro, y en el cual pesa la maldición de ser sólo la carica- 
tura perversa de la normalidad: los machos, que representan la 
conciencia, son sólo, al fin y al cabo, neuróticos. 

Ferenczi escribe «que puede que dos homoeróticos de tipo dife- 
rente formen una pareja. El invertido encuentra en el homoerótico 
de objeto un amante perfecto, que le adora, le apoya materialmen- 
te, es enérgico e imponente; en cuanto al homoerótico de objeto, es 
precisamente la mezcla de rasgos masculino y femenino lo que 



104 I El deseo homosexual 

puede gustarle en el invertido». A partir de ahí, la situación se es- 
tabiliza socialmente en su inestabilidad neurótica: el pequeño 
mundo homosexual está cerrado pero al mismo tiempo es incapaz 
de vivir sobre sí mismo, el desequilibrio permanente le amenaza 
bajo la forma de la neurosis del macho. Ferenczi añade acto seguido 
tras este correctivo: «Sin embargo, conozco también a homoeróti- 
cos activos que desean exclusivamente a muchachos no invertidos y 
es a falta de otra cosa mejor que se conforman con invertidos». 
Tenemos aquí la versión recíproca de la descripción proustiana: 
para Proust los homosexuales están en la continua búsqueda de un 
verdadero macho y sólo tienen a falsos machos puesto que aceptan 
hacer el amor con otros hombres; el homoerótico de objeto a su vez 
sólo tiene a falsos muchachos, desea a ese imposible joven macho 
que aceptaría ser mujer para él. El mundo homosexual así concebi- 
do sólo refleja la coherencia del mundo heterosexual por un juego 
de sustitución que garantiza su neurosis. 

Incluso podríamos imaginar un espejo del espejo. Ferenczi escri- 
be: «Por otra parte, señalemos que muchos invertidos no son en 
absoluto insensibles a las pruebas de ternura que les dan personas 
del sexo femenino. De alguna manera, van a realizar en su relación 
con las mujeres (por consiguiente su semejante) el componente homo- 
sexual de su sexualidad». Por supuesto, sería mucho más simple ver 
ahí una confusión de la división funcional por la emergencia de la 
indiferenciación fundamental del deseo. Sería más simple pero, sin 
duda, menos eficaz para la construcción del sistema imaginario en 
el que se sitúan hombre, mujer y homosexual. Ferenczi apunta tam- 
bién que los sueños de los homoeróticos de objeto son «muy ricos en 
inversiones ... Como acto sintomático, el error de escritura o de len- 
guaje en el uso del género del artículo es frecuente. Incluso uno de mis 
pacientes ha compuesto un número bisexual: el número 101, que 
como resultaba del contexto, significaba entre otras cosas que para 
él era "lo mismo por delante y por detrás"». Ese paciente demostraba 
bien la indiferencia del deseo respecto de las divisiones funcionales 
en las que se le encierra, pero sólo lo demostraba simbólicamente. La 
diferenciación entre el objeto y el sujeto, la tendencia y a qué se re- 
fiere, según la regla «cuando es diferente, se empareja, cuando es 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales | 105 

semejante, se diferencia», permiten explicar fenómenos contradicto- 
rios para una lógica de la exclusión. Freud apunta que, en general, se 
dice que el invertido es atraído por la virilidad, aunque en apariencia 
lo es al menos tanto por la feminidad (afición por el maquillaje, et- 
cétera). Ahora bien, la observación de Freud no tiene ningún sentido 
en un sistema que reserva la feminidad al objeto, la virilidad al su- 
jeto y recíprocamente en el caso de la inversión. Tiene todo su senti- 
do si empezamos la crítica de la diferencia entre el objeto y el sujeto. 
Musil afirma así el descubrimiento de Tórless: «En efecto, aunque 
Tórless se comprometiera con Basini, su deseo, nunca saciado, crecía 
mucho más allá de la persona del chico, produciendo un deseo nue- 
vo, y esta vez, privado de objeto». Y cuando el interrogatorio del 
director intente acotar lo que podríamos llamar el comportamiento 
o la tendencia de Tórless, éste contestará: «No tengo la culpa si este 
sentimiento difiere de todo lo que me han propuesto». 

MASOQUISMO Y HOMOSEXUALIDAD 

La división activo-pasivo como sistema para pensar la sexualidad 
antropomorfizada lleva naturalmente a la referencia al masoquis- 
mo. En efecto, para el psicoanálisis clásico el estatuto del maso- 
quismo y el de la homosexualidad difieren: Nacht explica en su 
capítulo «El masoquismo en la homosexualidad masculina» que 
«esta cercanía de una perversión y de una neurosis masoquista po- 
dría sorprender». 61 Podría sorprender ya que todo el psicoanálisis 
comienza siempre por un sombrerazo respetuoso al principio freu- 
diano de que «la perversión es el negativo de la neurosis». Pero 
sabemos que sean cuales sean las precauciones del lenguaje analíti- 
co, a fin de cuentas la perversión vuelve a tener inevitablemente un 
carácter neurótico en cuanto entra en el discurso explicativo de los 
psiquiatras. Así, para Nacht, un mismo mecanismo conduce a la 
homosexualidad pasiva y al masoquismo moral: el miedo al hom- 
bre como imagen paternal, la identificación femenina pasiva de la 

6 1 . Sacha Nacht, Le masochisme, op. cit. 



106 | El deseo homosexual 

madre: «Primero hubo en el chico que caerá en la inversión una 
veleidad de lucha ... sin embargo, una vez sofocado ese comienzo de 
orientación agresiva, se resolverá en masoquismo ... esta disposición 
masoquista se encuentra más tarde reforzada cuando el sujeto pone 
en práctica su inversión homosexual». Nueva confirmación de la 
inevitable transformación sufrida por la noción de perversión ho- 
mosexual en su edipización forzada, la asociación con el masoquis- 
mo, por contradictoria que parezca, de la inversión confesada (y no 
de los trastornos provocados por la represión de la inversión se 
complica con el masoquismo la homosexualidad) funciona bien. 

La inversión se complica con el masoquismo porque la perver- 
sión se complica necesariamente con la neurosis. 

El masoquismo llamado «moral» es un pequeño concentrado 
de edipización, y ahí encontramos en estado puro la culpabilidad 
difusa de la homosexualidad. La edipización masoquista garantiza 
la buena y mala conciencia de la sexualidad en la inversión. El goce 
en la culpabilidad, la culpabilidad del goce y, a fin de cuentas, el 
goce de la culpabilidad reinan por completo. Freud escribe en los 
Tres ensayos que el análisis de los casos de perversión masoquista 
muestra que son el resultado de «una actitud de pasividad sexual 
originaria» ligada, por supuesto, al complejo de castración forma- 
dor del sentimiento de culpabilidad. El análisis del masoquismo 
añade un eslabón suplementario a la cadena que une pasividad- 
narcisismo-homosexualidad-culpabilidad, por el miedo a la castra- 
ción, al exterior, a los hombres portadores de Falo y a las mujeres a 
las que les falta el Falo. Así el Genet de Sartre quiere jugar a quien 
pierde gana en la humillación sumisa y consentida de aquel que se 
hace sodomizar. Siguiendo a Sartre, no hay placer para el sodomi- 
zado, para Divine que va a masturbarse en los servicios después de 
haberse entregado a su hombre, pues sólo hay orgasmo genital, y lo 
anal sólo comporta vergüenza y dolor. El masoquista es un inver- 
tido del dolor, que transmuta el sufrimiento en placer invirtiendo 
término por término el imaginario del amo. 

Lo que interesa aquí es el proceso por el cual el psicoanálisis 
realiza un juego de manos que marca necesariamente de culpabili- 
dad constitucional todo lo que se refiere al erotismo anal. 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales j 107 

A las categorías activo-pasivo bajo las cuales encasillamos nor- 
malmente al homosexual, el que da por culo y el que recibe por 
culo, se hace corresponder las categorías analíticas del sadismo 
y del masoquismo. Esta correspondencia resulta posible por el 
hecho de que el sadismo, tal y como Freud lo define, permite es- 
tablecer una diferenciación entre activo y pasivo que precede a la 
diferenciación entre masculino y femenino. En esta polaridad que 
aparece en la fase anal y, como lo escribe en la Introducción al psi- 
coanálisis, «si nos situamos desde el punto de vista de la geniali- 
dad» (posterior), las tendencias con fines pasivos «se relacionan 
con la zona erógena del ano». La inversión del sadismo en el ma- 
soquismo — vuelta del sadismo sobre el sujeto — es un «destino 
de represión», 62 en el momento en que el yo se constituye como 
tal: mancha de culpabilidad todo lo que se refiere al placer anal 
(pasivo). Si el placer masoquista, el sentido por la agresión del 
otro, o sufrido por el placer del otro, es necesariamente culpable, 
como lo escribe Freud de nuevo, ello presupone un «sentimiento 
inconsciente de culpabilidad». 63 Pero al mismo tiempo, resulta 
que, ya que el papel originariamente pasivo es asignado a la ana- 
lidad, ésta sigue el destino del masoquismo: todo lo que se refiere 
al ano es culpable. El que recibe por culo es masoquista aunque no 
lo sea. Puede gozar; pero según los textos, no sólo no tiene el de- 
recho, sino que no puede. 

El estadio del narcisismo es el nudo de la diferenciación entre 
sujeto y objeto, el estadio del erotismo anal es el nudo de la diferen- 
ciación entre activo y pasivo. La producción libidinosa entra en el 
teatro edípico. 

El papel operante del masoquismo moral como creador de la 
culpabilidad homosexual es bastante claro en el desasosiego de 
Tórless. Al principio Tórless no puede elegir entre el sadismo y el 
masoquismo, no porque el sadismo fuera primario y el masoquis- 
mo secundario, sino porque, para que la diferenciación se cumpla, 
hace falta un superyó de vigilancia que se organizará en el circulito 

62. Sigmund Freud, «Las pulsiones y sus destinos». 

63. Sigmund Freud, «El problema económico del masoquismo». 



1 08 I El deseo homosexual 



por el juego del imaginario entre los cuatro condiscípulos. Tórless 
«no presta atención» a la metafísica fascizante que vierte Beineberg, 
no sitúa en absoluto su deseo con respecto a un discurso que le 
parece sin relación directa con la situación. Pero rápidamente com- 
prenderá de qué se trata: el sadismo ejercido en común con los 
otros dos contra Basini le hace descubrir el juego de la vergüenza: 
«Tuvo vergüenza por haber confiado su idea a los demás». Y la 
confesión de Basini, en el momento en el que el mismo Tórless 
tiene el derecho de preguntarse si, a su vez, no va a convertirse en 
el objeto masoquista de sus dos compañeros, organiza el sistema 
del imaginario y de la culpabilización: «Dijo que si no me pegara, 
tendría que pensar a la fuerza que soy un hombre y ya no sentiría 
tener el derecho de demostrarme tal ternura». Es Basini quien 
transmite el discurso de Reiting, discurso justificativo en el que él 
mismo encuentra su sitio, a un Tórless indeciso; la subdivisión de 
la actividad homosexual en placer y sufrimiento, pegar-ser pegado, 
organiza el goce de la culpabilidad (placer del sufrimiento, volun- 
tad de ser pegado). Sólo a través del imaginario proyectado en el 
otro se construye semejante sistema. Y el masoquismo no es más se- 
cundario que el sadismo primario. El sadismo de Tórless es más 
bien una interrogación sobre el sadismo, un sadismo secundario 
con respecto a su masoquismo primario: interroga ansiosamente a 
Basini sobre lo que siente cuando le pegan: «No es lo que quiero 
hacer... Cuando clavo todas esas palabras en ti como cuchillos, ¿qué 
es lo que sientes? ... Dímelo». Tórless se las arregla muy mal con 
todas esas nociones que se le proponen y de las cuales su deseo no 
sabe lo que pueden significar. Las tribulaciones de Tórless son las 
de un deseo polimorfo que confunden las señales indicadoras del 
imaginario culpabilizante. Le gustaría sentir lo que siente Basini 
pero siente, al mismo tiempo, la inquietante presencia del superyó 
fascizante de Beineberg y Reiting. Sería Basini si ser Basini no su- 
pusiera la existencia de los otros dos, al igual que sería masoquista 
si eso no supusiera la existencia del sadismo, y homosexual si eso 
no supusiera la existencia de la heterosexualidad. 



«Elección objetal» y «comportamiento» homosexuales ¡ 109 
LA MÁQUINA DE LIGUE 

Cuando Basini se desnuda delante de Tórless, este último siente 
brutalmente el ataque del deseo del que se protege a través de esta 
distancia angustiada: «¡Pero te olvidas de que es un hombre!» se 
dice a sí mismo. El encuentro con el deseo es primero el olvido de 
la diferencia de los sexos. Aschenbach también sufre el ataque de la 
belleza que sólo podrá soportar con un discurso de racionalización 
artística: «Aschenbach ... se extrañó y casi se horrorizó de la belle- 
za casi divina de ese joven mortal». Todas las metáforas sobre el 
carácter milagroso del encuentro homosexual pueden reducirse a 
esto: ahí donde el deseo actúa, ya no hay sitio para el imaginario. 
La comparación del encuentro entre Jupien y Charlus y la del abe- 
jorro con la flor traduce para Proust esa conexión inmediata tan 
ajena al funcionamiento social; mientras que el entrar en un salón 
es para el joven Proust la angustia social llevada a su extremo bajo 
la forma de la relación imaginaria: «¿Qué van a pensar de mí?» 
Cuando Proust percibe su nombre aullado por primera vez por el 
labrador en el salón de los Guermantes, siente la incomparable an- 
gustia social del que siempre teme ser el objeto de una mistifica- 
ción. ¿Y es casualidad que Proust venga inmediatamente después 
del duque de Chátellerault, que ve en el labrador a su amante de la 
víspera, a quien por supuesto no le había dicho su nombre? Al 
igual que entre Charlus y Jupien todo pasa sin nombre, el nombre 
de Tadzio sólo es una reconstitución arbitraria de Aschenbach. En 
realidad, a la máquina de ligue no le importan en absoluto los 
nombres y los sexos. La deriva en la que todos los encuentros se 
hacen posibles es el momento en el que el deseo se produce sin 
culpabilizar. Y cualquiera que haya asistido al extraño ballet de un 
sitio de ligue homosexual, como lo es el jardín de las Tullerias 
un sábado por la tarde, habrá sentido profundamente la descrip- 
ción proustiana de la inocencia de las flores. 

En general, se admite que lo que se llama la dispersión homo- 
sexual, el hecho de que los homosexuales multipliquen las relacio- 
nes amorosas y que éstas puedan durar sólo un instante, transmite 
una inestabilidad fundamental a la condición homosexual, la bús- 



110 ) El deseo homosexual 



queda, a través de todas esas breves relaciones amorosas juzgadas 
insatisfactorias, de la persona soñada. Es probable que así se viven- 
cien los ligues homosexuales a nivel de lo que dicen, o de lo que 
creen descubrir en ellos mismos los «maricones». Pero en vez de 
traducir esa dispersión de la energía amorosa en términos de inca- 
pacidad por encontrar un centro, podemos ver ahí un sistema en 
acto de las conexiones no exclusivas del deseo polívoco. La deriva 
de Aschenbach en Venecia se relaciona con la sexualidad culpable 
por la identificación de un solo objeto, según el principio «le falta 
un único ser y todo está despoblado». La condición homosexual se 
vivencia como desgraciada porque su dispersión maquinal se tra- 
duce en términos de falta y de sustitución. Por el contrario, puede 
parecer que la inmensa superioridad de los amores homosexuales 
viene dada precisamente porque todo es posible en cada momento, 
porque los órganos se buscan y se conectan sin conocer la ley de la 
disyunción exclusiva. El encuentro homosexual no se hace en el 
interior confinado de lo privado, sino al aire libre, fuera, en los 
bosques y en las playas. El paseo del homosexual atento a todo lo 
que puede venir a conectarse en su deseo nos recuerda lo que El 
anti-Edipo llama «el paseo del esquizofrénico». Que el sistema ho- 
mosexual de los ligues, infinitamente más directo y menos culpa- 
bilizado que el sistema complejo de los «amores civilizados» (por 
retomar el término de Fourier), se quite de encima el manto moral 
edípico detrás del cual se le obliga a esconderse, y veremos hasta 
qué punto su dispersión maquinal corresponde al modo mismo de 
existencia del deseo. 



5 



El combate homosexual 



La Alemania de finales del siglo XIX había conocido con el «Comité 
humanitario» de Hirschfeld un movimiento de defensa y de justi- 
ficación de la homosexualidad frente a la represión social. El club 
Arcadie en Francia desempeñó más o menos las mismas funciones. 
Lo que designamos aquí como «combate homosexual» es funda- 
mentalmente diferente: ya no se trata de una justificación o de una 
apología ni de un intento de mejor integración de la homosexuali- 
dad en el seno de la sociedad. Sólo hablamos de la manera en la que 
los movimientos recientes vinculados con el «izquierdismo» y que se 
proclaman homosexuales han modificado o desquiciado la rela- 
ción comúnmente admitida entre deseo y política. Combate homo- 
sexual y no combate a favor de la homosexualidad: a través de esta 
falla que han creado los movimientos homosexuales ¿qué ha cam- 
biado? 



LA REVOLUCIÓN DEL DESEO 

Reich ha descrito cómo el restablecimiento de la ley sobre la homo- 
sexualidad en la URSS había correspondido a lo que se llama la as- 
censión del estalinismo: «En marzo de 1934, la ley que prohibe y 
reprime las relaciones entre hombres hizo su aparición ... Esta ley 
calificaba las relaciones sexuales entre hombres de "crímenes socia- 
les" que debían ser castigados, en los casos más leves, con entre tres 



112 [ El deseo homosexual 

a cinco años de cárcel ... Así, la homosexualidad se colocaba en el 
mismo plano que otros crímenes sociales, el sabotaje, el espionaje, 
etcétera». 64 En el momento de la revolución soviética, según Reich, 
la homosexualidad se había beneficiado de una tolerancia general 
que se traducía en la Enciclopedia soviética por el recurso a Hirschfeld 
y a Freud. 65 

En general, las instancias represivas demuestran muchísima 
más coherencia que los movimientos revolucionarios. El análisis de 
Reich se basa en la oposición entre la naturaleza revolucionaria 
de la Unión Soviética y su inevitable degeneración. Los movimien- 
tos revolucionarios se encuentran más a menudo, desde este punto 
de vista, en la posición de reprochar a los partidos comunistas «ofi- 
ciales» su traición o su degeneración. En Francia, cuando el partido 
comunista afirma por la boca de Roland Leroy: «Y finalmente 
[el poder] siempre tiene en reserva, como aún quedan rescoldos, 
una barricadita para la víspera del referéndum, unos homosexuales 
para el 1 de mayo ...», la fibra unitaria de los que quieren cambios 
sociales gime y se queja. Roland Leroy, cuando encuentra el ejemplo 
de los homosexuales, trata la oposición entre «el orden democrático 
y revolucionario» y «el desorden izquierdista». 66 La organización 
de la represión del deseo en nombre de los intereses superiores de la 
humanidad o en nombre de los intereses superiores del proletariado 
es estrictamente equivalente desde el punto de vista de los efectos. 
La aparición de movimientos homosexuales tiene como primera 
consecuencia poner al día esta equivalencia. 

Es posible que la política revolucionaria en sí misma sea una 
instancia represiva. ¿A qué conduce la oposición entre Reich y 
Freud desde este punto de vista? Reich piensa en términos de polí- 
tica revolucionaria, incluso practica una política sexual que es el 
único ejemplo de un movimiento revolucionario que mantiene un 
discurso sobre la sexualidad. Contra la ineluctabilidad de la repre- 



64. W. Reich, La revolución sexual, Planeta-De Agostini, Barcelona, 1985. 

65. Véase sobre este punto P. Hahn, Fr aneáis, encoré un effort..., París, Mar- 
tineau, 1970. 

66. L'Humanite', 5 de mayo de 1972. 



El combate homosexual J 113 

sión del deseo afirmada por Freud, 67 redacta un proyecto de revo- 
lución sexual que aborda de frente el problema de la felicidad. Ve 
b que Freud rechaza, que el famoso principio de realidad no es 
inmutable sino que se basa en la supremacía de la familia hete- 
rosexual. Incluso muestra que el sistema social de la represión tien- 
de a hacer pasar por intercambiable la represión edípica. Analiza 
en términos de deseo el fenómeno fascista, renunciando así a la 
actitud quejica común al liberalismo burgués y al marxismo osifi- 
cado. Pero la revolución sexual de Reich puede reducirse, desgra- 
ciadamente, a la idea de que lo que está reprimido es el movimien- 
to natural del hombre hacia la mujer y recíprocamente. Es el mismo 
Reich quien escribe: «Los conocimientos adquiridos en el ám- 
bito de la economía sexual nos permiten considerar la homosexua- 
lidad como el efecto de una inhibición muy antigua del amor hete- 
rosexual». Y también: «La homosexualidad de los adultos no es un 
crimen social, no perjudica a nadie. Sólo podemos reducirla reali- 
zando todas las condiciones necesarias para una vida amorosa natu- 
ral de las masas. Mientras, debemos considerarla como una forma 
de satisfacción sexual paralela a la forma heterosexual que, excepto 
la seducción de adolescentes o niños, no debe ser castigada». La 
revolución sexual resuelve el problema de la homosexualidad me- 
diante su desaparición natural mezclada con un mínimo de re- 
presión. En Psicología de masas del fascismo, Reich gasta numerosos 
chistes sobre la homosexualidad de los campos de las juventudes 
hitlerianas, hablando del «desarrollo de tendencias y de relaciones 
homosexuales entre chicos que todavía no habían pensado en eso». 
No basta con juntar «sexual» a «revolución» para renunciar a la 
normativa heterosexual, casi podríamos decir: al contrario. Desde 
este punto de vista, Freud, por reaccionaria que sea su posición 
política, manifiesta más comprensión con respecto al deseo poli- 
morfo perverso. 

Siempre hay algo que no funciona entre el deseo y la revolución, 
y que se traduce por la eterna lamentación que va desde los que 

67. Véase Sigmund Freud, El malestar en la cultura, Madrid, Alianza Edi- 
torial. 2006. 



114 I El deseo homosexual 

querrían pero no pueden, hasta los que podrían pero no quieren: 
del izquierdismo al partido comunista, por ejemplo. 

Hay que decidirse a renunciar a los sueños de reconciliación 
entre los detentadores oficiales de la revolución y la expresión del 
deseo. Es imposible obtener del deseo que se integre en el ám- 
bito de una revolución ya cargada del pasado histórico del «movi- 
miento obrero». Por eso es necesario hacer derivar la exigencia re- 
volucionaria del movimiento mismo del deseo; no sólo se necesita 
un nuevo modelo revolucionario, sino un replanteamiento de los 
contenidos vinculados tradicionalmente al término de revolución, 
en particular, la idea de toma del poder. 

Los movimientos homosexuales han podido desempeñar aquí 
con otros el papel de falla por la que se ha revelado brutalmente el 
sentido reaccionario de la espera de un cambio radical debido a un 
proletariado viril, basto y que se hace el arrogante. 68 El intento de 
Reich con el partido comunista alemán de reconciliar el pasado 
histórico revolucionario con la emergencia del deseo resulta tan 
groseramente reaccionario en lo que se refiere a la homosexuali- 
dad que indica que de ese terreno totalmente virgen políticamente 
y totalmente marginal puede, precisamente, nacer un replantea- 
miento radical. El carácter apolítico, en el sentido de inexistente 
en la esfera de la política revolucionaria tradicional, de la cuestión 
homosexual, quizás sea también su suerte. Y el conjunto de los 
movimientos «radicales» (en el sentido americano) que aparecen 
hoy día comparten con el movimiento homosexual esta caracterís- 
tica de ser vírgenes de pasado político (movimiento de las mujeres, 
movimiénto ecológico, etcétera) y marginales en relación con las 
cuestiones formuladas habitual mente por los programas revolucio- 
narios. 

La cuestión de la homosexualidad pertenece a aquellas que no 
se formulan hasta que los interpelados a quienes se refiere no la 
hayan formulado. Es marginal, incluso esencialmente marginal, ya 
que es perfectamente ajena a las «masas». 

68. Véase el Rapport contre la normalité del Front homosexuel d'action révolutio- 
nnaire (fhar), París, Champ libre, 1971. 



El combate homosexual j 115 

Un periódico progresista como Politique-Hebdo ha titulado 
un artículo sobre el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria: 
«Révolutionnaire par la bande». 69 Su crítica indicaba que, por una 
parte, «empalmarse» no es extremadamente revolucionario y, por 
otra parte, que tales movimientos sólo intervienen por la faja, 
por el margen, y no en el centro de la problemática social. El des- 
tino del deseo es sólo de intervenir por la faja, pero indicando así 
que el verdadero centro está en el margen, o que ya no hay centro 
en absoluto. 

La tradición revolucionaria mantiene como evidente la división 
de lo público y de lo privado. La intervención homosexual posee 
esta característica propia de hacer intervenir lo privado, el secretito 
vergonzoso de la sexualidad, en lo público, en la organización so- 
cial. Indica que al lado, y quizás en contradicción con las inversio- 
nes políticas conscientes, basadas en las grandes masas sociales 
reunidas por sus intereses, existe un sistema de inversiones incons- 
cientes o libidinosas cuya represión depende precisamente de la 
capacidad del recorte político por pensarse como único posible. 
Una inversión libidinal reaccionaria puede coexistir muy bien con 
una inversión política consciente progresista o revolucionaria, en la 
sombra de la muralla que separa la vida privada de la vida política. 
Daniel Guérin hacía notar, a propósito del artículo de Roland 
Leroy citado más arriba, que la existencia de homosexuales en los 
desfiles del uno de mayo no era en absoluto nueva. Sólo una cosa 
había cambiado: a partir de ese momento los homosexuales decían 
en voz alta que estaban en el seno del desfile. Por eso no es contra 
la homosexualidad que el partido comunista dice tener algo: es 
contra la mezcla de los géneros, contra la aparición de cuestiones 
puramente privadas (por lo tanto, privadas de sentido político) en 
la esfera de las relaciones oficiales entre clases sociales. Por eso no 
es el reconocimiento de una nueva fuerza política al lado de las 

69. Esta expresión tiene un doble sentido en francés que no se puede tra- 
ducir al castellano. El primero sería: revolucionario por la faja; y el segundo, 
al que realmente hace referencia el periódico: revolucionario por empalmarse. 
[N. del T.] 



116 | El deseo homosexual 

otras lo que buscan los movimientos homosexuales; su existencia 
misma es contradictoria con el sistema del pensamiento político 
porque depende de otra problemática. La burguesía engendra la 
revolución proletaria, pero define ella misma el conjunto del mar- 
co en el que se desarrolla el combate; podríamos llamar a este marco 
la civilización, continuidad histórica cuya fuerza social comparte 
completamente. En este sentido, Freud lleva razón cuando habla de 
malestar en la civilización, podríamos decir malestar de la civiliza- 
ción. En su prefacio a El orden subversivo™ Rene Schérer señala que 
«al respecto, la aparición de la burguesía y del proletariado es un 
fenómeno en el campo de la civilización. El fin de su lucha puede, en 
este caso, presentarse también como la apropiación, por una u 
otra clase, de la civilización». Desde este punto de vista, los movi- 
mientos homosexuales aparecen como fundamentalmente anti-ci- 
vilizados, y no es totalmente equivocado que más de uno vea el fin 
de la reproducción, el fin de la especie humana. Tampoco se trata de 
saber si la lucha de clases se podría sustituir por una lucha de ci- 
vilización que presentaría la ventaja de añadir a la lucha política 
y económica una lucha cultural y sexual. Este suplemento cuestio- 
na el concepto mismo de civilización, y es necesario volver con 
Fourier a la idea de una lucha contra la civilización como sucesión 
edípica de las generaciones. La civilización constituye la red de in- 
terpretación a través de la cual el deseo se transforma en fuerza de 
cohesión. Los movimientos obreros «salvajes», es decir, aquellos 
que se desarrollan fuera de los ámbitos políticos comúnmente ad- 
mitidos, sin reivindicaciones e incluso sin voluntad de tomar el 
poder, participan de la desagregación de esta coherencia. El iz- 
quierdismo más honesto atribuirá a estos movimientos «salvajes» 
la carencia del deseo de otra sociedad; ya es demasiado creer que el 
salvaje es a su manera un futuro civilizado, como el niño es un 
futuro adulto. El movimiento homosexual es salvaje en tanto que 

70. Charles Fourier, L'ordre subversif: trois textes sur la civil isat ion, prefacio 
de Rene Schérer, postfacio de Jean Goret, París, Aubier-Montaigne, 1972; 
prefacio reeditado en Charles Fourier ou la contestation globale, París, Séguier-At- 
lantica, 1996, pp. 140-159. 



El combate homosexual | 1 17 

no es el significante de ese algo diferente que sería una nueva «or- 
ganización social», una nueva etapa de la humanidad civilizada, 
sino la falla en lo que Fourier llama «el sistema de la falsedad de 
los amores civilizados»: la indicación de que la civilización es la 
trampa en la que cae el deseo. 

¿POR QUÉ LA HOMOSEXUALIDAD? 

Si Freud es más lúcido que Reich respecto de las fuerzas consti- 
tuyentes de la sexualidad, se queda sin embargo — y es lo que le 
permite encerrar su descubrimiento — con una tesis reaccionaria al 
cercar el deseo en el marco de la privatización familiar. Deleuze y 
Guattari escriben: «hay una tesis que Freud aprecia mucho: la libi- 
do sólo cerca el campo social como tal con la condición de desexua- 
lizarse y sublimarse». Ahora bien, la homosexualidad de los movi- 
mientos homosexuales cerca directamente el campo social sin pasar 
por la sublimación, incluso desublima tanto como puede poniendo 
lo sexual por todas partes. 

¿Pero por qué la homosexualidad? ¿Por qué dedicarse a esta 
categoría particular, subdivisión artificial del deseo? El anti-Edipo 
proclama también: «Por ejemplo, ningún "frente homosexual" es 
posible mientras la homosexualidad sea tomada en una relación de 
disyunción exclusiva con la heterosexualidad, que las refiere ambas 
a una raíz edípica y castradora común, encargada de garantizar 
solamente su diferenciación ...». Lo que no aparece aquí y que, sin 
embargo, explica el papel desempeñado de hecho por la homose- 
xualidad es que el sistema edípico no es sólo un sistema de disyun- 
ción exclusiva, es también el sistema de opresión de un modo sexual 
recortado por las disyunciones, el modo heterosexual familiar, 
sobre todos los otros modos sexuales posibles. De ahí que acerque, 
intentando al mismo tiempo clausurarlos, los modos sexuales opri- 
midos de la indiferenciación originaria del deseo. Las posiciones de 
principio no bastan aquí: es preciso constatar, y las citas de este 
libro lo muestran suficientemente, que a menudo aparece bajo la 
protesta homosexual el conjunto de la protesta contra el recorte 



118 | El deseo homosexual 

edípico; que con los movimientos homosexuales el conjunto de los 
problemas sexuales de los hombres han aparecido. La contestación 
expresada entre las mujeres ha empezado a encontrar su garante en 
los hombres bajo esta forma particular. Los temas agitados por el 
FHAR, por ejemplo, giran en torno a la crítica de la normalidad en 
su conjunto. 71 

Por otra parte, sería absurdo querer reencontrar el polimorfis- 
mo del deseo añadiendo una a otra las formas de la sexualidad 
edípica, completando la homosexualidad con la heterosexuali- 
dad. Esas formas son en sí mismas recortes arbitrarios. La diferen- 
cia entre hombre y mujer es ya de por sí uno de los datos del siste- 
ma familiar -edípico. Por eso en los movimientos homosexuales no 
es tanto el problema del objeto sexual particular que se plantea, 
sino más bien el modo de funcionamiento de una sexualidad. No 
es a nivel del objeto y de su elección que se manifiesta la no-exclu- 
sividad del deseo, sino a nivel del sistema de funcionamiento mismo. 
Ahora bien, hay a este respecto mucho que decir sobre el sistema 
llamado comúnmente «homosexual» en tanto que sistema de Vgue 
y dispersión maquinal 72 y en tanto que sistema obsesionado por la 
sexualidad, hasta tal punto que se le reprochará fácilmente la falta 
de alma y de sentimiento. 

No resulta, pues, de ninguna utilidad oponer la bisexualidad a 
la homosexualidad como sistema más acabado de diversidad sexual. 
Incluso resulta ideológicamente dudoso pretender, en nombre del 
principio de que nada está excluido, reducir a una forma de sexua- 
lidad, que no es sólo particular sino dominante en nuestra socie- 
dad, a aquellos que se han alejado de ella. La heterosexual idad 
familiar domina el conjunto de la sexualidad civilizada; pasar por 
esta forma no es en absoluto una liberación. No hay ninguna sime- 
tría posible entre la esencia de los movimientos homosexuales y la 
forma de sexualidad dominante. En otros términos, si debe de ha- 
ber bisexualidad, o más bien — pues ¿por qué limitarla a dos? — 
fin de la norma sexual, ello pasa por el proceso concreto de desagre- 

7 1 . Véase Rapport contre la normalité, op. cit. 

72. Véase supra «La máquina de ligue», p. 109. 



El combate homosexual | 119 

gación emprendido por los movimientos homosexuales. Ciertas 
mujeres han afirmado, y saben mejor que nadie hasta qué punto el 
acceso a la heterosexualidad no es una conquista, que sólo po- 
drían creer en la bisexualidad derivada de la homosexualidad. Por 
aproximativa que sea la fórmula, parece acertada; no es el amor de 
la mujer como objeto sexual particular lo que está reprimido en los 
homosexuales. Es el conjunto del sistema sujeto-objeto lo que cons- 
tituye una opresión del deseo. 

La experiencia ha demostrado recientemente la concomitancia, 
tanto en Europa como en Estados Unidos, de la aparición de los 
movimientos de mujeres y de los movimientos de homosexuales. 
Todo ocurre como si la sociedad no soportase en un hombre lo que 
exige de una mujer, como si la dominación de la mujer y la repre- 
sión de la homosexualidad fuesen una misma cosa. Entonces no se 
hará el reproche a los movimientos homosexuales de falta de rela- 
ción con las mujeres, a menos que deseen reintroducir por ahí la 
culpabilidad que precisamente se ha querido disolver. Deleuze y 
Guattari señalan que los movimientos de mujeres llevan la razón 
por completo al responder a aquellos que les acusan de traducir en 
su revuelta su envidia del pene: «No somos castradas y nos impor- 
ta un bledo». Los movimientos homosexuales responden también 
que no tienen miedo a la castración que traduciría su miedo a la 
relación con la mujer, y que por otra parte, no les importan en 
absoluto tales nociones. Los peligros que acechan a la homosexua- 
lidad, la trampa del deseo que se le tiende están en otra parte, en 
lo que denominaremos su pervertización culpabilizada. 

La situación homosexual tal y como la crean los movimientos 
en cuestión, y no tal y como se da desde hace mucho tiempo en la 
sociedad, presenta la inestimable ventaja de ser, en acto y no en 
principio, inscrita en lo concreto cotidiano en el que está abolido el 
corte de lo público y de lo privado. Un cierto izquierdismo pudo 
aullar sacrilegio cuando el FHAR recordó esta cita de Jean Genet: 
«Si nunca hubiera ido a la cama con argelinos, quizás no habría 
podido nunca aprobar el FLN ...» Un semanario izquierdista res- 
pondió: «No somos nosotros los que, con independencia de lo que 
pensemos sobre la homosexualidad, reclamaríamos la menor repre- 



120 I El deseo homosexual 

sión en este ámbito. Pero la cosa se complica cuando mezclamos la 
política con esto». De nuevo encontramos aquí la idea de Roland 
Leroy: la abolición de los límites es escandalosa, vividla, pero no 
habléis de ella en público. Llama mucho la atención que un perió- 
dico especializado en el racismo anti-árabe como Minute haya reco- 
gido también la cita, escribiendo al respecto: «En este terreno, por 
lo menos, el colonialismo se practica al revés». 73 Hay entre mu- 
chos árabes y muchos homosexuales relaciones deseantes que resul- 
tan inadmisibles, por eso se tapa con un púdico manto moral edí- 
pico que, por cierto, puede ser profundamente vivenciado por 
aquéllos a quienes les concierne. Naturalmente, el nacionalismo 
árabe — como pueden expresarlo ciertos estudiantes árabes en 
Francia — hablará también de un colonialismo al revés, pero no 
en broma: recordará justamente que la pederastia colonialista 
explotaba a los muchachos árabes mediante una modesta retri- 
bución. Pero afirmará el carácter degenerado y disoluto de la 
homosexualidad concebida como una invención colonialista, reco- 
nociendo sólo su existencia en el pueblo árabe a título de sustituto 
de las relaciones demasiado difíciles con las mujeres. Nos encon- 
tramos con el mismo razonamiento a propósito de los prisioneros, 
como si la homosexualidad fuera para ellos sólo una necesidad, una 
sexualidad del pobre y del oprimido que hace juego con la ho- 
mosexualidad degenerada de la burguesía. Es necesario admitir 
que una relación deseante de este tipo sólo puede ser vivida por lo 
visto gracias a la excusa de la necesidad. Ahora bien, el carácter 
culpabilizante de tales explicaciones las hace sospechosas, pues dan 
a los movimientos homosexuales la ocasión de una intervención 
que no está basada en una solidaridad de principio sino en una re- 
lación de deseo. 

Hay una categoría de oprimidos hacia la cual la solicitud civi- 
lizada se expresa particularmente: la de los jóvenes, de los meno- 
res sexuales. Edipo se basa en la sucesión de las generaciones y en 
la oposición del niño y el adulto. Es evidente que el adulto co- 
rrompe al niño, que si uno de ellos es homosexual, es necesaria- 

7 3. Minute, 1 9 de mayo de 1 97 1 . 



El combate homosexual | 121 

mente el adulto. Ahora bien, muchos jóvenes afirman su deseo de 
ser corrompidos, su derecho a disponer de su sexualidad. Minute 
deja el tono de la broma para abordar este delicado tema: «Todo 
esto podría ser simplemente grotesco. Pero cuando se invita a los 
estudiantes homosexuales de los institutos a organizarse y a de- 
nunciar la represión de los profes, se vuelve repugnante». 74 Las 
primeras resistencias al psicoanálisis surgen porque éste afirma 
la existencia de una sexualidad infantil (pero sólo la descubre para 
entregarla inmediatamente a Edipo y a la sublimación, gracias 
al encierro del famoso «período de latencia»). Ahí también, como 
en el caso de los árabes, el pensamiento político plantea la existen- 
cia de grupos opresores (europeos y adultos) y grupos oprimidos 
(árabes y niños) para excluir mejor la posible relación deseante. 
Desde entonces ya no será difícil hacer derivar la relación en cues- 
tión de la opresión. 

Las posiciones «políticas» de los movimientos homosexuales no 
se derivan, por consiguiente, de la clasificación elemental entre el 
progresista y el reaccionario, puesto que ponen en tela de juicio esta 
clasificación. La relación de estos movimientos con las otras luchas 
que aspiran a la destrucción de las instancias represivas no es com- 
parable a la que mantienen comúnmente entre sí los movimientos 
políticos revolucionarios. Por ejemplo, es en nombre de la lucha 
contra la normalidad, que definía el movimiento bengalí como 
no conforme al esquema maoísta de la guerra popular, que ciertos 
homosexuales han apoyado las primeras formas de esa revuelta. Es 
en nombre de la lucha contra el sexismo, la virilidad, y «la guerra 
a la americana como juego masculino» que el movimiento homo- 
sexual americano ha participado en la lucha contra la guerra de 
Vietnam. Estas brechas parecen artificiales para el pensamiento 
político civilizado. Y sin embargo resultan portadoras de una 
eficacia propia. La confusión hormigueante de movimientos de jó- 
venes, de mujeres, de homosexuales, ecologistas, para los muni- 
cipios... no vive la política de otra manera. Todos parten de una 
situación deseante particular (con relación al sexo, a la naturaleza, 



74. Ibid. 



122 | El deseo homosexual 

al habitat...) y no, como lo quiere la tradición del movimiento obre- 
ro, de una estrategia basada en teorías políticas generales; el mun- 
do político se basa en el enfrentamiento de esas teorías, verdaderas 
sea cual sea el portador. La aparición de lo que se llama «los movi- 
mientos autónomos», los movimientos que rechazan la ley del sig- 
nificante, tanto que no se dan a sí mismos una ley, ha trastornado 
ese mundo político. 

La confusión es extrema en el sentido de que los vínculos en- 
tre esas situaciones deseosas no se hacen sobre el modelo de la 
lógica significante-significado, sino más bien sobre el de la lógica 
del acontecimiento. Por eso resulta vano querer pensar las relacio- 
nes entre esos movimientos en términos racionales y estratégicos. 
Es incomprensible que un movimiento como el FHAR aparezca 
íntimamente ligado a los movimientos ecológicos (participación 
en la «manifestación en bici» contra la contaminación automovi- 
lística en París en la primavera de 1972). Y sin embargo así fue. 
En lo que respecta al deseo, el automóvil y la heterosexualidad 
familiar sólo son un mismo enemigo, aunque sea inexpresable en 
la lógica política. 

LA TRAMPA PERVERSA 

El tono triunfal no conviene cuando hablamos de la lucha deseante 
social. Ya hemos notado todo lo que había de insatisfactorio en la 
confusión de los términos «homosexuales», «deseo homosexual». 
La trampa tendida al deseo sigue ahí, lo cual inscribe la ley en el 
centro de la contestación. Sabemos todo lo que tiene de admisible 
la homosexualidad cuando se concibe sobre el modo perverso. Y, 
en efecto, un movimiento homosexual no se libra de esta integración 
perversa por su mera autoproclamación. La represión social tiende 
la trampa de prohibir con suficiente fuerza para crear a la vuelta el 
centrado del deseo sobre lo que supuestamente está prohibido, para 
dar el gusto de la transgresión a aquéllos a quienes no les importa- 
ría nada la prohibición. France-Dimanche comienza la investigación 
ya citada no por la habitual vuelta histórica a los griegos sino, con 



El combate homosexual ¡ 123 

un eficaz atrevimiento periodístico, por la presentación del FHAR. 
El título del primer artículo es: «¡Hoy en día, en Francia, los ho- 
mosexuales se atreven a salir a la luz!». Sentimos el gusto ácido de 
la transgresión con el «se atreven a salir a la luz». Ese aire de escán- 
dalo, ese striptease político contiene su propio antídoto. Encierra el 
movimiento homosexual en un discurso justificativo, fija el acon- 
tecimiento en rol. 

Esto es tanto más manifiesto cuanto que la operación anti-de- 
seante de France-Dimanche sitúa, a la manera de los grandes debates 
liberales, la palabra de los médicos y la de los homosexuales una al 
lado de la otra: «Daremos la palabra a homosexuales que describi- 
rán su propia experiencia. Médicos que estudian este problema des- 
de hace años hablarán de sus trabajos», escribe el periódico. Los 
militantes de los movimientos homosexuales tienden naturalmen- 
te a transformarse en especialistas de la homosexualidad, al lado de 
los psiquiatras y de las trabajadoras sociales. 

El deseo homosexual ha sido encerrado en un juego de la ver- 
güenza que no es menos perverso transformar en juego del orgullo. 
De hecho, uno siempre siente un poco de vergüenza por sentirse 
orgulloso de ser homosexual. Transformarse en propagandista ce- 
loso de la homosexualidad, transformar la referencia a la bisexuali- 
dad freudiana en referencia a una «naturaleza» homosexual opues- 
ta a la naturaleza heterosexual, es quedarse en el marco del sistema 
de los amores civilizados. 

El pervertido es esencialmente civilizado, y Fourier expresa bien 
algo semejante cuando habla de la civilización como «orden sub- 
versivo». La civilización es para él subversiva porque organiza de 
manera culpable el deseo. Por lo tanto, subversión y perversión 
no son aquí sinónimos de liberación, al contrario. R. Schérer escri- 
be: «La civilización es falsa porque su movimiento es la marcha 
contrariada de las pasiones, su desarrollo subversivo»^ Lo que nece- 
sitamos para desagregarla, puesto que funciona «como conjunto 
teórico que tiene prácticamente el sentido de una totalidad represi- 
va», «no es una buena teoría, sino la liberación de las pasiones a cuyo 

75. En Charles Fourier, L'ordre subversif, prefacio, op. cit. 



124 [ El deseo homosexual 

desarrollo ha puesto trabas». El desarrollo subversivo de las pasio- 
nes no es simplemente su represión, sino su acceso al estatuto per- 
verso. 

La subversión civilizada, el estatuto perverso del deseo, es el 
gusano en la fruta de las pasiones. Reivindicar la perversidad es 
aceptar para los homosexuales la idea de la oposición entre dos 
sexos claramente delimitados, y creer que basta con que ciertos 
hombres se vistan la feminidad para poner en tela de juicio esta 
oposición. La concepción que se desprende del texto de Sartre a 
menudo citado aquí convierte a Genet en el homosexual que se 
compone de su traición, y por ello portador de una alta significa- 
ción. Pero a los movimientos homosexuales no les importa re- 
presentarse a sí mismos como los instrumentos de la traición: trai- 
cionar supone todavía reconocer la ley de la normalidad. Los 
«maricas» maquillados no son «femeninos», no sacan de ahí su 
fuerza contestataria. Sartre se halla más cercano a la realidad de 
estos movimientos cuando escribe: «La feminidad de Genet es un 
ser evanescente, la pura contestación de la virilidad». Los «mari- 
cas» no quieren ser más hombres que mujeres. Llevan a su extremo 
la descodificación de los flujos del deseo. 

No es la psicología perversa de la homosexualidad lo que inte- 
resa aquí con su cortejo de papeles y de espejos. El efecto esencial 
de los movimientos homosexuales es primero la brutal sexualiza- 
ción del campo social; en su aparición, a menudo se les ha echado 
en cara que sólo hablaran de sexo y no de amor. La juventud con- 
testataria está todavía, generalmente, por retomar los valores hu- 
manistas, pues constata que la burguesía no deja de traicionarlos 
afirmándolos. 

El movimiento de «los municipios», por ejemplo, retoma por su 
cuenta los valores ligados a las «verdaderas» relaciones interhuma- 
nas, que un capitalismo inhumano parece destruir a diario. Pero este 
intento de reactivación de los valores humanistas liberales ahoga, 
generalmente, el movimiento en los oleajes de una afectividad en- 
ganchada, en el que el análisis de los problemas «psicológicos» 
acaba por ocupar todo el campo de las relaciones. El capitalismo ha 
descodificado los flujos del deseo, afirmándolos al mismo tiempo 



El combate homosexual j 125 

en la privatización. Resulta vano querer volver atrás, se puede decir 
del respeto de la persona humana lo que Marx decía de la familia 
en el Manifiesto comunista; el capitalismo ha destruido efectivamen- 
te el basamento social de estas territorializaciones, que sola- 
mente pueden reaparecer bajo la forma perversa de reterritorializa- 
ciones artificiales. Por eso esta vuelta imposible sólo se traduce en 
el seno de la juventud contestataria por el desarrollo monstruoso de 
lo que Deleuze y Guattari llaman «el abyecto deseo de ser amado». 
La sexualización del mundo que anuncian los movimientos homo- 
sexuales corresponde a la puesta al límite de la descodificación ca- 
pitalista, a la disolución de lo humano; desde ese punto de vista, los 
movimientos homosexuales dicen y hacen brutalmente la deshu- 
manización necesaria. 



CONTRA LO PIRAMIDAL 

Una de las funciones, y no de las menores, de los movimientos 
homosexuales es la de ser la contestación de la contestación; en el 
ámbito de la abolición de la diferencia entre lo público y lo priva- 
do, de la desagregación de la ilusión civilizada común al universo 
político, y en el del desmoronamiento del sistema afectivo imagi- 
nario de esta civilización. Descubren formas de opresión en las 
mismas formas que adoptan las luchas. La asociación de las pala- 
bras «homosexualidad» y «revolución» parece poseer una función 
desmitificadora de la cual H. P. Newton, ministro de Defensa del 
Black Panther Party, ha dado cuenta de la siguiente manera: 
«Nada nos permite decir que un homosexual no pueda ser tam- 
bién un revolucionario. Y seguramente son mis prejuicios los que 
me hacen decir: incluso un homosexual puede ser revolucionario. 
Por el contrario, hay muchas posibilidades de que un homosexual 
sea de los más revolucionarios entre los revolucionarios». 76 No hay 
asociación inocente entre estas dos palabras, ni posibilidad de una 

76. H. P. Newton, «Sobre la justa lucha de los homosexuales y de las 
mujeres», 5 de agosto de 1970. 



126 j El deseo homosexual 

vecindad pacífica entre el movimiento homosexual y las formas 
tradicionales de la política. El sistema político funciona sobre una 
relación entre un significante y un significado, una relación pira- 
midal entre un representante y las masas. El movimiento homo- 
sexual pone en tela de juicio ese significado de las masas, mos- 
trando primero que el recorte de esas masas es por sí mismo el 
fruto de la ideología civilizada. El problema homosexual es mar- 
ginal, y al mismo tiempo nadie puede negar que sea masivo si se 
admite, y en general se admite, el carácter universal de la bisexua- 
lidad en el sentido freudiano. Pero este masivo no se expresa jus- 
tamente por la existencia de una gran masa social que delegaría 
representantes. Esas masas no se organizan sobre el modo molar de 
los grandes grupos sociales y de sus instituciones, sino sobre otro 
modo, aquel que podrían ser los pequeños grupos sujetos. Los 
movimientos homosexuales tienen una peculiaridad: que, al pare- 
cer, no tienen ni verdadera centralización (ni, por cierto, verdadera 
democracia) ni consigna que transmitir, ni representante. Hemos 
dicho con anterioridad 77 todo lo que un sistema deseante anular 
suprimía: la jerarquía fálica que se traduce concretamente en la de- 
legación de los poderes. Hemos visto cómo la política es el lugar de 
la división entre aquellos que querrían pero no pueden y aquellos 
que podrían pero no quieren. La organización política se considera, 
en general, como ese medio para pasar del querer al poder. R. 
Schérer señala que, en general, se sienta en el banquillo a Fourier 
afirmando que había forjado una teoría a la cual bastaría con aña- 
dir la práctica organizacional: «No obstante ¿esa "reapropiación" 
revolucionaria de Fourier significa que basta con añadir a una "teo- 
ría" fourierista que ha permanecido inoperante la "organización 
revolucionaria" que la haría suceder en la realidad?». 78 Esta divi- 
sión muestra bien el reinado de lo político, mientras que lo que 
hace el pensamiento de Fourier «tan cercano a masas primero des- 
organizadas» quizás sea la «virtud misma de este rechazo de la or- 
ganización». 

77. Véase supra, pp. 87-90. 

78. En Charles Fourier, L'ordre subversif, prefacio, op. cit. 



El combate homosexual ] 127 

El tiempo de la política es el de la estrategia, de la división entre 
los medios y los fines. «El esquema: práctica desorganizada-teoría- 
práctica organizada-reajuste de la teoría de la organización en fun- 
ción de la práctica, estructura dialécticamente el campo de la lucha 
de clases hasta nuestros días. Su tiempo es el de las etapas y de la 
espera. Estructuralmente, se basa en jerarquías y en prioridades». 9 
El verdadero representante de las masas es aquel que sabe distin- 
guir esas jerarquías y esas prioridades, organizar la relación entre el 
significante y el significado. Ese tiempo se opone a la ingenuidad 
fourierista: hagan sus maletas enseguida, el cambio tendrá lugar en 
los próximos seis meses. 80 El movimiento homosexual hace refe- 
rencia a lo inengendrado-inengendrante del deseo huérfano porque 
ignora la sucesión de las generaciones como etapas hacia una vida 
mejor. No sabe lo que significa el sacrificio para las generaciones 
venideras, pilar de la edificación socialista. 

«Un grupo revolucionario, desde el punto de vista del precons- 
ciente, permanece como un grupo sometido, incluso al conquistar el 
poder, en la medida en que este poder remite él mismo a una forma 
de potencia que sigue avasallándose y aplastando la producción de- 
seante» escriben Deleuze y Guattari. 81 

«Un grupo sujeto, al contrario, es aquél cuyas inversiones li- 
bidinosas son ellas mismas revolucionarias; hace penetrar el deseo 
en el campo social ...». 82 Los movimientos homosexuales pueden 
ser, desde este punto de vista, productores de grupos sujetos. En efec- 
to, el destino de un grupo sujeto es tender a ser sometido, por ejem- 
plo, en la afirmación de su perversidad. El grupo formado por in- 
dividuos, el grupo fálico y jerarquizado, es sometido; obedece a las 
instituciones civilizadas de las que retoma los valores porque cada 
individuo se siente más débil que las instituciones, porque el tiem- 

79. Ibid. 

80. Véase «Avis aux civilisés relativement á la prochaine métamorphose 
sociale», en Charles Fourier, Théorie des quatre mouvements, Dijon, Presses du 
Réel, 1998. 

8 1 . Félix Guattari, Psicoanálisis y transversalidad, prefacio de Gilíes Deleu- 
ze, México, Siglo xxi, 1976. 

82. Ibid. 



128 I El deseo homosexual 



po de cada individuo está marcado por la muerte frente a institu- 
ciones en apariencia inmortales. En el grupo sujeto se supera la 
oposición entre colectivo e individual, el grupo sujeto es más fuer- 
te que la muerte porque las instituciones le parecen mortales. El 
grupo sujeto homosexual, circular y plano, anular y sin significan- 
te, sabe que la civilización es mortal, y sólo ella. 



Conclusión 



El carácter «heteróclito» del deseo homosexual lo convierte en pe- 
ligroso para la sexualidad dominante. Mil comportamientos ho- 
mosexuales desafían cada día la clasificación que intentan impo- 
nerles. La unificación de las prácticas del deseo homosexual bajo el 
término de «homosexualidad» resulta tan imaginaria como la uni- 
ficación de las pulsiones parciales en el yo. 

Existe contra las prácticas homosexuales una forma de repre- 
sión que traduce bien este miedo al vacío, esta ausencia de personas 
que acosa como su límite la sexualidad normal. En general, se 
piensa en lo que se explica a los niños y a los estudiantes respecto 
de ese tema. La educación se basa esencialmente en la represión de 
la masturbación; los padres o el educador explican al niño que, en 
general, las masturbaciones recíprocas, o cualquier otra manifesta- 
ción del deseo homosexual, son menos condenables que inútiles. Se 
trata aquí, explican, de una forma aún inconsciente de la actividad 
sexual que se dirigirá naturalmente hacia la mujer. En verdad, apenas 
es del ámbito de la sexualidad, sino más bien de la pre-sexualidad. 
Esto será necesariamente superado, desaparecerá por sí solo. Las 
prácticas homosexuales se consideran aquí como una no-sexuali- 
dad, algo que no ha encontrado todavía su forma, puesto que la 
sexualidad es exclusivamente la heterosexualidad. Tratar con me- 
nosprecio y olvido estas formas del placer es un buen medio de 
hacerlas desaparecer. La homosexualidad se reduce así a la no- 
sexualidad porque la verdadera sexualidad es la de las personas 



1 30 í El deseo homosexual 

identificadas, la del Edipo. Así aparece la espantosa no-humanidad 
del deseo homosexual. 

Del deseo homosexual a la homosexualidad, hemos visto el 
paso de una homosexualidad primaria an-edípica a una homose- 
xualidad secundaria, neurótica y perversa, edipizada. 

Deleuze y Guattari muestran esa oposición a partir del texto 
proustiano: «Proust ... opone dos tipos de homosexualidad, o más 
bien dos regiones de las cuales sólo una es edípica, exclusiva y de- 
presiva, pero la otra esquizoide an-edípica, inclusa e inclusiva». 
Proust escribe: «Algunos, aquellos que han tenido la infancia más 
tímida sin duda, no se preocupan mucho por la suerte material de 
placer que reciben, mientras puedan relacionarlo con una cara mas- 
culina. Mientras que otros, teniendo sentidos más violentos sin 
duda, dan a su placer material imperiosas localizaciones ...». Sin duda: 
los segundos son, por otro lado, definidos como sensibles también 
a querer a las mujeres, lo que parece interesar más a Deleuze y 
Guattari. Recordaremos aquí más bien el carácter materialista del 
placer aprehendido, su referencia directa a la pulsión parcial impe- 
riosamente localizada. El deseo homosexual es perverso en el senti- 
do freudiano, es decir, simplemente an-edípico, mientras traduce la 
desorganización de las pulsiones parciales. Se convierte en perverso 
neurótico en el sentido ordinario cuando se refiere a una cara, cuan- 
do entra en el yoico y el imaginario. 

Así, lo que permite eliminar o encauzar la construcción edípica 
es el conjunto de los replanteamientos que recorren el deseo ho- 
mosexual. La sexualidad edípica se basa, como el conjunto del 
universo familiar, en un juego de oposiciones imaginarias que si- 
guen la regla del «doble-bind». El doble cierre de las falsas elec- 
ciones se expresa por todas partes: entre lo privado y lo público, y 
hemos visto que la homosexualidad edípica estaba atrapada en la 
dialéctica de la confesión, del alarde del sucio secretito. La homo- 
sexualidad concentra el juego imaginario siendo lo más privado, el 
problema personal por excelencia, y lo extremadamente público 
de la confesión. 

Entre los despiadados celos-competencia y la ilusión de la «co- 
munidad humana»: hemos visto qué ambigüedades recobraba el 



Conclusión | 131 

término de «sentido social» adherido a la sublimación de la homo- 
sexualidad. 

Entre la biología natural y la psicología culpabilizante: hemos 
visto que esta naturaleza que funda el Código era tan reaccionaria 
como esta psicología que funda el yo. 

Entre la vida y la muerte, estas dos evidencias primeras de la ci- 
vilización. Los replanteamientos que practica el deseo homosexual 
recortan de otra manera todo eso. Los movimientos homosexuales 
denuncian tanto la sublimación idealizante del sentido social como 
el despiadado enfrentamiento de los «individuos». Acaban con la 
frontera que separa la biología de la psicología, haciendo de la Na- 
turaleza no ya el referencial culpabilizante sino un término de 
equivalencia con la inmediatez del deseo. Muestran que el Inconsciente 
huérfano no conoce más la muerte que la vida, ni más la generación 
que la angustia de la desaparición del yo. Un doctor que hemos 
citado (véase capítulo 1) se dedica a suprimir en cada homosexual 
al asesino inconsciente que vive en él. El gran miedo a la homose- 
xualidad se expresa por el miedo a que se detenga la sucesión de las 
generaciones que fundan la civilización. El deseo homosexual no 
está más cerca del lado de la muerte que del lado de la vida, de 
hecho, es el asesino de los yoes civilizados. 

La Civilización es la asunción del sexo o su represión, gracias al 
«doble-bind» individuo-sociedad. Deleuze y Guattari escriben: «So- 
mos heterosexuales estadística o molarmente, pero homosexuales 
personalmente, sin saberlo o sabiéndolo, y por último trans-sexua- 
dos elemental, molecularmente». El deseo homosexual grupalizado 
supera este enfrentamiento entre lo individual y lo social donde lo 
molar asegura su dominio sobre lo molecular. Es la pendiente hacia 
la trans-sexualidad a través de la desaparición de los objetos y los 
sujetos, el deslizamiento hacia el descubrimiento de que, en sexo, 
todo comunica. 



TERROR ANAL: APUNTES SOBRE LOS 
PRIMEROS DÍAS DE LA REVOLUCIÓN SEXUAL 



Epílogo 



EDIPO Y LA CASTRACIÓN ANAL 

Puesto que hay que empezar por algún lado, empecemos por el 
principio. Contemos la historia del ano. Traguémonos el tapiz de 
la civilización y tejamos con los hilos que asomarán entre nuestras 
piernas la carpa de un nuevo circo. Eso es lo que hizo Guy: anal- 
izarse en lugar de psicoanalizarse. En realidad, Guy había leído 
a Freud mientras chupaba pollas en las reuniones del partido co- 
munista francés y, una cosa lleva a la otra, acabó preguntándose 
un día si Edipo tuvo ano. 

«Erase una vez el ano», dijo, e inventó un mito para explicar 
cómo nos habíamos convertido en hetero-humanos y homo-hu- 
manos. El mito, lo cuento de memoria, dice así: No nacemos 
hombres o mujeres, ni siquiera nacemos niños o niñas. Al nacer 
somos un entramado de líquidos, sólidos y geles recubiertos a 
su vez por un extraño órgano cuya extensión y peso supera la de 
cualquier otro: la piel. Es ese tegumento el que se encarga de que 
todo aquello siga contenido presentando una apariencia de uni- 
dad insulada a la que llamamos cuerpo. Enrollada en torno al 
tubo digestivo, la piel se abre en sus extremos dejando a la vista 
dos orificios musculares: la boca y el ano. No hay entonces dife- 
rencias, todos somos un jirón de piel que, respondiendo a las leyes 
de la gravedad, comienza en la boca y acaba en el ano. Pero había 
demasiada simetría entre esos dos orificios, y los cuerpos, simples 



1 36 I Terror anal 

tubos dérmicos, asustados de su potencialidad indefinida de go- 
zar con todo (la tierra, las rocas, el agua, los animales, otros tubos 
dérmicos) buscaron formas de controlarse y controlar. El miedo a 
que toda la piel fuera un órgano sexual sin género les hizo redibu- 
jarse el cuerpo, diseñando afueras y adentros, marcando zonas de 
privilegio y zonas de abyección. Fue necesario cerrar el ano para 
sublimar el deseo pansexual transformándolo en vínculo de socia- 
bilidad, como fue necesario cercar las tierras comunes para señalar 
la propiedad privada. Cerrar el ano para que la energía sexual que 
podría fluir a través de él se convirtiera en honorable y sana cama- 
radería varonil, en intercambio lingüístico, en comunicación, en 
prensa, en publicidad, en capital. 

Los Santos Padres, temerosos de que el cuerpo nacido conocie- 
ra el placer de no-ser-hombre, de no-ser-humano, de revolcarse 
entre los jabalíes y las flores, tomaron todo lo que tenían a mano 
(el fuego, la rueda, el lenguaje, la física nuclear, la biotecnolo- 
gía...) y pusieron en marcha una técnica para extirpar del ano 
toda capacidad que no fuera excremental. Después de darle mu- 
chas vueltas encontraron un método limpio para llevar a cabo la 
castración del ano: meter un dólar por el culo del niño, mientras 
exclamaban: «Cierra el ano y serás propietario, tendrás mujer, 
hijos, objetos, tendrás patria. A partir de ahora serás el amo de tu 
identidad». El ano castrado se convirtió en un mero punto de 
expulsión de detritus: orificio en el que culmina el conducto di- 
gestivo y por el cual se expele el excremento. Puesto a disposición 
de los poderes públicos, el ano fue cosido, cerrado, sellado. Así 
nació el cuerpo privado. Y la ciudad moderna, con sus adoquines 
limpios y sus chimeneas contaminantes: anos de cemento por los 
que se des-sublima lo reprimido colectivamente. Así nacieron 
los hombres heterosexuales a finales del siglo XIX: son cuerpos 
castrados de ano. Aunque se presenten como jefes y vencedores 
son, en realidad, cuerpos heridos, maltratados. 

En el hombre heterosexual, el ano, entendido únicamente 
como orificio excretor, no es un órgano. Es la cicatriz que deja en 
el cuerpo la castración. El ano cerrado es el precio que el cuerpo 
paga al régimen heterosexual por el privilegio de su masculini- 



Textos terroristas ¡ 137 

dad. Hubo que remplazar el daño con una ideología de superio- 
ridad de modo que sólo se acordaran de su ano al defecar: como 
fantoches se creen mejores, más importantes, más fuertes... Han 
olvidado que su hegemonía se asienta sobre su castración anal. 
El ano castrado es el armario del heterosexual. Con la castración 
del ano surgió, al hundir el dolaren las tripas húmedas del infante, 
el pene como significante despótico. El falo apareció como mega- 
$-porno-fetiche-asequible de la nueva Disney-heterosexual-land. 

Los chicos-de-los-anos-castrados erigieron una comunidad a 
la que llamaron Ciudad, Estado, Patria, de cuyos órganos de po- 
der y administrativos excluyeron a todos aquellos cuerpos cuyos 
anos permanecían abiertos: mujeres doblemente perforadas por 
sus anos y sus vaginas, su cuerpo entero transformable en cavidad 
uterina capaz de albergar futuros ciudadanos, pero también cuer- 
pos maricas a los que el poder no pudo castrar, cuerpos que renie- 
gan de lo que otros consideran evidencia anatómica y que hacen 
de la mutación una estética de vida. En torno a la comunidad de 
los anos cerrados se apuntalan como columnas bobas las familias 
con su padre-analmente-castrado y su madre-víscera-hueca dis- 
puesta a traer al mundo nuevos tubos dérmicos a los que pronto 
se les arrancará el orificio anal... Hasta que llegue el día de la có- 
lera del cordero y los cuerpos-no-castrados-de-ano se rebelen. 

TEXTOS TERRORISTAS 

Si todo esto te ha parecido demasiado lineal y contra-bíblico. Si 
ya has cambiado el diván por la arqueología, si lo tuyo es más el 
archivo de microrrevoluciones que la lucha de titanes, también te 
lo puedo contar de otra forma. 

Roland Barthes, que tenía más dificultades para hablar de 
su propia homosexualidad en público que para hacer hermenéu- 
tica, inventa en 1971 una categoría sin saber que sería la más 
apropiada para calificar el libro que escribiría un año más tarde 
Guy Hocquenghem: terrorismo textual. Son terroristas, afirma 
Barthes, refiriéndose a la obra Sade, Fouriery Loyola, aquellos tex- 



138 ¡ Terror anal 



tos capaces de «intervenir socialmente», no gracias a su popula- 
ridad o a su éxito, sino gracias a la «violencia que permite que el 
texto exceda las leyes que una sociedad, una ideología, o una filo- 
sofía se dan para constituir su propia inteligibilidad histórica». 1 
El deseo homosexual de Hocquenghem no es simplemente un libro 
entre otros sobre la homosexualidad. Es el primer texto terrorista 
que confronta directamente el lenguaje heterosexual hegemóni- 
co. Es el primer diagnóstico crítico acerca de la relación entre 
capitalismo y heterosexualidad realizado por un marica que no 
oculta su condición de «escoria social» y «anormal» para empezar 
a hablar. 

En el texto de Hocquenghem no hay disculpas, excusas o jus- 
tificaciones. No las hay porque ya no quiere hacerse el bueno, 
pedir favores jurídicos, reclamar migajas de los «hetero-made- 
ros». Y cuando renuncias a los favores y a las migajas, nos enseña 
Guy Hocquenghem, comienza la revolución. Siempre a escala lo- 
cal y con minúscula. Y posiblemente la fiesta, aunque eso, paradó- 
jicamente, implique cierta austeridad — puesto que la opulencia 
siempre está del lado de la hegemonía. 

Y no debió de ser fácil abrir un agujero en el lenguaje hege- 
mónico: de ahí la necesidad de Hocquenghem de taladrar paso 
a paso los discursos médicos, psiquiátricos, psicoanalíticos, me- 
diáticos... de manera incesante, como si fuera el principio de una 
tarea que habría de llevarnos siglos. Porque, recordemos, hubo un 
tiempo (cuya estela más rabiosa que moribunda se extiende hacia 
nosotros) en el que aún no existía ningún lenguaje exterior al 
relato heterosexual, en el que no existía un afuera de los discursos 
dominantes sobre la homosexualidad. 

Era el tiempo de Krafft-Ebing y sus tablas clasificadoras de 
desviaciones sexuales, el tiempo de la persecución jurídica de los 
sodomitas, el tiempo en el que los padres de una familia adinera- 
da confiaban su hija lesbiana a Freud con la intención de que éste 
hiciera de ella una buena esposa, el tiempo de los electroshocks y 
de las lobotomías, de las «causas de degeneración biológica de la 

1. Roland Barthes, Sade, Fourier, hoyóla, Points Seuil, París, 1972, p. 14. 



Textos terrorista j \ 39 



especie», del «hermafroditismo psíquico» y de «la inv ers fon con- 
génita», del «cerebro afeminado del homosexual» y t | e j « cuer p 0 
viril de la lesbiana», el tiempo del «ano dilatado» del perverso y 
del «clítoris hipertrofiado de la tríbada», el tiempo de l 0 s campos 
de concentración para los «violetas» y de las cárceles separadas 
para los acusados del crimen del vicio. 

1869-1969: Occidente perfecciona sus técnicas dt> mU erte (a 
las que denomina «mejora de la especie») mientras exalta los va- 
lores <de la familia blanca heterosexual. Los miembros de \ a f a _ 
milia no tienen ano. Papá no tiene ano. Mamá no ti<= n e ano El 
niño no tiene ano. La niña, ni siquiera importa si tier )e ano o no 
lo tiene. 

Entre 1869, momento en el que el lenguaje tnédico-jurídico 
centroeuropeo define por primera vez la oposición entre hetero- 
sexualidad y homosexualidad como una lucha moral y orgánica 
entre la normalidad y la patología, y 1969, momento de \ a for- 
mación de los primeros movimientos de defensa de 1< )S derechos 
de los homosexuales en Estados Unidos y Europa, e l discurso he- 
terosexual se extiende como único lenguaje biopolíti co sobre el 
cuerpo y la especie. 

Los «anormales» existían pero no habían constituido aún un 
saber colectivo sobre sí mismos, no tenían historia, todavía no 
habían transformado la opresión en perspectiva críti. a sobre el 
poder. Aún no había un lenguaje del ano. 

Era el tiempo de las disculpas, de las justificaciones y de la 
vergüenza: el tiempo en el que, por miedo a la persecución o al 
escarnio público, era preferible ocultarse tras barrocas apologías 
del «amor entre los hombres griegos» escritas e n tercera per- 
sona, 2 el tiempo de Karl Heinrich Ulrichs y del '<mag net i smo » 
que explica que un «un alma de mujer encerrada en un cuerpo 
de hombre» sienta una atracción natural hacia otr<> hombre 



2. Véase, por ejemplo, la literatura alemana de finales del siglo xix er 
defensa de la homosexualidad griega como tendencia innata Heiiirich Hóssli 
Eros: El amor entre los hombres griegos (1836-1838), Berlín, ro^ a Wi n k e i re-edi- 
ción de 1996. 



140 | Terror anal 



el tiempo de Proust y sus palabras esconde-maricas, el tiempo 
en el que Gide respalda su defensa de la homosexualidad mas- 
culina con argumentos misóginos según los cuales nos habría 
ido mejor si hubiéramos continuado haciendo la historia entre 
hombres. 3 

La heterosexual idad se presenta como un muro construido por 
la naturaleza, pero es sólo un lenguaje: un amasijo de signos, sis- 
temas de comunicación, técnicas coercitivas, ortopedias sociales 
y estilos corporales. 

Pero, ¿alguien sabe cómo se atraviesa un lenguaje dominante? 
¿Con qué cuerpo? ¿Con qué armas? 

O para formular la cuestión de otro modo: ¿Cómo empezó la 
revolución del ano? 

Como era de esperar, todo comenzó siendo una historia de ni- 
ños, incluso mejor sería decir de niñas — si femenino y masculino 
no fueran durante la infancia simples utopías educativas — . «El 
deseo homosexual es sobre todo cuestión de infancia» afirma Guy 
Hocquenghem. No se lleven las manos a la cabeza, no se trata 
de hombres de Iglesia o padres de familia que buscan niños en 
los confesionarios o a la salida de los colegios, se trata del cuerpo 
infantil y su deseo de gozar de todo, de convertirse en flor y en 
jabalí. Durante los años cincuenta, mientras «España» se pudre 
en el franquismo y Argelia arde, los vecinos franceses descubren 
la cultura del consumo de masas. A tontas y a locas inventan un 
nuevo sujeto del mercado, el teenager lo llaman ya los economistas 
en Estados Unidos, lo alimentan con chocolatinas y coca-colas, le 
compran un look y un medio de transporte contaminante, le dan 
acceso por primera vez a la educación superior antes de llamarlo 
a integrarse en el mercado de trabajo y, sin saberlo, crean un nue- 
vo sujeto político hedonista, opulento pero insatisfecho, lleno de 
energía y ávido de nuevas experiencias. 

3. Véase la traducción de algunos de los textos de Ulrichs en: Pioneros de lo 
homosexual, K. H. Ulrichs, K. M. Kertbeny y M. Hirschfeld, editado por Ibón 
Zubiaur, Anthropos, Barcelona, 2007, p. 35-90, y André Gide, Et nunc manetin 
te; Corydon (191 1-1920), Editorial Odisea, Madrid, 2002. 



Textos terroristas s 141 

A mediados de los años sesenta, del otro lado del Atlántico 
pero bajo las mismas premisas (consumo + cultura + experimen- 
tación corporal), una multitud de hippies construyen un mundo 
raro hecho de drogas psicodélicas, rock and roll, gafas con cristales 
de colores y sexo, y levantan mientras bailan un bloque pacífico de 
oposición a la guerra de Vietnam. Algunos descubren súbita- 
mente que tienen ano. 1968- 1988, veinte años en los que aquellos 
teenagers deciden dotarse de sus propias instituciones, sus mitos 
fundacionales y sus técnicas de producción de subjetividad como 
objeto de crítica y espacio posible de transformación. Cambia la 
música, cambian las drogas, pero permanece el furor experimen- 
tal. Se suceden en esa época un conjunto de microrrevoluciones 
que, frente a los levantamientos tradicionales, se caracterizan por 
ser poéticas, lúdicas, corporales, y por rechazar el ámbito de la 
política tradicional como espacio primero de la lucha. 

En 1968, los adolescentes dotados de saber universitario 
ocupan las calles del barrio latino de París. Las aulas dejan de 
ser el lugar en el que se adoctrina para volverse centros de de- 
bate político. Marx y el cine se les han subido a la cabeza: piden 
lo imposible, ven playas bajo los adoquines de la metrópolis y 
piensan reemplazar el código civil por una sola consigna: pro- 
hibido prohibir. A las revueltas callejeras le siguen las mayores 
huelgas obreras de la historia de Francia. La rebelión había uni- 
do a los trabajadores de la fábrica, a los periodistas y a los niños 
lectores. 4 

Pero la revolución que enunciaban, basada en el fin de la lucha 
de clases, era cosa de hombres y no una simple mariconada. La iz- 
quierda define sus límites: ni maricas, ni travestis, ni drogas, sólo 
alcohol, su masculinidad y sus chicas. Hocquenghem nos alerta: 
«Es posible que la política revolucionaria en sí misma sea una 
instancia represiva» (p. 112). Enseñanza provisional: Las revolu- 
ciones no son lo que parecen. Las causas capaces de transformarse 
en lógicas de poder no son precisamente las más revolucionarias. 

4. Véase Kristin Ross, Mayo del 68 y sus vidas posteriores. Ensayo contra la 
despolitización de la memoria, Acuarela & Machado, Madrid, 2008. 



142 | Terror anal 



La revolución no la hacen los mejores, ni la hacen siempre por las 
mejores razones. Además, todo movimiento revolucionario tiene 
su jefe de marketing: aquellos que labelizan un bloque revolucio- 
nario y designan quiénes pertenecen y quiénes no pertenecen a 
él. Conclusión: Las revoluciones también construyen sus propios 
márgenes. Corolario: La revolución no había llegado todavía a su 
estadio anal. 

Pronto las chicas, los maricas, las lesbianas, las travestís y los 
transexuales entran en ruptura anal con el movimiento viril de 
izquierda. En Francia, el 26 de agosto de 1970 un pequeño gru- 
po de mujeres, entre las que se encuentran Christine Delphy y 
Monique Wittig, llevan a cabo una parodia callejera, inspirada 
en las acciones de teatro de guerrilla, en la que rinden homenaje 
a la mujer del soldado desconocido: «Hay alguien todavía más 
desconocido que el soldado desconocido: su mujer», reza la pan- 
carta. Se trata de una crítica de la invisibilidad histórica de las 
mujeres y de la dominación masculina tanto en las instituciones 
que estructuran la vida cotidiana, como la familia o el trabajo, 
como en las instituciones que archivan, monumentalizan y pro- 
ducen la historia. Esa acción relativamente modesta será la pri- 
mera que reciba atención mediática dando lugar a la constitución 
del Movimiento de Liberación de Mujeres (mlf). 

Pocos meses más tarde el movimiento será recuperado por un 
feminismo blanco, heterosexual y liberal que se centrará (a través 
de figuras como Antoniette Fouque o Giséle Halimi) en la lucha 
por los derechos reproductivos de la mujer (aborto, anticoncep- 
ción), excluyendo a las lesbianas, las travestís, las trabajadoras 
sexuales o las mujeres migrantes del discurso feminista dominan- 
te. Enseñanza provisional: Las revoluciones no son lo que parecen 
y bla bla bla. Corolario: No sé por qué continuamos tragándonos la 
versión de la historia que nos dice que la revolución homosexual 
la hicieron los gays. Rectifiquemos: La revolución homosexual la 
empezaron las lesbianas, las maricas afeminadas y las travestís 
— las únicas que necesitaban de la revolución para sobrevivir — . 
Implicaciones temporales de estos zigzagueos políticos: La revo- 
lución anal será lenta. 



Textos terroristas ] 143 

Estados Unidos. 1969- Diversos grupos de mujeres surgidos 
de la lucha pacifista y de los movimientos por los derechos civi- 
les de los negros ocupan las calles de Atlanta parodiando el desfile 
de Miss America para reclamar «la emancipación de la mujer de 
la categoría de trabajadora sexual gratuita». En pocos meses, hay 
asambleas de mujeres en todas las universidades de California, 
piquetes frente a los principales museos y centros cívicos de la 
nación. Las feministas definen una forma específica de opresión a 
la que llaman «sexismo», denominan «patriarcado» al sistema de 
parentesco y transmisión de poder que lo legitima y dibujan las 
estrategias de una lucha por la emancipación de las mujeres en el 
espacio público: superación de los roles tradicionales de madre y 
esposa dentro de las instituciones familiares y domésticas, acceso 
a la contracepción y al aborto", independencia económica e inter- 
vención en el ámbito de las decisiones políticas. 

La revuelta es absorbida por NOW (National Organization of 
Women), un grupo creado por Betty Freidan en 1966 que canali- 
zará los esfuerzos hacia la igualdad legal entre hombres y mujeres. 
La batalla por establecer un equilibrio entre ambos polos parece 
desdibujar las diferencias internas dentro de los colectivos de mu- 
jeres proyectando un sujeto feminista que excluye a sus propias 
minorías sexuales y políticas. Conclusión provisional: El feminis- 
mo heterosexual tiene miedo de la revolución anal. 

En mayo de 1970, Rita Mae Brown y un grupo que se hace 
llamar «Lavander Menace» (la amenaza violeta) se subleva con- 
tra la exclusión de las lesbianas y la marginalización de sus de- 
mandas dentro del movimiento feminista NOW. Se produce así la 
primera ruptura entre el feminismo y el llamado «lesbianismo 
radical». Conclusión provisional: El feminismo también ha cas- 
trado su ano. 

En Francia, el 5 de marzo de 1971, la escritora, activista de 
izquierda y miembro del mlf Francoise d'Eaubonne, junto con 
un grupo de lesbianas atacan armadas con salchichones al pro- 
fesor Lejeune mientras éste imparte una conferencia contra el 
aborto en el Teatro de la Mutualité de París. Surge así el llama- 
do «Commando Saucisson» (comando salchichón), movimiento 



144 | Terror anal 

en torno al que se aglutinará después el Frente Homosexual de 
Acción Revolucionaria (fhar). El Commando Saucisson inventa 
el terrorismo anal. Ridiculizando al mismo tiempo las porras poli- 
ciales y los penes como instrumentos de la política tradicional, el 
salchichón apela a la analidad: hecho con la piel del tubo intestinal 
de los corderos y los cerdos, su forma no deja de recordar a la de los 
excrementos humanos o animales. Poco después, el Commando 
Saucisson toma al asalto el estudio de radio desde el que se emite 
el programa de Ménie Gregoire dedicado a la cuestión «La homo- 
sexualidad ese doloroso problema» . Si hay que abrir el ano público, 
habrá que hacerlo por la vía cultural. Los medios de comunicación 
son redes extensas y difusas de construcción y normalización de la 
identidad, terrorismo anal = terrorismo kultural. 

Si las lesbianas se ven desplazadas por la construcción de un 
feminismo hegemónico, los maricas y las travestís son excluidos a 
su vez dentro de las prácticas y los discursos de extrema izquierda 
que consideran la «homosexualidad» y las «drogas» como sínto- 
mas de decadencia burguesa. La aparición en Francia del fhar 
en 1971, en torno a escritores y activistas como Daniel Guerin, 
Jean-Louis Bory, Frangoise d'Eaubonne, Guy Hocquenghem, 
René Schérer o Michel Cressole será la respuesta a esas exclusio- 
nes de maricas, lesbianas, transexuales y travestís de los grupos 
feministas y de izquierda. El FHAR surge de las cenizas homófobas 
y lesbófobas de Mayo del 68 y del movimiento feminista. Tendrá 
por objetivo hacer visible la disidencia sexual en el seno de la ex- 
trema izquierda; pero también politizar la sexualidad distancián- 
dose del movimiento Arcadie, 5 que hacía de la homosexualidad 
masculina una tendencia natural (a menudo secreta, privada y 
vergonzosa) frente a la que el sujeto homosexual no tiene opción 
y que sólo demanda ser respetada socialmente. 

Guy Hocquenghem escribe El deseo homosexual en el fhar, en 
ese contexto de resquebrajamiento de los discursos eurocéntri- 

5. Movimiento francés fundado en 1954 por André Baudry en torno a la 
publicación de una revista sobre la «homofilia» o el establecimiento de relacio- 
nes afectivas — y no sexuales — entre dos hombres. 



Textos terroristas j 145 

eos dominantes, pero también de ruptura con los «buenos ho- 
mosexuales» de Arcadie y con «las buenas chicas» del feminismo 
liberal. 

En el FHAR, Hocquenghem aprende que es posible atravesar 
el lenguaje dominante. El FHAR inventa la gramática de la revo- 
lución anal y del feminismo queer por venir: sexocidio, falocracia, 
ecofeminismo.... El FHAR denuncia la opresión política de la homo- 
sexualidad en un régimen que Francoise d'Eaubonne denomina 
por primera vez «falócrata» y «heteronormativo», criticando to- 
das las instituciones de normalización «heteropatriarcales» (la 
familia, el colegio, el hospital, la prisión) y la centralidad de 
los apararos de construcción de la identidad sexual dentro del 
capitalismo. El anfiteatro de la Facultad de Bellas Artes de París 
(el mismo en el que tendrán lugar las asambleas del colectivo 
ACT UP durante los noventa) en el que el FHAR se reúne todos los 
jueves durante los años setenta se vuelve un espacio de construc- 
ción de nuevos imaginarios políticos. Las cuestiones de raza, cla- 
se y sexo público vertebran por primera vez esos debates, cuyos 
enunciados («maricas e instituciones», «hacer el amor con los 
árabes», «el sexo entre los adolescentes», «placer clitoridiano», 
«proletariado y sodomía», «viva el colegio erótico»...) se rebelan 
explícitamente frente a la castración anal que domina el lengua- 
je de la izquierda. 

Al FHAR se une el grupo Gazolines (formado por locas, mari- 
cas y travestis, entre las que se encuentran Marie France, Héléne 
Hazera y Maud Molyneux). Influidas por la cultura glam rock, van 
a ser las primeras en utilizar técnicas de teatralización paródica 
del espacio público, prácticas que serán después reconceptuali- 
zadas por la teoría queer como políticas performativas o camp: se 
trata de ponerle música, de echarle a la austera y anal-castrada iz- 
quierda unas boas de plumas rosas, unas rayas de coca y unos mi- 
ligramos de estrógenos. En 1971, el FHAR organiza por primera 
vez una manifestación en las calles de París: «Nuestro cuerpo es 
político», «Familia = contaminación», «Proletarios de todos los 
países sodomizaos los unos a los otros»... El lenguaje hegemónico 
y su trasunto físico, el espacio público, han sido atravesados. 



146 I Terror anal 

Ese mismo año, aparece en el Estado español durante la dic- 
tadura franquista el grupo clandestino melh (Movimiento 
Español de Liberación Homosexual) como respuesta al recrude- 
cimiento de la represión de los homosexuales a través de la Ley 
de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Sin embargo, su activi- 
dad se verá limitada por la dureza de la persecución policial. Este 
grupo se transformará después en el FAGC (Front d'Alliberament 
Gai de Catalunya), pero no resurgirá de forma pública hasta la 
transición en 1977. Por las Ramblas barcelonesas, entre militares 
y curas, se pasea Ocaña vestido de virgen andaluza acompañado 
por Nazario y los cuarenta maricas. 6 

Mientras tanto, en 1972 surgen las Gouines Rouges, (bolle- 
ras rojas), entre las que se encuentra Monique Wittig, Christine 
Delphy y Marie-Jo Bonnet, como reacción frente al carácter «fa- 
lócrata» y «lesbófobo» de los movimientos de izquierda, incluido 
el FHAR. Los grupos lesbianos de izquierda no se encuentran en 
la intersección entre movimientos feministas y movimientos ho- 
mosexuales, afirman las activistas rojas, sino que precisamente 
se sitúan en el espacio no ocupado por ninguno de los dos. Las 
lesbianas se hayan, como afirma Teresa de Lauretis, en el ángulo 
muerto, en el punto de ciego de la representación política. 7 Del 
mismo modo que la homofobia definía el deseo homosexual, la 
existencia lesbiana, dicen, se encuentra en el no-lugar que dibu- 
jan la lesbofobia del movimiento feminista y la misoginia del mo- 
vimiento homosexual. «Hay lesbianas encima de este escenario y 
las hay también en esta sala. Si subimos al escenario es porque 
no tenemos vergüenza de lo que somos. Nos encierran en el si- 
lencio, nos insultan porque nos negamos a someternos a la ley de 
los falócratas y de los hetero-maderos. Somos subversivas. Somos 

6. En 1979 Alberto Cardín se ocupa de la edición del libro de Guy Hoc- 
quenghem y Rene Schérer Álbum sistemático de la infancia. Anagrama. 

7. Teresa de Lauretis toma esta imagen del análisis que hizo Patricia Whi- 
te de la película Madame X: An Absolute Ruler de Ulrike Ottinger. Véase: Teresa 
de Lauretis, «Sexual Indifference and Lesbian Representaron», Theatre Journal, 
vol. 40, n.° 2. (mayo, 1988), pp. 155-177. 



Políticas del ano 147 

lesbianas porque elegimos nuestro propio placer. Nuestro placer 
no es ni una masturbación a dos, ni infantilismo psicosexual, ni 
una caricatura de las relaciones hombre-mujer. Nuestro placer 
existe fuera de toda norma. Somos lesbianas y estamos orgullosas 
de serlo.»" 

Comienza asíoin proceso de fragmentación y de desplazamien- 
to que pone en cuestión la afirmación de un único sujeto femi- 
nista y de un único sujeto homosexual... un proceso muy similar 
al que tendrá lugar en la década de los ochenta en el feminismo 
y los movimientos homosexuales americanos y que dará lugar a 
los movimientos queer. Se dibujan ya las que serán para el resto 
del siglo las dos vías de acción política que emergen de los mo- 
vimientos de izquierda: revolución o normalización, colectivizar 
el ano o cerrarlo. 

POLÍTICAS DEL ANO 

Si todo esto te ha parecido demasiado lineal y contra-bíblico; si ya 
has cambiado la hagiografía de nuestras heroínas por la asamblea 
anal, si lo tuyo es más el videojuego teórico que el teatro de civi- 
lizaciones, también te lo puedo contar de otra forma. 

Prepárate para jugar: El deseo homosexual es un arma. Pero no 
es una lámina de acero, ni una bala, ni un misil, ni es tampoco una 
bomba. Aunque su potencia de transformación (que no de destruc- 
ción) multiplica la de todos ellos. El texto de Guy Hocquenghem 
es un arma crítica inventada por una de las escasas revoluciones 
no cruentas de la historia del siglo XX: el feminismo y los movi- 
mientos de lucha por la emancipación de las minorías sexuales 
activan la primera revolución hecha con lenguaje, drogas, música 
y sexo. Separándose de las armas tanatopolíticas que caracterizan 
las luchas históricas del siglo XX (desde la metralla pasando por 
el gas de las cámaras de Auschwitz hasta la bomba h), el movi- 
miento gay, lesbiano y trans coloca la vulnerabilidad del cuerpo 

8. Les Gemines Rouges, Gulliver, n.°l, París, noviembre de 1972. 



148 | Terror anal 



y su supervivencia en el centro del discurso político y hace de la 
cultura, como foro de creación e intercambio de ideas en el que 
se definen los límites de lo socialmente posible, el centro de la 
lucha. 

Estas revoluciones pacíficas podrían denominarse, pensando 
en la teoría libidinal dibujada por El deseo homosexual, políticas 
del ano. Se trata de formas de acción y crítica que surgen como 
reacción tanto frente a las estrategias biopolíticas de finales del 
siglo XIX y del xx que habían inventado la desviación sexual y sus 
patologías a través de métodos médico-jurídicos, como frente a 
los excesos tanatopolíticos de mediados del siglo XX: Auschwitz, 
Hiroshima, pero también las guerras de descolonización de 
Argelia y Vietnam. Entre 1968 y 1988 se inventan las políticas 
del ano como agenciamientos colectivos frente a las (bio/tanato-) 
políticas de guerra que hasta ahora habían sido las formas tradi- 
cionales de gobierno de lo social: ejercicios de poder en los que la 
mutilación y la muerte se han convertido en formas de defender 
la vida de las poblaciones. Estas micropolíticas de maricas, bolle- 
ras, travestís y transexuales se oponen al modelo tradicional de la 
política como guerra (tanto biopolítica como tanatopolítica hallan 
sus referencias en la guerra como último modelo de control), y 
proponen un nuevo modelo de la política como relación, fiesta, 
comunicación, autoexperimentación y placer. 

Podríamos decir que las políticas del ano son contra-biopolí- 
ticas. Por tanto, políticas del cuerpo, redefiniciones de la especie 
humana y de sus modos de (re-)producción. Pero aquí el cuerpo 
ya no se concibe como depósito natural de cualidades o defectos 
que han de preservarse o eliminarse mediante la educación, la 
disciplina, la esterilización o la muerte. Ya no se trata del cuer- 
po humano, ni del cuerpo femenino y masculino, ni del cuerpo 
racialmente superior o inferior, sino del cuerpo como plataforma 
relacional vulnerable, histórica y socialmente construida, cuyos 
límites se ven constantemente redefinidos. 

El deseo homosexual es un manual de instrucciones para hacer 
funcionar un orificio anti-sistema instalado en todos y cada uno 
de los cuerpos: el ano. Preciso, ofensivo, vital, es una máquina 



Políticas del ano | 149 

revolucionaria altamente manejable y pensada para su uso co- 
lectivo. 

¿Cómo saber si aún tienes ano? ¿Cómo escribir con el ano (en 
caso de que aún lo tengas)? ¿Qué podemos aprender del ano? 
¿Cómo hacer la revolución anal? Busca. 

¿De verdad sabes qué es un ano? Entonces, responde: ¿Es el 
ano un órgano sexual? Y en caso de que lo fuera, ¿de qué sexo? 
¿Y a qué sexualidad pertenecen las prácticas que lo implican?. . . 
Entonces, no respondas. Primero descarta toda certeza anatómica, 
desconfía de las evidencias visuales y lingüísticas. 

Remítete primero al diccionario de la lengua española de la 
Real Academia. Ano: «Orificio que remata el tubo digestivo y 
por el cual se expele el excremento». Compara esta definición con 
las de otros órganos situados en un área próxima. Pene: «Órgano 
masculino del hombre y de algunos animales que sirve para mic- 
cionar y copular». Vagina: «Conducto membranoso que en las 
hembras de los mamíferos se extiende desde la vulva hasta la ma- 
triz». Vulva' «Partes que rodean y constituyen la parte externa 
de la vagina». Matriz: «Viscera hueca, de forma redoma, situada 
en el interior de la pelvis de la mujer y de las hembras de los 
mamíferos, donde se produce la hemorragia menstrual y se de- 
sarrolla el feto hasta el momento del parto». Primera conclusión 
provisional: Algunos órganos gozan de un estatuto biopolítico 
privilegiado. Sólo el pene aparece como un órgano sexual, siendo 
el ano y la vagina relegados a órganos excretores y gestadores res- 
pectivamente. Pero, ¿cómo definir entonces las prácticas de amor 
anal? Un pene que no copula, según esta definición, ¿puede seguir 
siendo considerado pene? Y un ano que copula, ¿debe considerar- 
se pene, membrana o viscera hueca? Dejemos estas cuestiones en 
suspenso. Sospecha derivada: La Real Academia de la Lengua está 
en el ajo con el Régimen de Castración Anal. La tarea de los y las 
activistas del fhar será inventar un lenguaje anal. 



150 | Terror anal 



SABER ANAL 

El deseo homosexual es, en forma de anticipación y de proyecto, el 
primer ejemplo de una forma de saber que hoy conocemos como 
teoría queer. Elaborada en Estados Unidos por un conjunto de teó- 
ricos y activistas maricas y bolleras a finales de los años ochenta, 
la teoría queer podría definirse, siguiendo a Hocquenghem, como 
una crítica de los fundamentos sexistas y heterocentrados que im- 
pregnan el discurso de la modernidad. Dos elementos parecen 
específicos en esta tarea crítica: En primer lugar, y a diferencia 
de otras prácticas de saber, la teoría queer proviene directamente 
del activismo, se trata de un «saber situado» (Donna Haraway) 
que emerge de las estrategias de lucha frente a la normalización 
inventadas durante el último siglo por las minorías sexopolíti- 
cas. Los textos inaugurales de la teoría queer 9 tendrán innume- 
rables puntos comunes con los textos de Guy Hocquenghem y 
del FHAR: uso de la injuria {queer, homosexual, marica, bollera) 
como eje de enunciación y de producción de saber, crítica de la 
normalización heterosexual, desplazamiento de las oposiciones 
tradicionales hombre/mujer, hetero/homosexual, elaboración de 
una teoría compleja de la opresión que incluya los ejes de raza, 
clase, edad, discapacidad... En este sentido, la teoría queer no es 
sólo una ciencia de la opresión sexual, sino un cuestionamiento 
radical de los modos de producción de subjetividad en la moder- 
nidad capitalista. 

En segundo lugar, aquello que definirá a la teoría queer en térmi- 
nos críticos y que hace de los textos de Hocquenghem su más claro 
precedente es, como ha señalado Michael Moon, la reapropiación 
de los conceptos elaborados por la filosofía postestructural. Y esto 
en un circuito de retroalimentacion teoría/práctica política en el 
que sería difícil distinguir la causa del efecto. Encontraremos en 
Hocquenghem, por ejemplo, lecturas que hoy llamaríamos queer 

9. Me refiero especialmente a Gender Trouble de Judith Butler, 1989, al 
artículo «Queer Theory» publicado por Teresa de Lauretis en 1991 en la revista 
Differences y a La epistemología del armario de Eve K. Sedgwick. 



Saber anal 151 



de la crítica de la reducción de la economía libidinal a mecanis- 
mos psicofamiliarés esbozada en El anti-Edipo, pero también de la 
noción de «interpelación» tal y como Althusser la elabora en 
la «Ideología y los aparatos ideológicos del Estado» o de la teoría 
de la «des-sublimación represiva» de Marcuse. Pero esta relación 
no es unidireccional: la filosofía postestructural es, a su vez, la 
inflexión que produjeron en las disciplinas tradicionales (filo- 
sofía, antropología, sociología, historia) las retóricas de la dife- 
rencia, el análisis de la opresión y la resistencia a la norma que 
introducen los movimientos micropolíticos que emergen a fina- 
les de los años sesenta. Ambos elementos aparecen por primera 
vez en los textos del fhar, de Guy Hocquenghem, Rene Schérer, 
Frangoise d'Eaubonne y Monique Wittig así como en el número 
especial de la revista Recherches «Trois milliards de pervers» edi- 
tado por el FHAR. 

Durante los años posteriores a la segunda guerra mundial, co- 
mienza a generarse en Francia un saber que surge del impacto 
de las políticas de descolonización, de los movimientos obreros, 
estudiantiles, feministas y homosexuales en los discursos produ- 
cidos por el marxismo, el existencialismo, el psicoanálisis y la 
filosofía estructural. Pero no hay primero una teoría postestructu- 
ral que luego se queeriza al ser repensada por escritores y escritoras 
maricas, bolleras y transexuales, sino que la teoría postestructu- 
ral es ya el resultado de un intenso proceso de cuestionamiento 
sexopolítico de las categorías antropológicas, psicológicas y filo- 
sóficas que dominan la ecología conceptual de los años cincuenta. 
Derrida, Deleuze, Guattari y Foucault son tan herederos del femi- 
nismo y de los movimientos homosexuales como estos lo son de 
la llamada filosofía postestructural. 

Al mismo tiempo que se produce una revuelta en las calles 
de París, tiene lugar también una sacudida profunda del sistema 
educativo y de sus formas de producción y transmisión de saber. 
A finales de 1968, Foucault, que acaba de volver de Túnez don- 
de los estudiantes se han rebelado ya en marzo, asume la direc- 
ción del departamento de filosofía de la Universidad de París 8- 
Vincennes. Aunque la idea del ministro Edgar Faure del gobierno 



152 ¡ Terror anal 



del general de Gaulle era alejar del centro de París las revueltas 
estudiantiles llevándolas hacia los barrios periféricos, el resultado 
fue la construcción en Vincennes de un centro de producción de 
saber disidente insertado en las redes mismas del sistema univer- 
sitario francés: en torno a Foucault se reúnen Gilíes Deleuze y 
Félix Guattari, una parte de la izquierda maoísta, pero también 
un buen número de jóvenes de la izquierda althusseriana entre 
los que se encuentran Jean-Fran^ois Lyotard, Jacques Ranciére y 
Alain Badiou. 

Se perfila así una forma de acción política distinta de la que 
propone en su momento Sartre. Mientras que Sartre aparece como 
un intelectual-tres-en-uno listo para defender todas las causas (el 
movimiento obrero, el judaismo, la excentricidad de Genet...), 
Foucault dibuja la figura de un intelectual específico al mismo 
tiempo modesto e implicado en las causas que defiende. Pero se- 
gún Foucault la implicación tampoco ha de asumir un rostro, sino 
que debe ser impersonal. Aunque sea Foucault quien durante los 
años setenta elabore las hipótesis más radicales acerca del carácter 
histórico y políticamente construido de la sexualidad, nunca se 
presentará como protagonista de la escena sexopolítica disidente, 
no enunciará nunca (excepto en una breve entrevista que concede 
en uno de sus viajes a Estados Unidos) su «homosexualidad» en 
primera persona, sino que, en segundo plano, actúa como dina- 
mizador de un campo de fuerzas con el que dice no poder identi- 
ficarse por completo. Quizás junto con las técnicas de incitación 
a la confesión de la verdad del sexo frente a las que Foucault dice 
resistir, existen también otro conjunto de técnicas de producción 
de silencio que hacen imposible articular la posición de un suje- 
to de enunciación homosexual productor de saber crítico sobre sí 
mismo y sobre la sociedad dentro de las instituciones universi- 
tarias francesas. ¿Qué hubiera implicado a mediados de los años 
setenta que el director del departamento de filosofía de Vincennes 
hubiera enunciado públicamente su «homosexualidad» o su par- 
ticipación en prácticas sadomasoquistas? ¿Cómo habría afectado 
esa enunciación a la recepción y la lectura de la Historia de la 
sexualidad o de Los anormales? 



Saber anal | 153 



En 1969, Deleuze y Guattari publican El anti-Edipo. Capitalis- 
mo y esquizofrenia, abriendo un modo inédito de práctica filosófica 
y de crítica cultural. El mensaje es claro: los mitos con los que 
trabaja el psicoanálisis deben ser tratados como metáforas polí- 
ticas. La máquina deseante del inconsciente funciona como una 
máquina social, es decir, como un sistema económico-político de 
producción. De todas las máquinas de control y represión, la fa- 
milia (el triángulo mamá-papá-el-niño) aparece como la base de la 
pirámide despótica, a la que se enchufan en concatenación de flujos 
todas las otras máquinas capitalistas. La consigna es revoluciona- 
ria. El afecto alegre y colectivo. Deleuze y Guattari lo explican de 
este modo: «No nos dirigimos a quienes piensan que el psicoa- 
nálisis sigue el camino correcto y tiene una visión apropiada del 
inconsciente. Nos dirigimos a quienes piensan que es monótono, 
triste, como un runrún (Edipo, la castración, la pulsión de muer- 
te, etcétera). Nos dirigimos a los inconscientes que protestan. 
Buscamos aliados. Tenemos gran necesidad de aliados. Tenemos 
la impresión de que nuestros aliados están ya por ahí, que se nos 
han adelantado, que hay mucha gente que está harta, que pien- 
sa, siente y trabaja en una dirección análoga a la nuestra: no se 
trata de una moda, sino de algo más profundo, una especie de at- 
mósfera que se respira y en la que se llevan a cabo investigaciones 
convergentes en dominios muy diferentes». 10 

Y habrá alianzas: El Hocquenghem de El deseo homosexual es 
un lector de El anti-Edipo, del mismo modo que D & G son lecto- 
res de Foucault y se dejan inspirar por las revueltas estudiantiles 
y sexuales que recorren Francia. El anti-Edipo surge en realidad 
de estos intercambios, de la búsqueda de un nuevo lenguaje que 
redefina las relaciones entre poder, deseo y subjetividad en el seno 
de lo que Guattari comienza a denominar el «capitalismo mun- 
dial integrado». Del mismo modo, El deseo homosexual no es sim- 
plemente una aplicación de las teorías de la producción deseante 
de El anti-Edipo, sino su extensión y su implicación en una crítica 

10. L'Arc, n. u 49, 1972. Entrevista con Gilíes Deleuze y Félix Guattari 
realizada por Catherine Backés-Clément. 



154 j Terror anal 

del capitalismo que tome en consideración la sexualidad como 
un motor central de la producción. La influencia aquí es tanto 
de Deleuze y Guattari como de Foucault, Schérer y Fran^oise 
d'Eaubonne. 

En la década de los setenta, Vincennes se convierte en un la- 
boratorio de propuestas de acción de resistencia a la normaliza- 
ción institucional. En febrero de 1971, Foucault forma junto con 
Jean-Marie Domenach, director de la revista Esprit, y con el his- 
toriador Pierre Vidal-Naquet el GIP (Grupo de Información sobre 
las Prisiones). El GIP tiene como objetivo abrir puntos de fuga 
en el sistema de encierro penitenciario francés estableciendo vías 
de comunicación con el «exterior» que revelen cómo funcionan 
los dispositivos de poder y subjetivación que la prisión oculta. Y 
abrir la prisión es abrir el ano del cuerpo social. Una de las prime- 
ras acciones consiste en llevar a cabo una encuesta pública entre 
los internos de las diferentes instituciones penitenciales francesas 
que permite a los encarcelados producir un conocimiento sobre la 
prisión y sus técnicas de subjetivación que atraviese y cuestione 
el poder de los muros. 

Entretanto se organiza también el CERFI, una red de más de 
setenta y cinco investigadores independientes (entre los que se 
encuentran Deleuze, Guattari, Anne Querrien, y Foucault, entre 
otros) conectados con diferentes grupos de izquierda. El CERFI 
propone tomar los métodos de colectivización de conocimiento 
surgidos de Mayo del 68 para repensar la transformación urbanís- 
tica, la producción artística, la cura psiquiátrica, la educación o 
la economía: «En las reuniones se habla de las investigaciones en 
curso, pero también de las implicaciones subjetivas, del deseo»." 
Huyendo del estilo académico y de la publicación de autor crean 
la revista Recherches con el objetivo de «poner en práctica agencia- 
mientos colectivos de enunciación». 

El biógrafo de Deleuze y Guattari relata el impacto que causó 
en el CERFI la aparición de Guy Hocquenghem acompañado por 

1 1 . Fran^ois Dosse, Gilíes Deleuze et Félix Guattari. Biograpbie croisée, 2007, 
p. 320. 



Saber anal 155 



algunos miembros del fhar (Rene Schérer y un grupo de mari- 
cas, travestís y bolleras) que exclamaba con El anti-Edipo en la 
mano haber encontrado la teoría necesaria a partir de la cual llevar 
a cabo una crítica del régimen heterosexual. 12 Hocquenghem, que 
acaba de terminar El deseo homosexual, propone al cerfi la publi- 
cación de un número especial de la revista Recherches dedicado a 
la homosexualidad. El resultado será «Trois milliards de pervers: 
Grande encyclopédie des homosexualités». Este número (dedica- 
do entre otras cosas a la crítica del sistema educativo heterosexual, 
a las relaciones sexuales con «los árabes» y a la pedofilia) será el 
más célebre y provocador de la historia de la revista y desencade- 
nará una persecución judicial contra su editor (oficialmente Félix 
Guattari, cuyo despacho en la clínica de La Borde y domicilio 
privado serán inspeccionados) que conducirá a la retirada de la 
revista de la venta por «atentado contra la moral y las buenas cos- 
tumbres». El veredicto exige la destrucción de todos los ejempla- 
res de la revista que constituye según los jueces «un despliegue 
detallado de tormentos y desviaciones sexuales» y que presenta 
«la exposición minuciosa de una minoría de perversos». 

Es en este contexto donde la figura y el discurso de Guy 
Hocquenghem van a producir un desplazamiento radical del suje- 
to de la enunciación científica y política. El ano homosexual habla 
y produce por primera vez un saber sobre sí mismo. Este saber no 
procede de la culpabilidad o de la vergüenza, no busca excusarse 
o legitimarse, no es descripción de la patología o de la deficiencia, 
sino que se presenta como una forma de crítica política y de trans- 
formación social. Entre Sartre-el-universal que enuncia todas las 
causas políticas como si fueran suyas y Foucault-el-impersonal 
que reniega de la posibilidad de articular su posición dentro de 
las luchas que anima, aparecerá un nuevo tipo de revolucionarios 
locales y anales precursores de lo que luego será la política queer, 
entre los que Hocquenghem será primero y paradigmático. 

Guy Hocquenghem había entrado en las juventudes comunis- 
tas (Jeunesses communistes révolutionaires, de afiliación trotskista) 



12. Op. cit. p. 326. 



1 56 | Terror anal 

con tan sólo quince años, pero pronto comprende que su «orien- 
tación homosexual» supone un obstáculo para ser aceptado en- 
tre los militantes del partido, que abandona definitivamente en 
1965, pero al que forzará durante toda su vida a reconocer su 
«mitología heterocentrada» . Participa en las primeras revueltas 
estudiantiles de Mayo del 68 en la Rué Lussac del barrio latino 
de París. En 1971, junto con otros maricas y lesbianas, confisca el 
número 1 2 de la revista del partido comunista francés Tout ce que 
nous voulons y publica una portada que exige la liberación política 
de mujeres y minorías sexuales. «Reclamamos nuestra feminidad 
como las mujeres rechazan la suya, al mismo tiempo que afir- 
mamos que estos roles no tienen significado.» El número 12 de 
la revista es denunciado como «obsceno y un atentado contra la 
moral», confiscado por la policía y retirado de la venta. 

Formado como filósofo en la prestigiosa, blanca y heterocen- 
trada Ecole Nórmale, Guy ejerce después como periodista en 
Liberation, que durante los años setenta se define aún como un 
espacio de debate militante de izquierda. El 10 de enero de 1972, 
concede una entrevista a la revista Le Nouvel Observateur en la que 
dice abiertamente que es marica — incluso su madre responde a 
la entrevista con una carta abierta — . Se convierte así en el primer 
intelectual francés capaz de articular públicamente una identidad 
política de «marica». Guy Hocquenghem será uno de los prime- 
ros activistas sexuales que entienda los medios de comunicación 
como espacios posibles de «okupación cultural», producción de 
visibilidad y transformación social. La lucha comienza por un uso 
subversivo de los medios de comunicación entendidos como flu- 
jos polémicos (no informativos) y como vectores de producción 
de espacio público. 13 Hay dos tipos de escritores: los que mienten 
para decir la verdad y los que dicen la verdad para exponer una 
mentira colectiva. Guy pertenece a estos últimos. Decirse homo- 
sexual no es en 1972 ni una pose, ni una moda, ni siquiera un 

13. En 1973 saca del armario al editor de la revista Actuel para la que tra- 
baja, lo que llevará a que sus amigos le conozcan como «el ángel exterminador» 
haciendo referencia a la película de Buñuel. 



El método anal ¡ 157 

gesto de coraje. Es al mismo tiempo una declaración de guerra y 
un modo de exponerse, vulnerable, frente al lenguaje y la mirada 
dominantes. Es decir: aquí estoy, soy simplemente un ano. 

EL MÉTODO ANAL 

Guy Hocquenghem, Frangoise d'Eaubonne, Rene Schérer, 
Monique Wittig, los activistas del FHAR y las Gouines Rouges 
inventan una forma de conocimiento anal (marica-bollera-trans) 
que desplaza la enunciación científica tradicional produciendo 
una auténtica ruptura epistemológica. Félix Guattari describe 
bien este seísmo científico en la introducción de «Trois milliards 
de pervers»: «El objeto de este dosier — las homosexualidades, 
hoy, en Francia — no podía abordarse sin cuestionar los métodos 
ordinarios de la investigación en ciencias humanas que, con el 
pretexto de objetividad, intentan cuidadosamente establecer una 
distancia máxima entre el investigador y su objeto. El análisis 
institucional — refiriéndose a su propio método de análisis es- 
quizopolítico que él había puesto en marcha en la clínica de La 
Borde — por el contrario implica un descentramiento radical de 
la enunciación científica. Pero no basta, para conseguirlo, con 
contentarse con "dar la palabra" a los sujetos concernidos, sino 
que es necesario crear las condiciones de un ejercicio total, qui- 
zás paroxístico, de esta enunciación. Se trata — dice Guattari — , 
de superar tres tipos de censura epistemológica: a) el pseudo- 
objetivismo de las investigaciones de campo de carácter social; 
b) los prejuicios psicoanalíticos que proponen una comprensión 
psicológica, tópica y económica de la homosexualidad ("fijación 
pre-genitales, pre-edípica o pre-simbólica", en continuidad con 
la psicología patológica del siglo xix); c) pero también de des- 
plazar los modelos tradicionales de la militancia homosexual». 
Ya no se trata de la defensa de las reivindicaciones de mino- 
rías inocentes y oprimidas, ni de la homosexualidad-víctima, de 
la homosexualidad edípica, culpable, avergonzada y miserable. 
«Los homosexuales hablan en nombre de todos — en nombre de 



158 | Terror anal 



la mayoría silenciosa — y cuestionan todas las formas de produc- 
ción deseante». 14 

Se dibuja así otra forma de conocimiento, otro sujeto de la 
enunciación científica, pero también se despeja otro campo epis- 
temológico, se reconfigura el territorio de lo que hasta entonces 
resulta invisible. Guattari: «Mayo del 68 nos ha enseñado a leer 
los muros y después hemos empezado a descifrar los grafitos de 
las prisiones, los hospitales y los baños públicos. He ahí todo un 
nuevo espíritu científico que está por hacer». El objetivo ya no es 
«salvar a los prisioneros» o «dar voz a los habitantes de los barrios 
periféricos» hablando por ellos sino «crear las condiciones de la 
enunciación» a través de las cuales «los prisioneros», «las asocia- 
ciones de vecinos» o «los homosexuales» puedan producir un saber 
sobre sí mismos, reapropiándose de las tecnologías de poder que les 
constituyen como abyectos. 

Los activistas del FHAR buscan una forma de producción de 
saber acerca de la homosexualidad que escape a las trampas del sa- 
ber científico, de la interpretación psicoanalítica, pero también 
de los discursos confesionales y victimistas, de las narraciones de 
la culpa y de las peticiones de respeto. Por una parte, cuestionan 
los criterios de objetividad propios de las ciencias humanas como 
parte del dispositivo de control que había creado las categorías 
homosexual/heterosexual. Pero también, desplazan el método 
psicoanalítico y los mitos que constituyen su base hermenéu- 
tica exponiendo las metáforas raciales y sexuales que subyacen 
a ésta. 

El diván ha sido remplazado por el taller, la asamblea dialógica 
por la backroom, la encuesta epidemiológica por la deconstrucción 
de las metáforas científicas, la cura individual por la experimenta- 
ción colectiva, la lobotomía por la genealogía política. Se elabora 
así por primera vez una ciencia del ano que surge de la ruptura 
de la llamada «distancia científica» que marcó la tradición cen- 
troeuropea y colonial de las ciencias humanas y que condujo a la 
producción del «homosexual» como figura política de la degene- 

14. Félix Guattari, Recherches, «Trois milliards...», op. cit., p. 3. 



El método anal ] 159 

ración, estratégicamente situada en una cartografía de los anor- 
males junto con otras figuras liminares como la mujer violenta, la 
prostituta, el hombre criminal, el enfermo mental o el discapaci- 
tado. La expresión «A la mierda con todo. Que os den por el culo» 
podría resumir bien esta estrategia metodológica. 

Forzosamente colectivo y político, este saber no puede sino arti- 
cularse en primera persona. Y esto no porque se trate de un registro 
de testimonio o de autobiografía, sino porque hasta ahora la homose- 
xualidad no ha podido darse como saber sobre sí o síntesis reflexiva. 
«Habla desde tu ano», es decir, explícame cuáles son los flujos de 
poder (libidinales, económicos, lingüísticos...) que te constituyen. 
Habla desde donde nunca creíste que una palabra pudiera enunciarse 
como nombre propio. Es necesario jugar a la parodia de dibujar un yo 
que se afirma como marica, bollera o travesti para poner de manifies- 
to los fallos constitutivos del sujeto tradicional de la representación 
democrática. La enunciación científica pasa así bruscamente de la ter- 
cera persona del singular (el científico que habla del «homosexual») a 
dos articulaciones locales: la enunciación en primera persona («yo, el 
homosexual») y la segunda persona del plural («vosotros los hetero- 
sexuales», «sois vosotros los que tenéis miedo»). 

Aquí, la salida del armario no toma la forma de la confesión, 
sino, por decirlo en los términos de Judith Butler, de la «inver- 
sión performativa»: la afirmación «soy homosexual» no es un 
enunciado soberano, sino una «citación descontextualizada» de 
la injuria. La palabra «homosexual», lejos de tener un valor on- 
tológico, opera como un boomerang político. El enunciado «soy 
homosexual» no contiene verdad alguna sobre la identidad del 
que habla, sino que dice: el sujeto que hasta ahora ha sido cons- 
truido como abyecto (analizado, reducido a ano social) excede la 
injuria, no se deja contener por la violencia de los términos que lo 
constituyen y habla, creando un nuevo contexto de enunciación y 
abriendo la posibilidad a formas futuras de legitimación.' 5 



15. Sobre la reapropiación performativa de la injuria, véase: Judith But- 
ler, Lenguaje, poder e identidad. Ediciones Síntesis, Madrid, 1997, pp. 55-73. 



160 | Terror anal 



El punto de partida de El deseo homosexual y del Rapport contre 
la normal ité del fhar será expropiar la noción de homosexualidad 
a los discursos médico-jurídicos por los que fue inventada para 
redefinirla como «categoría psicopoliciaca», efecto de un sistema 
de control y regulación de los flujos sociales del deseo (p. 23). 
No queda una cabeza en la biblioteca de títeres de la historia de 
la sexualidad: pasan por su barbería Freud, Ferenczi, Kinsey, 
Martin Hoffman, Adler, Nacht, Stekel... A través de un análisis 
detallado de los textos, Guy Hocquenghem despeja la incógnita 
política de las ecuaciones psicológicas y psiquiátricas que han 
construido históricamente la categoría de homosexualidad. Ni 
«perversión sexual» (Krafft-Ebing), ni «orientación de la libido» 
(Freud), ni siquiera «práctica sexual entre personas del mismo 
sexo» (Kinsey). La homosexualidad es el efecto de un régimen 
político que Hocquenghem siguiendo a Deleuze y Guattari de- 
nomina «capitalismo» y que Monique Wittig llamará después 
«heterosexualidad»: «La sociedad capitalista fabrica la homose- 
xualidad como produce lo proletario, suscitando a cada momen- 
to su propio límite. La homosexualidad es una fabricación del 
mundo normal» (p. 23). De ahí la conclusión lapidaria: No hay 
homosexualidad sin homofobia. El deseo homosexual constituye, 
de este modo, el primer ejercicio de des-psiquiatrizacion de la 
homosexualidad, semejante al que hoy intentan los activistas 
transexuales, transgéneros e intersexuales con las categorías de 
«transexualidad» e «intersexualidad».' 6 «La homosexualidad», 
dice Hocquenghem «a la vez no existe y existe: es su modo de 
existencia el que pone en tela de juicio la certeza de su existencia» 
(p. 25). Se aproxima de este modo a identificar por primera vez el 
curioso estatuto metafísico de las entidades biopolíticas: la homo- 
sexualidad y la heterosexualidad (como la raza o la pureza de san- 
gre) no son ni verdaderas ni falsas, ocupan el espacio de las má- 
quinas sociales, son constructos históricos, ficciones somáticas, 

16. Mientras que la categoría de la homosexualidad desaparece del msd 
en 1973, en parte gracias a la presión de los grupos homosexuales, la categoría 
«transexualidad» entra a formar parte del MSD en 1980. 



Políticas de identidad y normalización anal j 161 

inventos políticos que toman la forma de cuerpos, la consistencia 
de la vida. 

Las preguntas etiológicas: ¿cómo se llega a ser homosexual? 
¿Tuvo la culpa papá o mamá?, son reemplazadas por la interro- 
gación política: ¿cuáles son las causas de la normalidad hetero- 
sexual? ¿Cuáles son los mecanismos de control y represión que 
aseguran que la heterosexualidad (con su ritual coreografía cor- 
poral y sus rígidas instituciones de relación y filiación) siga apa- 
reciendo como la única sexualidad natural? Ya no es cuestión de 
explicar qué es «el deseo homosexual», sino de llevar a cabo un 
análisis detallado sobre las técnicas de domesticación, castigo y 
recompensa que hacen posible la regularidad estricta y calculada 
del «deseo heterosexual». El problema no es el sexo anal, sino la 
civilización del hombre-castrado-de-ano. 

POLÍTICAS DE IDENTIDAD Y NORMALIZACION ANAL 

Hocquenghem será no solamente uno de los inventores del «sa- 
ber anal» y dinamizador de sus políticas sino también aquel que 
de manera más lúcida indicó las posibles trampas que acechaban 
al movimiento homosexual con la entrada en la esfera pública y 
la integración en las instituciones sociales hegemónicas (familia, 
escuela, ejército, museo, hospital...). Hocquenghem, estudian- 
do la relación entre homosexualidad y fascismo, alerta sobre los 
peligros de una posible revolución sexual que tuviera como ob- 
jetivo «normalizar la homosexualidad», transformándola en una 
forma de satisfacción sexual natural paralela a la heterosexual. 
Paradójicamente, nos dice Hocquenghem, esta forma de revolu- 
ción sexual resolvería «el problema homosexual» haciéndolo des- 
aparecer. 

Por ello, los activistas del fhar van a elaborar una noción 
política de «homosexualidad expandida»: La homosexualidad 
no puede ser una identidad entre otras. Son homosexuales todas 
aquellas formas de deseo, relación y placer que, dicen, existen fue- 
ra de la norma heterosexual burguesa. El deseo homosexual es, en 



1 62 I Terror anal 

definitiva, el nombre de una ruptura con la norma. Quieren huir 
de este modo de la especialización política que haría de los «bue- 
nos gays y las buenas lesbianas» funcionarios homosexuales que 
se ocupan de la defensa de los derechos individuales de los ho- 
mosexuales. En el Rapport contre la normalité afirman: «No somos 
revolucionarios especializados en cuestiones de la sexualidad... 
Nuestro objetivo es el ámbito completo de lo político» (fhar, 
1971). En el discurso del FHAR, la sexualidad ha dejado de ser 
una cuestión periférica en la crítica del capitalismo para conver- 
tirse en la piedra de toque que permite diagnosticar los procesos 
de domesticación a través de los que se produce el sujeto dócil de 
la sociedad fordista. La homosexualidad no es aquí, como a veces 
quiere dar a entender la hetero-izquierda, un motor revoluciona- 
rio, sino un modelo, entre otros, de resistencia y de recodificación 
de los flujos de saber-poder. 

Hocquenghem y el fhar denuncian la llegada ya en 1972 de un 
movimiento homosexual que se ha dejado castrar el ano. Critican 
desde el principio la aparición de un movimiento homosexual nor- 
malizado cuyas retóricas de liberación han sido recuperadas por la 
propaganda «individuo, familia, patria», un movimiento homo- 
sexual manso que busca el consenso, el respeto justo de la diferencia 
tolerable, la integración. Las políticas de identidad gays (y, en mu- 
cha menor medida, lesbianas) aceptarán la lógica liberal en la que 
existencia y representación políticas significan derecho al consumo 
y a la visibilidad mediática. Del mismo modo que habían criticado 
cómo la izquierda hizo del «problema de los homosexuales» una 
causa de segundo orden con respecto a la urgencia de la revolución 
obrera, dejando el «margen» como estrecho territorio político de 
las minorías sexuales, ahora critican el riesgo de colaboración de los 
homosexuales en proyectos estatales de represión de la sexualidad 
que separen a los «perversos» de los «buenos homosexuales», los 
«yonquis» de los «sobrios», las camioneras de las lesbianas discre- 
tas y cultivadas, los transexuales dispuestos a encontrar su verdade- 
ro sexo de los disfóricos sin remedio. 

La paranoia anti-identitaria del fhar puede hoy considerarse 
como un diagnóstico lúcido de una mutación política en cur- 



Políticas de identidad y normalización anal | 163 

so. El decenio 1980-1990 coincidirá en Estados Unidos con el 
momento de expansión de las políticas de identidad gays, pero 
también con el período en el que las estrategias neoliberales y la 
globalización de su modelo capitalista serán entendidas y legi- 
timadas como fuerzas de democratización del mundo, primero 
frente al totalitarismo comunista, y más tarde frente al terrorismo 
islámico. Será también el momento de la cristalización del sida 
como nueva enfermedad cultural de masas en torno a la que se 
aglutinarán las retóricas homófobas y eugenésicas que ya esta- 
ban presentes desde finales del siglo XIX. El virus del sida, como 
si se tratara de una cristalización biopolítica tardía de algunas 
intenciones eugenésicas que Occidente había puesto a prueba a 
través del experimento nazi, cambia el medioambiente y las con- 
diciones generales de inmunidad en el que se inventan nuevas 
estrategias de supervivencia y se llevan a cabo otras micropolíti- 
cas revolucionarias. En este contexto de repliegue de las fuerzas 
revolucionarias, las micropolíticas queer de finales de los ochenta 
y los noventa (act up, Lesbian Avengers, Radical Fury, prácticas 
drag king, emergencia de las políticas transgénero e intersexuales) 
serán modos de supervivencia de las políticas del ano a las que el 
FHAR, las Gouines Rouges y los Gazolines habían dado forma. 

En 1984 muere Michel Foucault de sida. En 1988, Guy 
Hocquenghem. Dos años antes de su muerte, Guy denunciará en 
el agrio panfleto Lettre ouverte a ceux qui sont passés du col Mao au 
Rotary (Carta abierta a aquellos que han cambiado el cuello Mao 
por el club Rotary) cómo los movimientos revolucionarios, en 
busca de visibilidad, se han visto absorbidos por su propio pro- 
ceso de espectacularización. Porque no basta con haber tenido el 
ano abierto. Es necesario seguir haciendo de él un campo relacio- 
nal. ¿Cómo hacer política sin renunciar al ano? ¿Cómo reclamar 
representación sin renunciar al ano? No renunciar al ano significa 
no darle más al poder de lo que éste nos exige. La pregunta de 
antaño ¿cómo hacer la revolución anal? se metamorfosea ahora 
en esta otra: ¿cómo evitar el marketing anal? ¿Cómo sobrevivir a 
los efectos normalizantes de las políticas de la identidad? ¿Cómo 
sobrevivir con el ano colectivo y abierto? 



1 64 | Terror anal 

No hay directivas, no hay una agenda ni un programa preciso, 
pero sí dos recomendaciones que se destilan de los primeros días 
de la revolución anal: 

Desconfía de tu deseo, sea cual sea. Desconfía de tu identidad, 
sea cual sea. La identidad no existe sino como espejismo político. 
El deseo no es una reserva de verdad, sino un artefacto construido 
culturalmente, modelado por la violencia social, los incentivos y 
las recompensas, pero también por el miedo a la exclusión. No 
hay deseo homosexual y deseo heterosexual, del mismo modo 
que tampoco hay deseo bisexual: el deseo es siempre un recorte 
arbitrario en un flujo ininterrumpido y polívoco. Así entende- 
mos que el título del libro de Hocquenghem, El deseo homosexual, 
como el de Monique Wittig, El cuerpo lesbiano, apuntan, con un 
guiño paródico, a mecanismos de construcción política y no a 
entidades o sustancias. 

La revolución anal es impura. Los activistas del FHAR afirman 
en «Trois milliards de pervers»: «Este texto no se presenta como 
un manifiesto, menos aún como una teoría. Arrastra todo un con- 
junto de elementos confusos: lo cómico voluntario e involuntario, 
elementos políticos revolucionarios mezclados con elementos ra- 
cistas y fascistas, trozos de sexualidad edípica, mezclados con una 
tendencia hacia algo distinto en sexualidad ... Podríamos decir 
que los elementos reaccionarios o incluso fascistas que subsisten 
en un revolucionario son una traición potencial. Pero a partir del 
momento en el que introducimos el deseo, la libido, el incons- 
ciente en el campo político, todo se complica: porque las inversio- 
nes libidinales fascistas y revolucionarias, racistas y antirracistas, 
se mezclan y se distribuyen en la misma persona, creando nuevas 
condiciones que permiten el análisis de las yuxtaposiciones del 
deseo, fuera de toda referencia a la apariencia, la mistificación o 
la traición». No hay ni puede haber pretensión de purificación 
del sujeto político, sino a riesgo de normalización, opresión y 
reproducción de nuevas exclusiones. Los activistas del FHAR afir- 
man un mal sujeto político, un sujeto con fallas, que de ningún 
modo es puramente revolucionario. Una revolución pura (limpia) 
ha dejado de ser una revolución anal. 



Educastración anal ] 165 

EDUCASTRACIÓN ANAL: INFANCIA, MASTURBACIÓN 
Y ESCRITURA 

En 1974, dos años después de la aparición de El deseo homosexual, 
Rene Schérer, amigo y amante de Hocquenghem, publica Emile 
Pervertí, sin duda uno de los textos más radicales y controvertidos 
del postestructuralismo francés. El sujeto «niño» en los textos de 
Schérer es sometido al mismo proceso de deconstrucción al que 
antes habían sido expuestos los conglomerados políticos «mujer» 
(Simone de Beauvoir) y «homosexual» (Hocquenghem). El niño 
aparece aquí como un artefacto biopolíticamente construido que 
permite la producción y normalización del adulto. Si de Beauvoir 
había afirmado que no se nace mujer, aún más radicalmente po- 
dríamos decir con Schérer «no se nace niño». 17 Para Schérer, Guy 
Hocquenghem y los activistas del FHAR, el sistema educativo es 
el dispositivo específico que produce al niño, a través de una ope- 
ración política singular: la des-sexualización del cuerpo infantil y 
la descalificación de sus afectos.' 8 

La infancia no es un estadio pre-político sino, por el contra- 
rio, un momento en el que los aparatos biopolíticos funcionan 
de manera más despótica y silenciosa sobre el cuerpo. El primer 
objetivo de la tarea educativa es la privatización del ano (control 
de esfínteres), llevando a cabo un diseño sexopolítico del cuerpo 
en el que ciertas zonas son radicalmente excluidas de la econo- 
mía libidinal. Después viene la represión de la masturbación, el 
aprendizaje de la escritura y de la lectura y la inserción en la 
«máquina heterosexual». La represión de la masturbación que se 
extiende desde el siglo xvii hasta la actualidad tendría por objeto 
librar al niño de un peligro anterior a toda relación social, un 

17. «Enfant» diríamos en la acepción francesa que utiliza Schérer y que, 
con ventaja para nuestra lectura, no tiene género. 

18. La cuestión de la infancia y del sexo infantil, central en los textos de 
Hocquenghem y del fhar parecen ser un nuevo tabú en las ciencias sociales 
e incluso en la crítica queer contemporánea. Sólo algunos autore&<omo Steven 
Angelides o Lee Edelman trabajan hoy en la crítica de la «cronología política 
del cuerpo». 



1 66 I Terror anal 

peligro en el que su propio cuerpo, afecros e imaginación son sus 
peores enemigos, con el fin de inserrar sus energías libidinales en 
el circuito de producción y reproducción de capital. 

Existe, nos revela Schérer, una relación estructural entre in- 
fancia y escritura. Históricamente, la infancia aparece con la im- 
prenta y la cultura del libro. El acceso a la lectura como técnica 
de subjetivación marca la diferencia entre dos tipos de cuerpos: 
los infantes o cuerpos-sin-texto y los adultos a los que se puede 
acceder de modo virtual a través de la lectura y la escritura. Allí 
donde estaba la masturbación vendrán el aprendizaje de la escri- 
tura y la lectura, el seguimiento rítmico de las clases, la discipli- 
na del cuerpo, el encierro y la repetición de tareas: la mano que 
acariciaba el cuerpo sujeta ahora un instrumento a través del cual 
el cuerpo deja un rastro y se vuelve sujeto. Nos encontramos aquí 
frente a una incitación represiva paradójica: no se trata tanto de 
eliminar la masturbación, sino de conseguir a través del control 
y la privatización de las prácticas de producción de placer au- 
toerótico de fabricar un nuevo sujeto sexual, individualizado y 
autoconsciente, que se percibe a sí mismo como el continente de 
una identidad sexual y que se siente como un peligro potencial 
para sí mismo. Aprendemos así a tener miedo de nuestro cuerpo, 
a olvidar que tenemos ano y a afirmar una identidad. 

En las instituciones educativas y en la familia, esta des-sexuali- 
zación adopta la forma específica de una represión de la homose- 
xualidad. Examinando las normas que regulan el sistema educativo 
francés, el FHAR afirma: «La pedagogía es una disciplina heteronor- 
mativa» destinada a transformar el cuerpo en sujeto heteterosexual. 
Pero el deseo homosexual no es completamente reprimido sino que 
se ve desplazado, al mismo tiempo substituido y velado, por el esta- 
blecimiento de una serie de relaciones homoeróticas de camaradería 
que serán, desde el punto de vista de la crítica feminista de Frangoise 
d'Eaubonne o de Delphy, la base del rechazo al mismo tiempo de la 
feminidad y de la pasividad. Cerrar el ano es desfeminizar el cuerpo. 
Ese es el régimen genitopolítico que d'Eaubonne denominará falo- 
crático. No se trata de que los hombres tengan pene y de que las mu- 
jeres no, se trata de que los hombres se presentan como si no tuvieran 



La niña, la lesbiana, el ano total j 167 

ano. El problema no proviene de una eventual envidia de pene 
de los cuerpos denominados «mujeres», sino de la negación del 
ano de aquellos cuerpos que se piensan como «masculinos». Para 
aprender, y para enseñar (a ser heterosexual), por lo tanto, es nece- 
sario cerrar el ano, evitar la pasividad. La relación de aprendizaje 
debe ser una relación de transferencia de saber viril. 

LA NIÑA, LA LESBIANA, EL ANO TOTAL 

Pero, ¿dónde queda la viscera hueca, dónde queda el ano de la 
niña? 

Tanto en la Pedagogía pervertida de Schérer como en El deseo 
homosexual de Hocquenghem se trata desde el principio de Edipo 
y del ano masculino, de Emilio y de las relaciones con su precep- 
tor. Se nos dice que el educador — al mismo tiempo parte del 
dispositivo de vigilancia panóptica y beneficiario de un surplus de 
placer escópico — pone un lápiz en la mano del pequeño Emilio 
masturbador — la misma mano que hasta ahora sujetaba frenéti- 
camente su pene — y le enseña a escribir. Pero nada se sabe de la 
niña, que ni tiene pene, ni parece masturbarse. Por tanto, la niña 
(viscera hueca, lesbiana, marimacho) parece caer fuera del circui- 
to masturbación-escritura-educación que preside la pedagogía 
masculina. Lo que parece escapar a veces a estos por otra parte 
agudos y provocativos análisis es que la institución educativa es 
ante todo, por decirlo con Teresa de Lauretis, una «industria po- 
lítica de genderización» del cuerpo. Si hay, como indica Schérer, 
des-sexualización, o normalización heterosexual del cuerpo, como 
dice Hocquenghem, es sobre todo gracias y a través de la produc- 
ción de la masculinidad y la feminidad normativas. Podríamos 
decir, con Judith Butler y Deborah Britzman, que el colegio (y 
por extensión la universidad, el museo, la biblioteca, el archivo...) 
es un espacio altamente performativo donde el cuerpo del alum- 
no (tubo dérmico más que niño o niña) aprende, ensaya y, pone a 
prueba modelos discursivos, estéticos y biopolíticos de normali- 
dad y de desviación de género. 



168 j Terror anal 



El desplazamiento que lleva a cabo Judith Butler, desde una 
ontología del sexo (sexo como anatomía y esencia) a un género 
performativo (género como práctica cultural e histórica), invita 
a pensar la identidad de género y sexual como tácticas discipli- 
narias, como efectos de un proceso pedagógico de genderización, 
un proceso de incorporación de normas a través de repeticiones 
coercitivas que ocultan su dimensión histórica y contingente y 
que se afirman como naturales. Frente al espacio educativo como 
un medio en el que la heterosexualidad institucionalizada consti- 
tuye la norma de todo posible agenciamiento, el cuerpo queer (ni 
masculino ni femenino, ni infantil ni adulto, ni humano ni ani- 
mal) es aquel que se construye como sujeto que resiste y contesta 
a ese proceso de normalización pedagógica, encontrando puntos 
de fuga que permitan agenciamientos desviados. Aquí queer no se 
entiende simplemente como una práctica sexual o una identidad 
sexual, sino por una parte como el efecto de un conjunto de fuer- 
zas de opresión y de resistencia, pero también como un espacio de 
empoderamiento y de movilización revolucionaria. 

Treinta años después de la publicación de El deseo homosexual 
y de la Pedagogía pervertida, los movimientos intersexuales darán 
un golpe definitivo al sistema sexo/género tradicional exponien- 
do los dispositivos tecnopolíticos a través de los que se constru- 
ye la normalidad de la diferencia sexual en la infancia. Como 
mostraron los estudios de Susan Kessler y corroboran hoy las 
prácticas críticas de activistas intersexuales como Cheryl Chase y 
Mauro Cabral, si el cuerpo intersexual es intervenido y mutilado 
en la infancia es precisamente porque las instituciones de socia- 
lización (familia, colegio, administraciones estatales y locales...) 
no pueden funcionar con un cuerpo que pone en cuestión las 
categorías binarias de sexo y género con las que éstas trabajan. Al 
rechazar la asignación normativa de sexo masculino o femenino, 
el cuerpo intersexual es situado en el límite de lo humano: desde 
un punto de vista institucional, no tiene rostro ni nombre, es un 
simple ano. 

Las instituciones educativas operan aquí como auténticas 
técnicas de normalización del sexo y del género. Los críticos 



La niña, la lesbiana, el ano total | 169 

transgénero y transexuales, como Del LaGrace Volcano, Dean 
Spader o Pat Califia insisten hoy en que existe una continuidad 
coercitiva entre el control de los dispositivos culturales de repro- 
ducción sexual y de filiación y la normalización de los modelos 
educativos de reproducción cultural. Una revolución anal por 
venir tendría que elaborar un modelo educativo en el que fuera 
posible explicitar colectivamente los dispositivos de construcción 
de minorías desviadas (de clase, de raza, de religión, de género, de 
sexualidad, de edad. . .), así como la historia oposicional, las narra- 
tivas disidentes y las plataformas de resistencia que hacen posible 
la supervivencia de estos sujetos abyectos de la historia. 

La historia de la normalización, de la lectura, de la escritura y 
de su pedagogía no son historias de signos, no son hermenéuticas, 
sino historias de cuerpos, procesos de incorporación subjetivante 
de saber que determinan potencias de actuar. Biopolíticamente 
la edad adulta es eso: la edad del libro y del ano cerrado. Cabría 
preguntarse con Hocquenghem si es posible leer y escribir con el 
ano abierto y cómo serían una escritura y una lectura anales. 

Lo que parece claro es que el movimiento de censura des- 
encadenado en Francia tras la publicación de los textos de 
Hocquenghem, Schérer y el FHAR sobre el «amor por los niños» 
era el síntoma de una mutación de las categorías médico-jurídicas 
con las que Occidente había modelado el deseo y la producción de 
la especie. Las estrategias de conocimiento y control que llevan 
a la estigmatización o la criminalización social estaban despla- 
zándose desde la figura decimonónica del homosexual, absorbida 
y normalizada por la «cultura gay», hasta la figura del pedófilo 
como nuevo límite de lo humano. 19 Habría que preguntarse con 
Hocquenghem y Schérer: ¿Qué quiere decir pedofilia? ¿Cuál es 
la relación política que existe entre los constructos de edad y de 
sexualidad? ¿Cuál es la máquina social que la pedofilia encarna? 
¿Qué produce y qué consume esta máquina pedofílica? ¿Qué pla- 

19. La categoría de sexo transgeneracional (junto con la necrofilia', por ejem- 
plo) es la única que continúa siendo en las sociedades democráticas europeas 
objeto de represión legal después de 1979. 



170 [ Terror anal 



cer colectivo nos procura la sexualización de la infancia? ¿Cuál es 
el deseo sublimado tras el delirio paranoico frente a la pedofilia? 
¿Acaso no es el miedo a reconocer los deseos pedófilos colectivos 
que se codifican y territorializan a través de la institución de la fa- 
milia lo que nos hace ver e inventar al pedófilo como figura de lo 
abyecto? ¿Qué hay de pedofilia en el «deseo de tener un hijo»? ¿Y 
en la promoción del cuerpo joven y su reconstrucción técnica? 

En los textos publicados en 1973 en la revista Recherches, el 
lenguaje del FHAR abre una nueva dirección política. 20 Habla 
un colectivo de niños pederastas. No es éste un movimiento de 
adultos que buscan «proteger» a los menores de los peligros de la 
sexualidad o de «iniciarlos» al placer, sino un movimiento de 
menores que buscan redefinir los límites de su cuerpo, hablar 
de su propia sexualidad, tomar decisiones acerca del placer y de 
los modos de producirlo y regularlo. «El FHAR ha formado una 
comisión de menores que dicen: no queremos que los tipos nos 
tiren los tejos, que nos obliguen a hacer el amor, como si los me- 
nores fuéramos el objeto sexual de los pederastas, de la pederastía 
platónica, pedagógica, reaccionaria. La liberación del colegio pasa 
por la liberación contra ese tipo de pederastas. Ese movimiento 
de liberación es también un movimiento de menores contra los 
pederastas adultos.» 

UTOPÍA ANAL 

Los primeros días de la revolución no fueron muchos, pero apor- 
taron algunas lecciones. Aquí están; éstas son algunas (sólo algu- 
nas) de las sorpresas que depara el uso colectivo del ano. Virtudes 
revolucionarias anales, podríamos decir, si no fuera por el riesgo 
de verlas transformadas en Facebook anal o en AnoMySpace. 



20. Los artículos sobre «pedofilia» fueron una de las causas de la prohi- 
bición de la revista y continúan hoy siendo inaccesibles en las republicaciones 
digitales del número de «Trois milliards de pervers». 



Utopía anal | 171 



1. El ano no tiene sexo, ni género, como la mano, escapa a 
la retórica de la diferencia sexual. Situado en la parte trasera e 
inferior del cuerpo, el ano borra también las diferencias persona- 
lizadoras y privatizantes del rostro. El ano desafía la lógica de la 
identificación de lo masculino y lo femenino. No hay partición 
del mundo en dos. El ano es un órgano post-identitario: «Un uso 
social del ano, que no fuese sublimado, habría de correr el riesgo 
de la pérdida de la identidad» (p. 78). Rechazando la diferencia 
sexual y la lógica antropomórfica del rostro y el genital, el ano 
(y su extremo opuesto, la boca) sienta las bases para una inaliena- 
ble igualdad sexual: todo cuerpo (humano o animal) es primero 
y sobre todo ano. Ni pene, ni vagina, sino tubo oral-anal. En el 
horizonte de la democracia sexual post-humana está el ano, como 
cavidad orgásmica y músculo receptor no-reproductivo, compar- 
tido por todos. 

2. El ano es un biopuerto. No se trata simplemente de un 
símbolo o una metáfora, sino de un puerto de inserción a través 
del que un cuerpo queda abierto y expuesto a otro u a otros. Es esa 
dimensión portal la que exige al cuerpo masculino heterosexual la 
castración anal: todo lo que es socialmente femenino podría entrar 
a contaminar el cuerpo masculino a través del ano, dejando al des- 
cubierto su estatuto de igual con respecto a cualquier otro cuerpo. 
La presencia del ano (incluso castrado) en el cuerpo con biopene- 
penetrador disuelve la oposición entre hetero y homosexual, entre 
activos y pasivos, penetradores y penetrados. Desplaza la sexuali- 
dad desde el pene penetrante hacia el ano receptor, borrando así 
las líneas de segregación de género, sexo y sexualidad. 

3. El ano funciona como punto cero a partir del cual se puede 
comenzar una operación de desterritorialización del cuerpo hete- 
rosexual, o dicho de otro modo de desgenitalización de la sexua- 
lidad reducida a penetración pene-vagina. No se trata de hacer 
del ano un nuevo centro, sino de poner en marcha un proceso de 
desjerarquización y descentralización que haría de cualquier otro 
órgano, orificio o poro, un posible biopuerto anal. Se despliegan 
así un conjunto de prácticas irreductibles a la identidad mascu- 
lina/femenina, homo/hetero: lavativa, dilatación, lubrificación, 



172 | Terror anal 



penetración con la lengua, con el puño o con dildo... Frente a la 
máquina heterosexual se alza la máquina anal. La conexión no 
jerárquica de los órganos, la redistribución pública del placer y la 
colectivización del ano anuncia un «comunismo sexual» (p. 88) 
por venir. 

4. Históricamente el ano ha sido contenido como órgano ab- 
yecto, nunca suficientemente limpio, jamás lo bastante silencio- 
so. No es, ni puede ser políticamente correcto. El ano no produce, 
o más bien produce únicamente basura, detritus. No se puede 
esperar de este órgano producción de beneficio ni plusvalía: ni 
esperma, ni óvulo, ni reproducción sexual. Sólo mierda. Ese es el 
lugar excelso de la no-producción ecológica. O mejor, el punto de 
fuga por el que el capital escapa y vuelve a la tierra convertido en 
humus. Aunque sería imaginable que las estrategias de produc- 
ción de capital vinieran a reterritorializar el placer anal, tendrían 
que estar dispuestas a ser transformadas en mierda. 

5. Los órganos (tanto bio como tecnoprótesis) no reapropiables 
en la economía libidinal heterosexual son anales: dildos, orificios 
nasales y bucales, implantes, cortes o huecos ya existentes o aque- 
llos producidos con la intención de ser penetrados. La vagina que 
no procrea, que es extraída de la máquina heterosexual, deja de 
ser una «viscera hueca» que busca ser «llenada» para convertir- 
se en un órgano de características anales. De ahí la expresión de 
Monique Wittig: «Las lesbianas no tienen vagina». Del mismo 
modo, desde un punto de vista biopolítico estricto y dentro de 
una economía de reproducción sexual de la especie, los maricas 
no tienen pene, puesto que no penetran vaginas (sino anos, bo- 
cas...). 

Sólo me queda desearte lo mejor: Colectiviza tu ano. El arma 
es modesta, pero la posibilidad de acción cercana e infinita. 



BEATRIZ PRECIADO 



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1 74 I Terror anal 



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wittig, Monique, El pensamiento heterosexual, Egales, Barcelona, 
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